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Opinión | Observatorio

Jesús A. Núñez Villaverde

Trump no sabe qué hacer en Irán

El presidente de EEUU, Donald Trump, en declaraciones desde el Despacho Oval.

El presidente de EEUU, Donald Trump, en declaraciones desde el Despacho Oval. / Europa Press/Contacto/Aaron Schwartz - Pool via CN

Al igual que hace Vladimir Putin en Ucrania, resistiéndose a reconocer que su «operación especial militar» se ha convertido en una guerra de desgaste de la que no sabe cómo salir, Donald Trump se empeña en llamar «operación militar» a la guerra en la que se ha metido contra Irán. Una guerra cuyo coste electoral y económico ya se hace sentir entre los estadounidenses, y un error que le obliga a improvisar sobre la marcha para intentar reducir el daño causado por su nefasta decisión.

Descartada la opción de volver a la casilla de salida –lo que confirmaría definitivamente su condición de gallina, incapaz de cumplir sus bravuconadas, y dejaría a su Ejército absolutamente desacreditado– solo le queda huir hacia adelante, aunque eso no le garantiza mejores resultados. Básicamente eso es lo que está haciendo, acumulando más aviones y más buques de guerra en la zona de operaciones, y atacando las instalaciones nucleares y misilísticas de Irán, así como su capacidad industrial en materia de defensa y sus buques, insistiendo en que aún quedan unos 3.000 objetivos por batir. En principio, y contra toda evidencia, calcula que la reiteración del castigo acabará por dar frutos. Solo se trata de golpear más y más fuerte hasta quebrar la voluntad de resistencia del régimen iraní y obtener una rendición incondicional que pueda presentar como una victoria definitiva que justificaría la decisión de la agresión de la mano de Israel.

En todo caso, consciente de que un régimen todavía más radicalizado que antes, con los pasdarán convertidos en el actor político, económico y militar más poderoso, está demostrando capacidad y voluntad suficiente para resistir la embestida, Trump parece dispuesto a ir más allá. Eso supone, por ejemplo, tomar militarmente la isla de Jarg, con la clara intención de hundir económicamente a Irán, dado que en torno al 90% de su capacidad exportadora de hidrocarburos se concentra en sus apenas 20 km2. Todo apunta a que ya está en marcha una operación de desembarco aéreo y asalto anfibio, previsiblemente a cargo de los aproximadamente 10.000 paracaidistas y marines que Washington está concentrando en la zona. El problema no es tanto llegar a tomarla –una vez que la pista del aeropuerto ha quedado dañada por el previo bombardeo estadounidense, más lo que añada Irán si lo ve perdido– como mantener las posiciones alcanzadas ante la previsible respuesta iraní, tratando de bloquear cualquier posible vía de suministro por mar o por aire a las tropas que queden allí confinadas.

A eso hay que sumar el plan de destrucción de la red eléctrica iraní, contemplado en el ultimátum de Trump que expira el próximo día 6. Lo que buscaría de este modo es bloquear el funcionamiento tanto del aparato estatal como de la actividad diaria de los 90 millones de iraníes. Se estima que Irán dispone de unas quinientas instalaciones de generación y transporte de electricidad (incluyendo la central nuclear de Bushehr), lo que complica enormemente lograr ese objetivo, sin olvidar que todo ataque a instalaciones esenciales para la vida nacional constituye un crimen de guerra.

Un objetivo igualmente previsible en esa escalada es lograr que Irán no pueda controlar a su gusto el tráfico marítimo en el Golfo. Eso supone no solamente desbaratar los planes iraníes en el estrecho de Ormuz –tomando, por ejemplo, las islas de Tunb, Abu Musa y Qeshm-, sino también destruir todos los medios que Teherán ha desplegado a lo largo de su costa, desde donde puede atacar a cualquier barco a lo largo de los 1.500 km de travesía entre Kuwait y Ormuz; es decir, artillería de costa, buques costeros y lanchas de muy diverso tipo, drones, misiles, cohetes… Para lograr ese objetivo, precisaría decenas de miles de efectivos en una campaña sostenida en el tiempo, enfrentándose no solamente al ejército regular iraní (Aresh, 190.000 efectivos) sino también a los aún más operativos pasdarán (190.000 efectivos). Y más aventurado aún es alimentar la movilización ciudadana y a los grupos armados contrarios al régimen, confiando en convertirlos en marionetas al servicio de Washington hasta lograr el control del país.

Ese es, en resumen, el pozo en el que Trump se ha metido para alegría de Netanyahu.

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