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Opinión | Con otra mirada

Ana María Díaz Santana

La corbata de Clavijo: un tributo al calado

La corbata de Clavijo: un tributo al calado

La corbata de Clavijo: un tributo al calado / Andrés Gutiérrez Taberne / ELD

El presidente del Gobierno de Canarias Fernando Clavijo estrenó corbata en la última sesión parlamentaria, tal y como manifestó recientemente en su página de Facebook. Este acontecimiento no habría tenido mayor importancia si no se tratase de una pieza excepcional: una prenda única elaborada artesanalmente por un grupo de caladoras de la Villa de Ingenio, en Gran Canaria.

Como él mismo explica en su perfil: «… No es solo una corbata. Es el trabajo, el cariño y la historia de las caladoras de Ingenio. Mujeres que han sabido mantener vivo, generación tras generación, un oficio que forma parte de nuestra identidad como pueblo. Apenas 24 horas después de recibirla, tenía claro que debía estrenarla. ¿Cómo no hacerlo? Porque en ella siento el cariño de quienes la hicieron y el orgullo de lo que somos. De Canarias».

Con este sencillo gesto, Clavijo puso de manifiesto la importancia de valorar, realzar y mantener nuestras tradiciones. El calado canario —que consiste en la creación de dibujos geométricos y florales sobre tela tras el deshilado de la pieza— es una tradición cuyo origen se remonta a varios siglos atrás, cuando llegó a las islas bajo la influencia de técnicas portuguesas y andaluzas. Poco a poco, estas destrezas se adaptaron gracias a la creatividad de las caladoras, quienes, con tesón, perfeccionaron elementos nuevos hasta crear un estilo propio.

El calado, que se arraigó de forma especial en la Villa de Ingenio, al sureste de Gran Canaria, significó para este municipio mucho más que la creación de un bordado con rasgos singulares. Fue el sostén económico de muchas familias que complementaban con él sus precarios ingresos y supuso el eje de las relaciones vecinales y familiares. El telar de metro y medio o dos metros en el salón, patio o zaguán era el centro de reunión para quienes colaboraban en la pieza tras un acuerdo verbal. Fue, a lo largo de mucho tiempo, una labor colectiva a la que se incorporaron otras manifestaciones populares, como la transmisión oral de coplas, leyendas y tradiciones.

De esta forma, el calado fue la excusa social para comentar los acontecimientos del pueblo, intercambiar impresiones sobre comportamientos sociales e informar sobre el acontecer familiar. El descanso en la labor, el «ratito de café», se convertía en el momento indispensable para la historia de la vecindad.

Su influencia a finales del siglo XIX y principios del XX fue tal que no había niña que no aprendiera a calar como símbolo de pertenencia. Era un signo de identidad transmitido por madres y abuelas que implicaba la aceptación dentro de la comunidad. Aprender a calar en aquellos años era un requisito indispensable para cualquier jovencita de Ingenio —entre las que me incluyo—. Hubo expertas que resultaron ser innovadoras en este arte; las que no alcanzamos esa categoría debíamos superar, al menos, el aprendizaje básico: la flor en tela y el rehílo, como fue mi caso.

El calado ha sido —y deseamos que siga siendo— una forma de expresarnos sin palabras. Dicen los mayores que, antiguamente, era una labor imprescindible para cualquier mujer: se lucía en enaguas, camisas y delantales, así como en las pecheras y puños de las camisas de los hombres. De hecho, la cantidad y complejidad del calado en la vestimenta transmitía el estatus social al que se pertenecía. Cuentan que fue uno de los primeros productos artesanales en comercializarse fuera de nuestras fronteras, especialmente en los mercados de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Alemania.

Esta artesanía nos enseñó a trabajar sin prisa, a cuidar con esmero y cariño la labor que tenemos entre manos, con el alma y la mente puestas en quien la va a recibir. Es una tarea de meses, e incluso años, en cuya elaboración se desgasta la vista y se requiere una atención absoluta. Pero, sobre todo, el calado nos pone a prueba en el maravilloso reto de competir con la técnica, demostrando al mundo que el ser humano, con su capacidad y destreza, sigue teniendo la última palabra.

El gesto del presidente al estrenar una corbata calada en el Parlamento nos lleva más allá de la moda o el protocolo. Es, en realidad, un tributo a las manos que no olvidan y a un municipio, el de la Villa de Ingenio, que ha sabido convertir el hilo y la paciencia en un símbolo de identidad indestructible. Este arte va más allá de sus propios límites, convirtiéndose en el elemento decorativo esencial de los trajes típicos, donde cada isla define su autenticidad con las puntadas que muestran su vestimenta.

Mantener vivo el calado es garantizar que nuestra historia se siga escribiendo punto a punto, y continúe recordando con su buen hacer, en un mundo de prisas, que la verdadera excelencia reside en aquello que se hace con tiempo, alma y corazón.n

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