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Opinión | Punto de vista

María Bernarda Barrios Curbelo

Romper el silencio para poder vivir

Pintada sobre el suicidio en Alicante.

Pintada sobre el suicidio en Alicante. / EPE

Durante décadas se ha exigido a muchos hombres un mismo molde: ser fuertes, ser proveedores, ser el salvador de la familia, mantener la calma cueste lo que cueste y no mostrar debilidad. Las emociones se guardan, la frustración se traga, y el cansancio se disfraza de orgullo. «Los hombres no lloran» sigue resonando, aunque ya nadie lo diga en voz alta.

Ese mandato ha creado una carga invisible. La presión de sostenerlo todo económicamente, emocionalmente y físicamente deja poco espacio para admitir que uno no puede más. Cuando la frustración no encuentra salida, se transforma en angustia, en aislamiento, en culpa. Y el coste es real: cada vez más datos apuntan a que los hombres están sufriendo en silencio y las tasas de suicidio masculino siguen siendo muy superiores a las de las mujeres en la mayoría de países. En España, según el INE, alrededor del 75% de las muertes por suicidio en 2024 correspondieron a hombres.

No se trata de culpar a nadie. Es el resultado de un modelo cultural que confunde masculinidad con dureza e invulnerabilidad. Un modelo que no deja lugar al hombre que tiene miedo, que se siente perdido, que necesita pedir ayuda o simplemente descansar.

Es hora de superar esa situación. Superarla no significa debilitar a los hombres. Significa devolverles el derecho a ser humanos completos. Un hombre puede ser firme y también vulnerable. Puede sostener a su familia y también apoyarse en ella. Puede fallar sin dejar de ser valioso.

Empoderar a los hombres hoy implica:

Nombrar lo que pasa: hablar sin vergüenza de salud mental masculina, ansiedad y soledad. El silencio no protege, aísla.

Reformular la fuerza: la verdadera fortaleza no es no caer, sino tener el coraje de pedir ayuda cuando hace falta.

Crear espacios seguros: amistades, grupos de apoyo, terapia. Lugares donde un hombre pueda decir «no estoy bien» sin que se ponga en duda su valía.

Repartir la carga: la responsabilidad de «sacar la familia adelante» no debería recaer solo sobre una persona. Familias, empresas y sociedad deben compartir ese peso.

Empoderar no es convertir al hombre en víctima, es devolverle el poder sobre su propia vida emocional. Es permitirle que su identidad no dependa únicamente de lo que produce o de lo que aguanta.

Los hombres también necesitan cuidado. También necesitan ser escuchados. Y cuando se les permite ser vulnerables, no solo salvan su propia vida, sino que pueden estar presentes de verdad para los que aman.

Romper el molde no es rendirse. Es empezar a vivir.

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