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Opinión | Aula sin muros

Perdona a tu pueblo, Señor

Procesión del Santo Encuentro 2026

Procesión del Santo Encuentro 2026 / José Carlos Guerra / LPR

Una procesión de gente, menos hombres, más mujeres y niños, cuando todavía los gallos anunciaban la próxima amanecida. El Rosario de la aurora, una tradición hispana que se remonta al siglo XVII como acto de devoción a María y Jesús en días señalados del mes de mayo, Semana Santa, y en nuestro paisaje de infancia, las misiones predicadas por padres misioneros como un acto de devoción y penitencia El cura delante, entonando la primera estrofa del Perdona a tu pueblo señor que, cuando se llegaba a “… no estés eternamente enojado”, se convertía en un tropel caótico de voces desafinadas que luego devino en una frase para referirse a encuentros conflictivos, en siglo XIX, entre cofradías rivales en callejones estrechos de pueblos hispanos y sudamericanos que, hoy, tiene su aplicación a situaciones de desacuerdo, debates bizantinos, infructuosos de nunca acabar. En el Génesis se narra el pecado Adán y Eva por lo que fueron arrojados de esa muralla ajardinada que significa, en lenguas clásicas orientales, Paraíso. Y San Pablo en la epístola a Romanos, 5,12: “la muerte entró en el mundo por el pecado de Adán”. “La mujer que me diste por compañera me engañó”, dijo el primer hombre, según la Biblia hebrea, a Yahvé. A su vez la mujer fue engañada por la perversa serpiente que luego devino en un signo de malignidad y suele aparecer aplastada por los pies en las imágenes de muchas vírgenes quizá como acto de reparación y exculpación de una atávica transgresión atribuida a la mujer. Y un día, sin mes, hace cuatro mil años del origen de la Tierra según los creacionistas, la pareja cruzó las puertas del Edén, parece que situado entre las dos riberas de Tigris y el Éufrates, tapándose sus partes pudendas, a juzgar por muchas pinturas, por una hoja de parra, a buscarse la vida. Lo que es, los hombres, a ganarse el pan con el sudor de la frente, las mujeres a prender el fuego del hogar, parir y cuidar a los hijos. La interpretación eclesiástica del Nuevo Testamento, además del pecado original, habla de la muerte del Redentor por todos los pecados del mundo que en la ingenua mente infantil creó el complejo de culpa agrandada en los oficios de la tarde del Viernes Santo cuando a la última palabra del Sermón de las Siete palabras del celebrante, “en tus manos encomiendo mi espíritu”, seguía un tremendo trueno asociado a caída de la losa en la sepultura de Cristo. Recordatorio del terremoto que sucedió, cuenta el Evangelio de Mateo. 28,2, después de la muerte de Jesús. Un motivo literario de acontecimientos convulsos que Dios utiliza para la salvación del género humano. Solo el posterior olor a la pólvora de los voladores, los atormentados niños tuvieron la certeza de que no se trataba de un cataclismo de dimensiones apocalípticas. Durante la semana de Pasión o Semana Santa se extiende en el ánimo de todo creyente una inclinación a la penitencia y arrepentimiento por una culpa un sentimiento que nunca estuvo presenta ni la provocaron las divinidades griegas o romanas. Más bien, es propia de la Torá judía, el Corán y los dos testamentarios, hebreo y cristiano. Arrepentimiento que Jesús de Nazaret predicó en su andar por caminos y plazas de Samaría y Galilea porque, en una invocación a la Apocalipsis del Nuevo Testamento, el Reino de Dios y la cólera divina estaban a punto de llegar. Pero, también anunciaba, una Buena Nueva a los pobres que Cristo había predicado en el Sermón de la Montaña. El Diccionario de María Moliner define el sentimiento de culpa como “acusando o causando remordimiento”. Lo que carcomía el interior del apóstol Judas Iscariote que le condujo a colgarse de una higuera, sin que haya testimonio de que tuviera en sus bolsillos las treinta monedas de plata pagadas por su traición. La voz de la conciencia. “El lobo de la culpa” para José Saramago. Para el Psicoanálisis ortodoxo reside en el superyó, sale a flote en la conciencia y se cura a través de la relación psicoterapéutica entre paciente y psiquíatra, psicoanalista o psicólogo. Castilla del Pino considera que el pesar es el sentimiento más característico. “Se siente el peso de la culpa” (…) deja al sujeto desvalido en su mundo, desligado de los otros ante los cuales experimenta la culpa”, escribe. Un pesar que acompaña al hombre y la mujer desde el nacimiento por el pecado original ajeno a la conciencia de los hombres al nacer. Quizá en escritura de José Saramago “…el vaho cálido de un simple pecado (…) para que se rompa el tallo del lirio y se marchite la flor del naranjo”. El cristianismo lo absolvió por el agua milagrosa del Bautismo el rito que practicaba Juan Bautista, un anacoreta que vestía de pieles y se alimentaba de cigarrones y miel silvestre en el desierto y que bautizó al propio Jesús, en el Espíritu Santo y el fuego de la palabra, con la túnica remangada en las aguas del río Jordán. Los pecados cometidos a posteriori son absueltos por la confesión, personal, no transferible a la colectiva que propone el credo de las diferentes iglesias después de Lutero. La doctrina eclesiástica es clara: “decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia”. Penitencia, del latín penitentia traducido por realizar oraciones o buenas obras pero que, en realidad, significa arrepentimiento. La amarga pena que, en el interior anímico, provoca inquietud, desasosiego, “el escrúpulo de haber orado mal” (José Antonio Marina). que se siente de haber cometido un error con la intención de enmendarlo. La contrición o atrición un sentimiento colectivo representado en los diferentes pasos de Semana Santa, con interminables filas de cofrades ataviados con máscaras de capirotes, velones en las manos y el estreno de pulcras mantillas y peinetas por parte de las mujeres. A saber, cuántos se acuerdan en su lento andar delante o detrás de los tronos de vírgenes, verónicas o nazarenos del mensaje de Jesús de Nazaret, cuya pasión y muerte, conmemoran en procesiones que llegan, en algunos lugares, a morbosas flagelaciones, mezcla de piedad, folclore y negocio turístico que viene escriturado en el relato evangélico narrado por Mateo que “por sus obras los reconoceréis”. Y de la pluma del mismo evangelista: “quien tenga oídos para oír, que oiga”.

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