Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Retiro lo escrito

Encima lo defienden

Ictus, trastorno mental

Ictus, trastorno mental / COMUNIDAD DE MADRID

Hace un par de años escribí sobre un hombre enfermo y desquiciado que recorre día y noche las calles de mi ciudad y que a menudo lo hace lanzado gritos estentóreos. Son alaridos de desconcierto y pavor. Después de escribir durante tanto tiempo reparo ahora en lo mucho que he escrito sobre los locos e idiotas de mi ciudad, heraldos de la desdicha, desahuciados por la lepra de la desolación, oscuros espejos de nosotros mismos. Hasta que no has pisado la línea, aunque sea solo un instante, uno ignora que la cordura y la locura comparten el mismo corazón. En cualquier momento puedes caer en un abismo del que nunca escaparás. La locura es la experiencia vital límite y cuando la atraviesas ya no queda sino un archipiélago de silencios y ruidos aislados. Un lugar carente de sentido donde ya no puedes ser tú mismo y te desintegras en un interminable chillido de comadreja agonizante.

Hace unos días apareció el hombre del grito: delgado, barbudo, con los ojos fuera de las órbitas. Caminaba y gritaba atravesando las terrazas de los bares de la zona. De repente se detuvo. Yo andaba detrás, a cierta distancia, pero descubrí que de repente tenía medio talón fuera del zapato izquierdo. Tal vez se le rompió. Entonces tembló y comenzó a gritar. Como es normal los parroquianos se sobresaltaron. El hombre del grito quedó petrificado. No se atrevía a mover el pie. Volvió a chillar, desesperado. Entonces apareció un camarero alto, joven y fuerte, y le empujó en el hombro, increpándole. El loco se mantuvo en pie y comenzó a chillar aún más fuerte. El camarero (tal vez tenía un mal día) lo empujó todavía más, lo tomó del brazo, lo arrastró calle abajo. El grito ya era un gemido. Milagrosamente no cayó al suelo. Entonces un joven le rogó al camarero –lo dijo así– que no siguiera empujando al hombre del grito. Una mala bestia - espero que esté leyendo este artículo– protestó airadamente desde su mesa. «¡Encima le defiende!». No pude contenerme y le pregunté de qué crimen se estaba defendiendo al hombre del grito. El idiota de la mesa dijo que era insoportable escuchar a ese tipo y que a veces atravesaba su calle de noche y su mujer saltaba de los nervios. Su mujer estaba sentada al lado y me pareció sumamente improbable que alguna vez hubiera podido mover verticalmente sus cien kilos.

El hombre del grito sufre una demencia frontotemporal avanzada. Esta patología no tiene cura, aunque algunos de sus síntomas pueden ser tratados farmacológicamente. Puedes empujarlo y tirarlo sobre el asfalto, puedes cubrirlo de insultos, puedes azotarle con un látigo: antes de una hora seguirá asustado o dolorido, pero habrá olvidado el incidente. Es profundamente estúpido y del todo inútil amenazarlo, empujarlo, zancadillearlo, escupirlo. No dejará de temblar, de gritar, de sentir pánico. Para la mayoría de la gente no importa. Quieren que se calle. Desprecian el dolor ajeno porque siempre está debajo de su infinito derecho a la comodidad que se merecen. Junto al mar de azul y espumas, bajo un sol tibio y luminoso, entre sonrisas cómplices y comentarios sobre el partido de fútbol de ayer, serpentea la crueldad más mezquina y ruin: pégale al loco, ríete del pobre, siente asco por los mendigos, y pide policía, más policía, siempre policía, llévense a este tipo de aquí, mi mujer pega brincos cada vez que lo oye. Para nada exijas más recursos sociales, no amplíes y mejores los albergues municipales, no protestes al alcalde o a los concejales de tu ayuntamiento, no planifiques una estrategia para las enfermedades mentales en Canarias, combinando los esfuerzos de todas las administraciones públicas o tarda otros diez años en hacerlo, lenta, majestuosa, parsimoniosamente, porque total, los dementes no se van a enterar de lo que hagan o no hagan en la Consejería de Sanidad y ni siquiera votan. No votan nunca. El hombre del grito no vota, desde luego, quizás nunca haya votado. Ayer lo vi otra vez y corría como si estuviera a punto de desbaratarse. Nunca lo había visto correr así. Huía muerto de miedo con una mano en el pecho. En la plaza levantó un vuelo de palomas. La tarde era azul, gentil y hermosa.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents