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Opinión | El análisis

Atilio González Hernández

La vida como servicio

El egoísmo a veces se vuelve contra la sociedad.

El egoísmo a veces se vuelve contra la sociedad. / Mohamed Hassan en Pixabay

Esto de estar vivo y ser persona es una gran complicación. Entre otros motivos porque uno no siempre sabe cómo tiene que comportarse; ¿qué es mejor, trabajar duro y cobrar por lo trabajado, o aparentar que se trabaja y cobrar lo mismo?, ¿es bueno copiar en los exámenes y sacar mejor nota?, ¿hay que cobrar al cliente un precio justo, o camelarlo para obtener más beneficio? Estas alternativas y muchas otras que podemos aplicar a la vida real, sólo se pueden resolver desde la ética. Lo que solemos llamar, con mayúsculas: «Principios».

En el siglo XIX se acuñó una frase humorística, aplicada a un político anónimo que habría dicho: «¡Estos son mis Principios, pero si no les gustan puedo cambiarlos fácilmente!». O sea, que una ética personal puede estar subordinada a una agenda oculta y no a unos Principios universales e inmutables. Tal agenda oculta sería la verdadera ética de la persona en cuestión, aunque no se exprese públicamente por conveniencia social.

Recuerdo que cuando yo era chico el egoísmo estaba muy mal visto; ¡egoísta! era un insulto preocupante, pero poco a poco ese término va ganando respetabilidad. «Sé tú mismo» es un mantra que recibe cada vez más aceptación, aunque nadie sepa qué significa exactamente, porque en realidad nadie puede ser otra cosa que él mismo. Para mí que la frase es una justificación hueca del egoísmo. Equivalente a «haz lo que quieras» o «pásatelo bien y no te preocupes de otra cosa»: una formulación actualizada del hedonismo helénico.

El egoísta –y su pariente el narcisista– tienen las cosas claras: los demás deberían estar a su servicio y él no está al servicio de nada ni nadie. Lo único que verdaderamente le importa -el único Principio- es su comodidad, su placer y su seguridad: todo lo demás le es secundario. Pero por alguna razón misteriosa, tal actitud no le permite colmar sus aspiraciones. Cuanto más tiene más le falta y más insatisfecho puede llegar a sentirse en el fondo de su alma. Esto me recuerda a un párrafo de Las sirenas de Titán (Kurt Vonnegut, 1959): uno le pregunta a otro: «¿Como van las cosas, Joe?» Y él contesta: «Oh, muy bien, no podrían andar mejor!» Y usted lo mira a los ojos y ve que las cosas «no podrían andar peor».

El polo opuesto al egoísmo es la generosidad. Implica situar el sentido de nuestra vida en el exterior del pronombre yo. Interpretar la vida propia como un servicio a una causa superior a dicho «yo»: llámese Dios, Patria, Humanidad, Libertad, etc. Y pensar después calladamente, sin vanagloria ni golpes de pecho: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer».

El servicio a un ideal no implica otra subordinación que a ese propósito supremo. Es compatible con el ejercicio de la autoridad, la cual puede entenderse como un servicio a los más necesitados, como hacía Teresa de Calcuta, o utilizarla para la autoglorificación y el enriquecimiento personal, como según dicen hace Donald Trump. Es una de las muchas diferencias que podemos encontrar entre una santa y un narcisista irresponsable.

Poner nuestra libertad al servicio de un ideal más poderoso que nuestra conveniencia, puede darle un sentido profundo a la existencia. Y puede proporcionar una satisfacción duradera que el egoísmo sea incapaz de sustentar. Así que –en principio– el idealismo es una disposición admirable, salvo que la idea supuestamente superior sea una fabulación engañosa y maligna. Así ha ocurrido con algunos «ismos»: el comunismo, el nazismo, el sionismo, etc., supuestos ideales que han propiciado crímenes monstruosos que avergüenzan a toda la humanidad.

En el fondo de nuestro carácter suele haber una idea predominante a la que estamos sirviendo, quizá sin darnos cuenta. ¡Ojalá que esté orientada al Bien absoluto, o al bien común, más que al interés personal!

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