Opinión | Tropezones
Breverías 168

Casa del Coño de Las Palmas de Gran Canaria / La Provincia
Recuerdo haber mencionado una expresión que tienen los americanos para describir la impactante impresión que les pueda producir la contemplación de una obra arquitectónica excepcional. Lo denominan Jesus Christ architecture (pronunciado chisuskraist) para reflejar el asombro causado por la construcción en cuestión. En Las Palmas la equivalencia tal vez sea algo más escabrosa. Recuerden por ejemplo el edificio que en su día por su tamaño causara natural sensación. ¡Le ha quedado para siempre el calificativo La casa del coño!
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Como igual de escatológica es la anécdota cuyas coordenadas no recuerdo pero que tal vez tengan su origen en algún cuento de Pepe Monagas. Un grancanario nunca separado de su terruño acude a Londres en su primera salida fuera de su isla. Alucinado ante el espectáculo de los grandes almacenes Harrod´s, no puede reprimirse y proclama, recordando el entonces puntero comercio de su ciudad: «¡al carajo los Peñate!»
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Comentando el otro día con unos amigos si un gobernante que nos es muy próximo podía calificarse de listo, por su demostrado talento para mantenerse en el poder, nos replica C.P. con sorna: «si gobiernas sin escrúpulos no hace falta que seas listo».
Y añade otro de los amigos: «¿lo dejamos en listillo?»
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Comentando la misma peña sobre si la democracia es, como decía Winston Churchill, «la peor forma de gobierno, excepto todas las formas que han sido probadas de vez en cuando», coincidíamos casi todos en que una de sus debilidades es estar basada en el respeto y la confianza. Si el gobernante de turno no cuida estos conceptos, y se salta a la torera todos los organismos de contrapeso del poder, que en general no son vinculantes, es posible que la subsiguiente deriva nos aboque a una autocracia.
A lo que a guisa de síntesis puntualiza otro de los presentes tras recordarnos unas entrevistas recogidas por televisión a pie de calle en vísperas de elecciones «olvídense, la calidad de una democracia viene condicionada por la calidad de los votantes».
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En realidad podría haberse ahorrado la reflexión, pues como siempre, Sir Winston lo había expresado mejor hace ya años: «el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio».
