Opinión | Editorial

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Madurez canaria ante la emergencia
Therese confirma que Canarias está expuesta a fenómenos cada vez más intensos y prolongados, lo que obliga a reforzar la planificación, las infraestructuras y la autoprotección

Las imágenes de la borrasca Therese a su paso por Gran Canaria (25/03/26) / Andrés Cruz
El paso de la borrasca Therese ha dejado en Canarias un episodio meteorológico histórico. Durante casi una semana, el Archipiélago encadenó lluvias persistentes, viento, nieve en cotas altas y un fuerte oleaje que puso a prueba al territorio y las infraestructuras y a la población y sus instituciones. No fue un fenómeno puntual, sino un temporal prolongado, de gran extensión y con daños y destrozos de envergadura.
En Gran Canaria y Tenerife, la lluvia provocó el colapso de infraestructuras públicas y viviendas y establecimientos privados, desbordamiento de barrancos, presas al límite de su capacidad e inundaciones extensas. La combinación de precipitaciones torrenciales generó situaciones de inundación súbita que hicieron que el sistema hídrico, sometido a una presión continuada, evidenciara vulnerabilidad. Fueron centenares, varios miles, las incidencias e intervenciones de rescate en cuestión de horas. El resto del Archipiélago vivió el episodio de forma desigual. La Gomera sufrió destrozos, aislamiento y fuertes anegaciones; La Palma y El Hierro, lluvias persistentes, aunque con menor impacto estructural; mientras que, aunque el aguacero no fue escaso, Fuerteventura y Lanzarote se vieron más afectadas por el viento y el mar.
Más allá de la intensidad del temporal lo ocurrido permite constatar los avances de la gestión de las emergencias. La experiencia en borrascas anteriores, incendios y fenómenos como la erupción volcánica de La Palma ha contribuido a poner a punto los dispositivos de respuesta. El desempeño de los equipos técnicos de emergencia y protección civil, obras públicas, sanitarios, fuerzas de seguridad, trabajadores de empresas de servicios básicos como la luz y el agua, entre otros, merecen un reconocimiento. Actuaron con eficacia en un escenario complejo.
Administraciones gobernadas por distintas fuerzas políticas dejaron a un lado sus diferencias para dar respuestas. Cabildos, ayuntamientos y Gobierno autonómico trabajaron alineados, demostrando que la fragmentación territorial de Canarias deja de ser un obstáculo si hay colaboración. Este comportamiento contrasta con el de territorios donde la polarización llega incluso a la gestión de las crisis. En las Islas, por el contrario, la gravedad de la situación produjo una respuesta cohesionada, centrada en la protección de la población y la recuperación de la normalidad. A ello se ha sumado, además, la rápida intervención del Estado, con el despliegue de la UME y el anuncio de ayudas extraordinarias.
Como en toda emergencia, se han producido errores y decisiones discutibles. La gestión del riesgo nunca es exacta: resulta imposible preverlo con precisión absoluta o anticipar sus consecuencias. Decisiones como la activación de alertas o la suspensión de actividades pueden ser percibidas como excesivas o insuficientes a posteriori. Lo vivido en Valencia condujo a una mayor prudencia institucional, con tendencia a la declaración temprana de alertas. Este enfoque corre el riesgo de generar desconfianza si las previsiones no se cumplen. El equilibrio entre prevención y credibilidad es delicado y exige pedagogía.
Tampoco se debe olvidar que la incertidumbre forma parte de la gestión de una emergencia. Las sociedades siempre han convivido con riesgos asociados al clima: lluvias intensas, temporales, frío o nieve. Pretender eliminar toda incertidumbre o aspirar a una protección absoluta no solo es irreal, sino que puede derivar en una percepción distorsionada del riesgo. En este contexto, medidas como la suspensión de clases deben evaluarse desde la prudencia. En ocasiones serán necesarias; en otras, parecerán excesivas. Los centros educativos, bien gestionados, pueden funcionar como espacios seguros. La clave reside en ajustar las decisiones a la mejor información disponible en cada momento. Y aun así el margen de error nunca será cero.
Therese confirma que Canarias está expuesta a fenómenos cada vez más intensos y prolongados, lo que obliga a reforzar la planificación, las infraestructuras y la autoprotección. También evidencia que la capacidad de respuesta ha madurado. La región dispone de equipos técnicos preparados y bien liderados, de instituciones que cooperan y de experiencia acumulada. El reto pasa por no caer en la complacencia. Aprender de los errores, consolidar los aciertos y fortalecer un modelo de gestión que demuestra estar a la altura de situaciones extremas.
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