Opinión
El menú del Congreso
Mientras fuera del Parlamento la realidad aprieta hasta estrangular, dentro del hemiciclo parece que el tiempo y la dichosa inflación pasan desapercibidos

El económico / EnLavapiés.com
Comer se ha convertido en una acción vital de opulencia. Pero no en todos los sitios. Irse de menú al Congreso de los Diputados es la excepción. Allí, en esas trincheras de dimes y diretes banales, los parlamentarios pueden degustar de un menú completo por apenas siete 'euritos'. Precio que suena a época pasada y más próspera. Me recuerda a los precios de un modesto restaurante de Lavapiés, 'El económico', donde comía en Madrid después de trabajar en Radio Intereconomía hace ya algunos años.
Hay quien sueña con cambiar el país y su devenir. Me conformo con algo más modesto y más ilusionante como almorzar en el Congreso. No por el ambiente, ni por la grácil conversación, sino por sus sugerentes precios. Porque mientras fuera de ese edificio la realidad aprieta hasta estrangular, dentro del hemiciclo parece que el tiempo y la dichosa inflación pasan desapercibidos. Puestos a envidiar, quién pillase los más de 4.500 'pavos' de sueldo medio de sus señorías, dietas aparte, más el IPhone y la 'tablet' que reciben en cada legislatura.
Volviendo a la injundia alimentaria, hoy en día, salir a comer en un restaurante cualquiera se ha convertido en una pequeña inversión. Comer en general es un verdadero acto de fe. Pero claro, el problema no es el Congreso. El problema es todo lo demás.
Porque mientras algunos privilegiados pueden comer caliente por menos de diez euros en pleno centro de Madrid, el resto de los mortales hacen malabares en el supermercado. La cesta de la compra se ha convertido en un artículo de lujo. Desde 2021, los precios de los alimentos han subido aproximadamente entre un 25% y un 30%, dependiendo del producto. El aceite de oliva, la leche, los huevos y los básicos de toda la vida, ahora, se miran con respeto, casi con miedo.
Y mientras tanto, los sueldos apenas han subido un 10%. Es decir, bastante menos de la mitad que los alimentos.
Así que no, no quiero ir al Congreso por política. Quiero ir porque allí, al menos durante un rato, las cuentas salen. Porque allí un menú sigue siendo un menú, y no una decisión financiera.
Quizá el verdadero debate no está en lo que cuesta almorzar en la Cámara baja, sino en por qué fuera se ha vuelto tan difícil. Porque cuando comer bien y barato parece un privilegio reservado a unos pocos, algo no funciona. Ya podrían incluir, dentro de esos cargados decretos ómnibus, una medida que estableciera menú del Congreso para todos.
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