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Opinión

Ana María Díaz Santana

Amistad: el compromiso de caminar juntos

Amistad: el compromiso de caminar juntos

Amistad: el compromiso de caminar juntos / MERCEDES SÁNCHEZ

“Caminar es bueno para la salud física y mental», me dijeron hace unos meses. Obediente y confiada en la certeza de esta afirmación, camino todos los días una hora y media. Lo que nadie me advirtió es que mi rutina se vería alterada por conocidos que se presentan ante mí como aquel amigo que hace años no ves, o la amiga que compartió juegos infantiles en el barrio.

Contenta por ese reconocimiento a pesar del tiempo, pero inquieta por la interrupción de mi propósito, reconozco que lo que más me ha interpelado es la palabra utilizada por gran parte de ellos: «amiga». Este vocablo pertenece a ese grupo de palabras cuyo significado no es estático; no es que sean polisémicas, sino que, al compás de los años y las vivencias, su definición única adquiere matices y sentimientos nuevos.

A pesar de ello, el asalto de estos «desconocidos amigos» trajo a mi mente momentos puntuales: escenas donde hoy no me reconozco, actitudes que ahora admiro y otras que no justifico; lazos que apoyaron mis indecisiones y fortalezas que apaciguaron mi incertidumbre.

Estas mujeres y hombres, «jóvenes de ayer», me provocaron la certeza de que la amistad es la primera relación verdaderamente democrática que experimentamos. No necesita lazos que la avalen (familiares, laborales o sociales); surge espontáneamente a partir de un consenso que se acepta interiormente, sin papeles ni promesas, por el convencimiento de que «el otro», el elegido, es digno de tu total consideración y confianza. Juntos emprendemos un camino de doble vía donde el dar y el recibir se disuelven, las miradas hablan y los silencios alertan. Basada en el respeto mutuo y la sinceridad, esta unión constituye un elemento esencial para cualquier sistema democrático saludable. Con el amigo, al igual que en la democracia, se establece una relación sin jerarquías donde el bienestar del otro se desea por su propio bien, no por utilidad o mandato.

Ahora, en esta etapa en la que refuerzo mi salud con el ejercicio físico, me encuentro pensando en la “amistad”, esa relación que acompaña nuestro camino desde los primeros años de vida. Revolotea en la niñez, integrada por quienes comparten nuestro espacio de juego; en la infancia, los amigos componen un «todo» sin matices ni apelativos que aumenten o disminuyan el vínculo, porque todos forman parte del mismo colectivo.

A medida que crecemos, aprendemos a valorar las cualidades que realmente definen ese lazo y realizamos una primera selección basada en la virtud y la permanencia: surgen entonces esos aliados que, además de confianza, brindan apoyo y lealtad. Es entonces cuando recordamos aquello de: «Amistades de juventud, son las de más virtud», sin olvidar ese otro refrán que, seguramente en la edad adulta, tomaremos como definitivo: «Amigos, oros y vinos, cuanto más viejos, más finos». El paso del tiempo se encarga de dar valor al concepto, pues los acontecimientos de la vida actúan como un filtro exigente.

Hoy, la publicidad y las redes sociales añaden complejidad a esta definición por el uso que hacen del término «amigo». Inmersas en el halo de estima que rodea a la palabra, las marcas la invocan para humanizar sus productos y transmitir seguridad, posicionando el consumo como un facilitador de la conexión social.

Para aumentar la confusión al identificar a los verdaderos amigos en el camino diario, aparecen aquellos que, sin haberlos visto nunca, se denominan así en plataformas digitales. En Facebook prevalece el número de conexiones sobre el compromiso afectivo, generando una «multitud vacía» que mutila la intimidad. Instagram, por su parte, nos ofrece «seguidores»: una relación que no exige reciprocidad, sino mero interés por el mensaje del otro, sin compromiso ni respuesta.

Si la amistad personal es el baluarte de la democracia, el traslado de este vocablo al entorno digital impacta en la salud del debate público. Estas plataformas actúan como un «ágora digital» sin base de confianza real, propicia para fomentar la agresividad o la «cultura de la cancelación» -ese fenómeno de retiro masivo de apoyo ante lo ofensivo- en lugar del diálogo ciudadano.

Por último, la Inteligencia Artificial (IA) ha llegado para intentar ocupar el lugar del amigo. Aquí el vínculo no es recíproco, sino una simulación diseñada para ser complaciente. Si la amistad es democrática por su igualdad, la IA rompe el esquema al ser unilateral. Un amigo real puede confrontarnos o disentir; la IA está optimizada para agradar y reflejar nuestro propio discurso, entorpeciendo el entrenamiento social necesario para la convivencia.

Corremos el riesgo de pasar de la humanización de la tecnología a la instrumentalización de los afectos. Delegar este vínculo en un algoritmo atrofia la tolerancia y la capacidad de discernir. Hoy, ante tantos «pseudoamigos» que invaden nuestra identidad, nos queda el consuelo de las máximas de los grandes pensadores.

Me quedo con Jean-Paul Sartre, máximo exponente del existencialismo: «Un amigo es alguien ante quien no tengo que justificarme, porque él ya conoce mi libertad y la respeta. En la amistad verdadera, el otro no es un objeto que observo, sino un espejo de mi propia existencia que me ayuda a ser quien decido ser». E incluso con la advertencia de Platón: «Es preciso que cada uno busque entre sus semejantes a los que tienen su misma naturaleza. Y si no los encuentra, que permanezca solo, antes que aceptar de mala gana la compañía de quienes son diferentes de él».

Así, entre el asfalto y el recuerdo, sigo caminando mi hora y media diaria. He aprendido que, aunque los algoritmos intenten secuestrar este noble vocablo, el verdadero amigo se halla en los pocos que siguen caminando a mi lado. Al final del día, prefiero una ruta solitaria que me permita reconocer mi propia voz a una multitud vacía que ignore mi silencio. Porque la salud, la de verdad, no solo depende de mover las piernas, sino de saber elegir con quién compartimos el camino.

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