Opinión | El Trasluz
Una deuda de nicotina

Cigarrillo encendido. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ
Resulta que he aprendido a meditar un poco, solo un poco, no vayan a creerse. Adopto una postura algo incómoda, con la columna vertical recta, cierro los ojos y dejo que mi mente divague sin dirección alguna. El secreto está en ser un mero espectador de las ideas que atraviesan tu bóveda craneal. Un espectador que ni dialoga con lo que ocurre ni lo juzga. No siempre se consigue, claro. El otro día, por ejemplo, en el momento de mayor concentración, se me apareció mi madre y me pidió que me fumara un cigarrillo.
-Ya no fumo -le dije.
-No es para ti -dijo ella-, es para mí. Me morí sin saber a qué sabía el tabaco. Fúmatelo para mí, anda.
Le respondí que aquello contravenía el espíritu de la meditación, que consistía en dejar pasar los pensamientos como se dejan pasar las nubes, sin intervenir en ellos. A veces aparecen escenas del pasado, pequeñas películas domésticas: la cocina de la infancia, el ruido de una persiana, el olor de un armario viejo. Pero nunca nadie me había pedido nada desde dentro de la cabeza. La norma no escrita de esos espectáculos mentales es que uno mira, pero no participa.
Mi madre, empeñada en alterar el protocolo, insistió:
-Solo una calada, para saber. ¿Qué te cuesta?
En mi familia, el deseo de saber siempre ha tenido consecuencias. Fue por saber por lo que metí de pequeño los dedos en un enchufe y por lo que me tiré desde un segundo piso con un paraguas a modo de paracaídas (dos piernas rotas). De modo que abrí los ojos para escapar de la escena, para huir de la solicitud materna. La habitación estaba en silencio, como si la realidad hubiera estado aguardando pacientemente mi regreso. No había cigarrillos en casa, pero durante el resto del día me persiguió la sensación de que había adquirido con mi progenitora una deuda de nicotina imaginaria.
Anoche volví a meditar. Adopté la postura, cerré los ojos y dejé pasar los pensamientos. No apareció nadie. Ni mi madre ni el cigarrillo. Pero, de vez en cuando, entre una idea y otra, me llegaba un sabor tenue, ligeramente amargo, como si alguien, en algún lugar de mi cabeza, estuviera fumando muy despacio.
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