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Opinión | Punto de vista

Juanjo Pérez Estévez

El camino más corto

“El camino más corto” de Manu Leguineche

“El camino más corto” de Manu Leguineche / La Provincia

Década de los 60. De Madrid a Australia, mayoritariamente por carretera y con algunos saltos de jeep embarcado entre mares y ríos. Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Chipre, Líbano, Siria, Jordania, Irak, Afganistán, Pakistán, India, Bangladesh, Bután, Myanmar (en aquel momento Birmania), Laos, Tailandia, Camboya, Vietnam, Indonesia, Filipinas….. Desiertos, manglares, montañas, prisiones, malaria, monzones, fronteras, mezquitas, mandirs, pagodas, escorpiones, serpientes, tigres, mosquitos, millones de ellos. Revoluciones en ciernes, golpes militares, estados fallidos, batallas dormidas, leyendas milenarias, crujir de civilizaciones. Sesenta años después del final del viaje iniciático de Manu Leguineche junto a la expedición Trans World Record (tres periodistas estadounidenses y un fotógrafo suizo que junto al español querían batir el récord de distancia en un mismo viaje por carretera), sus aprendizajes y sentires plasmados en “El camino más corto” en torno a los orientes (próximo, medio y lejano) son una guía, un atlas o un corolario para el espíritu aventurero.

Apenas contaba con 23 años y dedicó más de setecientos días a un periplo lleno de anécdotas, alegrías, penas y polémicas (la parte final de su viaje fue años más tarde objeto de dudas sobre su veracidad). El libro se publicó una década más tarde y contenía ya una serie de vivencias comparativas desde su labor de corresponsal, revisitando algunos de aquellos países después de algunos de sus hitos más relevantes del último siglo. El Vietnam de antes, durante y después de la guerra norteamericana, la Camboya pre jemeres rojos, el Irán de Mosaddeq y el del Sha, el Egipto de Nasser, la guerra de los seis días, los albores de la independencia argelina, la India de Nehru, las dictaduras militares del resto del sudeste asiático o sus movimientos no alineados, las guerras tribales en el corazón de los territorios pashtún del Khyber y Baluchistán... Leer este diario de viaje es como ver a cámara lenta “El hombre que pudo reinar” o “Lawrence de Arabia”.

Empecé a leerlo cuando no llegaba a los veinte. Me perdí entre sus horizontes porque mi viejo libro electrónico se lo llevó con él a la tumba. Lo terminé mucho después, reanimado por el llamado de la jungla que a tantos literatos cautivó. De todo esto da una cuenta magnífica David Jiménez en sus recientes “Diarios del opio”. Considerado uno de los grandes maestros de reporteros en su sentido más clásico y poético, Leguineche no tenía experiencia en casi nada cuando pidió participar en el viaje. “No sé conducir ni nada de mecánica, pero sé cantar, jugar al mus, tengo muy buen humor, sé algo de geografía y he leído a Conrad, Stevenson y Verne”. El magnífico Enric González señaló “este libro debería ser de lectura obligatoria para todos los estudiantes de Periodismo”. Se podría añadir que lo es también para cualquier joven que necesite levantarse del sofá y buscar su camino, o en general para cualquiera que, ahora que vuelven los viajes a la luna, aún sueña con llegar hasta los confines del mundo. A la vez, es un mapa de coordenadas etnográficas e históricas que precisamente hoy más que nunca pueden ayudar a entender lo que pasa en esas latitudes. n

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