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Opinión | Ángulo muerto

Patricia Sánchez Ramos

Cicatrices contra algoritmos

Una persona usa el teléfono móvil

Una persona usa el teléfono móvil / Europa Press

Hay una forma de suicidio que no deja cadáveres: sustituir la experiencia por su registro. No es que usemos el teléfono. Es que hemos empezado a desconfiar de la realidad cuando no pasa por él.

Caminamos por la calle con la mirada hundida en un rectángulo de cristal como quien consulta un oráculo doméstico. No buscamos información: buscamos alivio. Un pequeño estímulo que nos libre, aunque sea por segundos, del peso de existir sin distracciones.

Epicuro advertía que el mayor dolor del ser humano no es físico, sino mental. El ruido constante de una mente incapaz de habitarse a sí misma. Séneca fue más brutal todavía: «Nada pertenece tanto al hombre como el tiempo… y nada administra peor».

Hoy ya no perdemos el tiempo: lo pulverizamos. Vivimos la paradoja de una hiperconexión que no nos une, sino que nos protege del encuentro. En la guagua de las siete de la mañana, diez cuerpos comparten el mismo aire y ninguno comparte la mirada. El silencio solo se rompe por el deslizamiento de los dedos sobre el cristal. Cada rostro inclinado hacia una pantalla levanta una muralla luminosa que separa más que cualquier distancia física. No por necesidad, sino por miedo.

Miedo a la intemperie del otro. Pero, sobre todo, miedo a la intemperie propia. Martin Heidegger hablaba del olvido del ser. Esa forma sutil de vivir distraídos para no enfrentar la pregunta incómoda de qué hacemos realmente aquí. No imaginó teléfonos inteligentes, pero describió nuestra huida constante hacia lo superficial.

No usamos pantallas para comunicarnos. Las usamos para no escucharnos. Hemos aprendido a registrar la vida antes de vivirla. Fotografiar antes de sentir. Compartir antes de comprender. Como si un instante que no se archiva dejara de existir. Como si la memoria humana fuera insuficiente sin respaldo digital.

Pero la memoria no es un archivo; es un órgano vivo que solo se activa ante el impacto. La memoria es, en realidad, una grieta por la que entra la vida.

Aristóteles sostenía que el ser humano se reconoce en lo que hace con sus manos. Hoy, nuestras manos apenas sostienen el mundo: se han limitado al roce de una yema de dedo sobre una superficie inerte. Gestos sin peso. Movimientos sin consecuencia.

Mientras tanto, el resto del cuerpo espera.

El océano que nos rodea –si uno se atreve a mirarlo sin fotografiarlo– sigue siendo un recordatorio incómodo: lo real no puede almacenarse. Solo puede experimentarse o perderse. El mar no cabe en una pantalla porque su verdadera magnitud no es visual, sino sensorial. La mirada registra; solo el contacto recuerda.

Quizá la tecnología sea solo la coartada perfecta. El verdadero problema es que nos hemos vuelto incapaces de sostener nuestra propia presencia sin el auxilio de una anestesia digital. Nos aterra el silencio porque en él no hay notificaciones que nos distraigan de nosotros mismos.

Blaise Pascal escribió que toda la desgracia humana proviene de una sola cosa: no saber permanecer en una habitación en silencio. Hoy ni siquiera necesitamos salir de ella para huir.

Cuando la batería se agota –porque siempre se agota– no queda lo que se publicó, sino lo que se evitó sentir. Lo que no se miró. Lo que no se tocó. Lo que no se sostuvo el tiempo suficiente para dejar marca.

Y una vida sin marcas no es una vida limpia. Es una vida no estrenada.

Quizá la pregunta ya no sea cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla. La pregunta real es otra: ¿Hace cuánto tu pulgar le dice «sí» al mundo… mientras tú te dices «no» a ti mismo?

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