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Opinión | Reflexión

Pilar Rahola

Semana Santa con Ratzinger y Habermas

Imagen de archivo de Jürgen Habermas.

Imagen de archivo de Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI

Apenas quince días después de su muerte, no hay un momento más adecuado para recordar a Jürgen Habermas que la Semana Santa, cuando menos para aquellos que todavía nos impresionamos releyendo el debate que tuvo con Joseph Ratzinger en enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera. Un debate entre la razón secular, encarnada por el filósofo más influyente de nuestro tiempo, y la razón teológica, defendida por el gran teórico de la teología, que después se convertiría en Santo Padre. Este debate es todavía, después de más de veinte años, uno de los textos más profundos y trascendentes para entender los límites entre la razón y la fe, y su urgente necesidad de encontrar un entendimiento.

La razón y la fe, ¿un choque inevitable, o una alianza necesaria entre conceptos que, en principio, serían mutuamente excluyentes? La grandeza del debate entre Habermas y Ratzinger radica justamente en la respuesta a esta pregunta que fluctuaba desde que la Ilustración había echado a la fe como eje del pensamiento. El filósofo aseguró que el Estado era autosuficiente, porque se basa en el derecho y en la autorregulación democrática, pero el teólogo le recordó que cuando la razón se cierra en ella misma engendra monstruos como el totalitarismo. Y si Ratzinger argumentaba que la religión puede aportar el grosor moral que la sociedad moderna está perdiendo, Habermas le recordaba que la religión también engendra monstruos, como el fanatismo. Reconocidos los monstruos de ambas razones, la secular y la teológica, la conclusión es grandiosa: razón y fe se tienen que escuchar y respetar. Primero, porque ni la ciencia puede dar respuesta a todas las necesidades morales del ser humano, ni la fe tiene respuesta para los enigmas científicos. Pero, sobre todo, tienen que preservar un diálogo constructivo porque, en palabras de Ratzinger, pueden actuar como «purificadoras mutuas»: la razón evita el fanatismo y el fundamentalismo religioso, y la fe evita que la razón pierda la brújula moral y no se aleje de los valores humanos.

A partir de aquí, fue Habermas quien planteó un tipo de contrato entre razón y fe que repartía deberes: a los laicos, les hacía falta dejar de percibir a la religión como una irracionalidad, y entender que la razón religiosa preserva verdades morales, que la ciencia no sabe precisar; y a los creyentes, les hacía falta entender que sus creencias religiosas tenían que adecuarse a los preceptos legales y que la fe no podía imponerse por «razón de Dios». De este contrato entre razón y fe saldría la sociedad postsecular, que aceptaba que la religión es una fuerza viva que la política no puede ignorar.

Veintidós años después del debate entre estos dos grandes pensadores, la grieta entre razón y fe se ha mantenido viva, tanto como han crecido los «monstruos» que ambas razones pueden generar. Por un lado, la derivada del fundamentalismo religioso ha aumentado exponencialmente, sobre todo vinculado al crecimiento del Islam ideológico, si bien también han crecido otros fanatismos religiosos. Y por la otra, la sequedad moral (según el término que usó Habermas) de nuestra sociedad ha alimentado las posiciones ideológicas más extremas y ha sustituido los debates y las ideas por las pancartas y las consignas, hasta el punto que ser un librepensador, en la época dorada de los dogmas virales, se ha convertido en un anatema. Vivimos en una sociedad con más respuestas que preguntas, y más conformada por la masa que por los individuos. Tiempo de creencias religiosas fanáticas y de dogmas ideológicos igualmente fanáticos, y ni unos y otros dan sentido a la razón secular y a la teológica: al contrario, las niegan. En realidad, los dos fanatismos se retroalimentan y matan las razones que les han creado.

Por todo ello, hay que regresar al debate Habermas-Ratzinger, porque es un faro de luz en un tiempo oscuro. Nunca como ahora ha sido tan necesario que la razón y la fe se «purifiquen mutuamente» y permitan un espacio de entendimiento desde donde dar respuesta a los enigmas del ser humano. Un entendimiento que, en Semana Santa, adquiere una trascendencia profunda, no en vano religa las creencias religiosas de unos con los valores morales que nos aporta a todos. Es el mensaje de Jesús, tan válido para la razón teológica como para la razón secular: el amor y el sacrificio, como fuerza liberadora de la sociedad. n

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