Opinión | Venga, circule
Meryem El Mehdati
Yo no soy tonto

Una impresora tradicional de papel.
Estos días, los trabajadores de oficina de todo el mundo se hacen preguntas bastante similares. ¿Seguirán nuestros respectivos países el ejemplo de Filipinas? Si continúa la ofensiva ilegítima de Estados Unidos e Israel en Irán ¿cuánto más aumentará el precio de la gasolina? Si este incremento se sostiene en el tiempo, quizá lo siguiente sea inevitable: medidas de emergencia, llamamientos al ahorro energético, puede que de nuevo teletrabajo obligatorio en los casos en los que se pueda establecer. No todo el mundo lo vería como una mala noticia. Durante los meses de confinamiento de 2020, muchos descubrieron que trabajar desde casa podía mejorar -y mucho- su calidad de vida. Menos tiempo en desplazamientos, más horas de sueño, y una cierta sensación de control sobre el propio tiempo. Este ambiente de las últimas semanas me trajo de vuelta un recuerdo que creía enterrado bajo el peso de todos los hechos históricos vividos estos últimos seis años. En marzo de 2020, mientras medio país contenía la respiración ante el inminente estado de alarma por el coronavirus, yo hacía cola en el MediaMarkt de la calle Triana con mi jefa de entonces para pagar dos impresoras. Una era para ella. Otra, para mí. Cuando el humor falla, mi segundo mecanismo de defensa es la disociación. Abandono mi cuerpo y vivo desde fuera la situación que me ha llevado al límite. Una mitad de mi cerebro decide huir porque no puede lidiar con lo que está viviendo, y la otra mitad toma el control y opera en segundo plano. Como las aplicaciones del móvil. La impresora era una impresora HP negra multifunción. Todavía la tengo. También compramos cartuchos de tinta. No sé qué se le pasó por la cabeza a aquella mujer para considerar de extrema urgencia el asegurarse de que en el evento de una emergencia nacional, las dos podríamos imprimir documentos en nuestros respectivos hogares. Uso el plural mayestático, pero lo cierto es que fue ella la que pagó todo. Las impresoras, los cartuchos de tinta y los packs de quinientos folios. Bueno, miento: quien terminó pagando todo aquello fue la empresa para que trabajábamos las dos. Por aquel entonces yo tenía veintipico años y aún no se había despertado en mí la voz que me preguntaba continuamente si acaso había estudiado y sacrificando tanto para terminar organizando fotocopias en orden cronológico durante cuarenta horas a la semana, de lunes a viernes. No, en esa época yo estaba muy agradecida porque al menos tenía trabajo. Las horas que no dedicaba a encanutillar o grapar documentos las pasaba leyendo y respondiendo correos pasivo-agresivos de personas que tenían veinte o treinta años más que yo. También leía fanfiction a escondidas para matar un poco el rato. Por esa época yo vivía convencida de que todo aquello debía tener algún tipo de sentido. Era imposible que tantísimas personas vivieran una mentira, el trabajo asalariado debía servir para algo más que pagar facturas y tener a un gran número de la población entretenido para que no empezara a hacer preguntas o a enfadarse con el gobierno de turno por según qué cosas. Con los años he descubierto y aceptado que la gran mayoría de trabajos de oficina no sirven ni aportan nada. Si mañana desapareciesen, el mundo seguiría girando como siempre. Nadie echaría en falta las presentaciones de Powerpoint sin hacer, las reuniones para desgranar lo sucedido en otras reuniones o los correos electrónicos redactados con ayuda de Copilot porque ya no sabemos pensar o escribir como seres humanos. Resulta gracioso, los robots sueñan con convertirse en humanos y nosotros no dejamos de intentar convertirnos en robots. Intenté devolver la impresora, pero el departamento financiero de la empresa me comunicó que casi mejor me la quedara porque a ver cómo explicaban a los auditores externos el momento de enajenación que había atravesado la psique de aquella jefa que tuve. Y ahí ha estado la impresora estos últimos seis años, chupando polvo en una estantería.
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