Opinión | Análisis
La Luna y esa sucia garra
El momento estelar que supone para la humanidad el lanzamiento de ‘Artemis 2’ contrasta con la oscuridad que ha caído sobre el planeta con Donald Trump

‘Artemis 2’ en su recorrido. | / ZUMA/EUROPA PRESS
Al mismo tiempo que el Artemis 2 despegaba de Cabo Cañaveral haciendo historia e inyectando toneladas de adrenalina en la corteza emotiva, Trump sacaba su sucia garra para anunciar que pronunciaría al mundo unas palabras sobre sus hazañas. ¡Vaya manera de romper el momento mágico! Realmente no dijo nada, sino su interés era hacer saber al planeta entero que él tenía que ver con el gran episodio, que movía los hilos desde la sombra. Me puse a calcular, de inmediato, si había algún canal entre el momento ignitivo y la cuenta corriente de la bestia luciferina. ¿Se hará más rico con ese viaje a la Luna?
No es de alucinado vaticinar que la panda que vocifera y reza por la Casa Blanca, republicanos indómitos, tenga la ansiedad de buscar materiales raros entre los cráteres lunares, o bien prepare con minuciosidad una ruta para viajar a una nueva urbe con promesas inmobiliarias. Trump ataca por tierra y por el espacio sideral. No hay nada gratis. Al amanecer, los digitales no anunciaban una tregua en el conflicto de Irán, ni tampoco una deseada ronda de negociaciones en Pakistán, mucho menos un apocalipsis para liberar Ormuz.
No, el señor de las arcadas había pedido paciencia al mundo (y a los mercados). E introducía otro factor en la taberna de las relaciones internacionales: acusaba a Macron de dejarse maltratar por su mujer. O sea, mientras uno de los grandes logros de la humanidad perfora el cielo, el mandatario más poderoso de la tierra entra en el territorio del insulto barriobajero, al estilo de un vaquero cazarrecompensas. Nos encontramos pisando el barro de un choque de mentalidades: el progreso frente a una involución que puede acabar con el mundo (y que lo está haciendo) tal como lo hemos entendido hasta ahora.
Uno asiste conmovido al despegue del Artemis 2. Un hecho increíble, absolutamente único. Pero a la vez, ese estallido y el enorme fuego que sale de las entrañas del cohete parece el anuncio que pone fin a un ciclo. En 1969, con el Apolo 11, con el primer amerizaje lunar, Armstrong, Aldrin y Collins llevaban sobre sus hombros la esperanza de una nueva era que salía de la oscuridad de la II Guerra Mundial, que luchaba contra la guerra de Vietnam desde el pacifismo y que trataba de asentar un orden a favor de los derechos de la minorias. Estos valores y otros se han difuminado. Es un logro inabarcable, un excitante para la euforia, pero también una manera de concienciarnos de que esa travesía hacia el espacio es el amanecer y el crepúsculo.
Nadie entiende qué está pasando. ¿Es Trump un loco? Son preguntas lícitas a medida que la nave empieza a dejar su estela en el camino. Larry Fink, presidente de BlackRock, la mayor gestora de fondos del mundo, es la persona más poderosa del mercado financiero, en condiciones plenas de toserle en la cara al presidente de los Estados Unidos. Pero el magnate, que acaba de pasar por España, no ve Troya ardiendo, ni nucho menos. Es optimista, cree que todo se recolocará al final y que de la cabeza asirocada de Trump explotará un plan de paz que calmará sin aristas a Netanyahu.
Uno desconoce si Flink, cuyo fondo también tiene intereses brutales en el sector turístico de Canarias, está en lo de untar con algo de pomada neocapitalista exprés la vida lunar. El periodista le pregunta por la desigualdad que hay en España, y él dice que la culpa la tiene el miedo de los españoles a no invertir en bolsa. Si por él fuese fulminaría el modelo de pensiones nacional porque, interpreto, fomenta parásitos. Lo mejor es que todos demos la pasta a su instrumento BlackRock, que está metido hasta el corvejón en un proyecto para reconstruir Ucrania. Con Trump, aparte de su yerno, hay algunos pocos que tienen derecho de pernada con las guerras. En fin, no creo que les vaya mal. ¿Cómo va a acabar? Irán no puede quedar a medias.
Todo esto entra y sale a la vez que Artemis 2 va como un tiro. El editor del programa mete la voz de Jesús Hermida para recordar el blanco y negro del Apolo. Estaba Richard Nixon, también de garra sucia. Salió de la Casa Blanca por un impeachment tras las denuncias periodísticas del Washington Post, una biblia ahora bien agarrada por uno de los secuaces de la tecnocracia (o el tecnofascimo ) que alimenta Trump con grandeza imperial y salón de baile para horteras. En la rebusca de aquel prodigio que fue el disco de Pink Floyd El lado oscuro de la luna encontré la siguiente frase: «En realidad no hay ningún lado oscuro de la Luna... De hecho, todo es oscuro».
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