Opinión | El lápiz de la luna
La soledad

La soledad en la capital grancanaria. / José Carlos Guerra
Últimamente escucho hablar de la soledad con cierto halo de romanticismo. Con frecuencia leo en posts de Instagram o en el pie de alguna foto de la misma red «La soledad como mejor compañera» o «la soledad como forma de vida». Y sí, pero no. A ver, es mejor estar solo que mal acompañado, eso lo compro, lo que sucede —y lo que hace que me chirríen los oídos— es que todo se ha vuelto muy aesthetic: decoración aesthetic, estilo aesthetic y hasta relaciones aesthetic. Se entiende que la traducción de esta palabra es «estético», lo que de toda la vida vino a ser minimalista, pero, claro, aesthetic queda más cool. Podría seguir la línea de este artículo hablando sobre lo ridículo que me parece estar utilizando términos en otro idioma para referirnos a cosas que, en nuestra lengua, tienen su propio nombre, pero eso mejor para otro día. Volviendo a lo que decía, en este momento social en el que todo se vuelve viral sin que nos cuestionemos el contenido y el continente de la información, la soledad parece ser la nueva moda. Se habla de independencia, de no necesitar a nadie, de poder solos con todo, de disfrutar de uno mismo y, otra vez, sí, pero, no. Creo que estamos mezclando higos con brevas, churras con merinas y lo cortés con lo mundano, Dios, acabo de darme cuenta de que hablo como mi abuela. Matiz aparte, considero que la soledad no es sinónimo de independencia, de libertad o de poderío. La palabra «soledad» viene del latín: cualidad de estar sin nadie. Fíjense que dice cualidad de estar sin nadie no calidad de estar sin nadie. Creer que podemos con todo y que no necesitamos ayuda no es fortaleza sino defensa psicológica. Quizá en algún momento de nuestra vida las relaciones sociales se volvieron difíciles, ya que las interacciones con otros tienen su cuota de complejidad (posibilidad de rechazo, de conflicto o incomodidad) y a partir de ahí nuestro cerebro se empezó a contar sus propias mentiras: estoy mejor solo, no necesito a nadie, la gente te decepciona. Podría hablarse de tres tipos de soledad: la soledad elegida, tremendamente necesaria en nuestro día a día, aquella en la que precisamos momentos de retiro, de silencio y de desconexión social para procesar lo que vivimos; la soledad obligada, esa que aparece cuando queremos conexión, pero no la encontramos, esa que duele; y la soledad autoimpuesta mediante la cual nos obligamos a no conectar con nadie y no, no es lo mismo que la soledad elegida. En la primera no renegamos de los demás por creer que eso nos hace autosuficientes, en la tercera sí. Y es que somos seres profundamente sociales. Desde la teoría del apego de John Bowlby sabemos que la conexión con otros no es un lujo, es una necesidad básica. Nuestro sistema nervioso se regula en relación con otros. Esto significa que muchas de las cosas que intentamos resolver en soledad no pueden resolverse de esta forma. Relacionarnos tiene efectos psicológicos profundamente protectores: reduce el estrés fisiológico, regula el sistema nervioso, disminuye la probabilidad de depresión y ansiedad, mejora la función cognitiva, protege frente al deterioro, aumenta la resiliencia ante situaciones adversas y refuerza la identidad y el sentido de pertenencia. La ausencia de estos vínculos tiene, además, factores de riesgo: mayores niveles de ansiedad, depresión, deterioro cognitivo e incluso un mayor peligro de mortalidad. Por tanto, sería conveniente que la próxima vez que busquemos la soledad nos preguntemos si estamos solos por elección o por protección, porque, al final, no es en el aislamiento donde nos construimos, sino en el vínculo.
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