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Opinión | Isla Martinica

Juan Francisco Martín del CastilloPatricia Sánchez Ramos

Zapatos

El exministro José Luis Ábalos (i) y su exasesor Koldo García (d) en el banquillo de los acusados durante el juicio por el 'caso mascarillas' en el Tribunal Supremo, a 7 de abril de 2026, en Madrid (España).

El exministro José Luis Ábalos (i) y su exasesor Koldo García (d) en el banquillo de los acusados durante el juicio por el 'caso mascarillas' en el Tribunal Supremo, a 7 de abril de 2026, en Madrid (España). / Pool

En mi infancia, y poco antes de entrar en la adolescencia, hacia el final de los años 70 del siglo pasado, mis padres me obligaron a calzar unos zapatos muy llamativos e incómodos, propios de otra época, la del mundo hippy, que ya daba sus últimas boqueadas, y que se distinguían por exhibir una puntera terminada en aguja, como los de Cantinflas, para que se hagan una idea. En aquellos tiempos, un par de botines de este tipo alertaba de cierto desfase en el estilo, pero también apuntaba a una determinada condición económica. En mi caso, me ponía los zapatos picudos o no habría otros que estrenar ante la estrechez familiar. Así que muy pronto aprendí que, por encima de la moda, está el poder de la cuenta corriente, si bien hubo otra lección tan importante como la anterior: el gusto debe acomodarse a la cartera y, además, sin que haya pérdida de dignidad por ello, porque, en el fondo como en la superficie, no engañas a nadie, y menos a ti mismo.

Ha llovido mucho desde aquellas fechas, pero los zapatos siguen siendo un reflejo bastante certero de quien los lleva, aparte de una manera de presentarse ante el mundo. Los mocasines de cuero labrado de Víctor de Aldama hablan a las claras de su orgullo personal, de un afán calculado por impresionar a su llegada. Las deportivas de Joseba García Izaguirre, hermano del famoso Koldo, fiel escudero de José Luis Ábalos, transmiten, en cambio, un desenfado igualmente meditado, un punto de espontaneidad que anima a romper barreras, en caso de que existieran. Las bailarinas de Jésica Rodríguez, la que fuera amante del todopoderoso hombre del sanchismo antes de la caída a los infiernos, muestran un estilo juvenil, casi inocente, aunque, curiosamente, tan planeado como el del comisionista o el hermano sindicalista del conseguidor palaciego. Tres pares de zapatos, muy diferentes entre sí, que descubren una personalidad común, la del pícaro que urde una estratagema con la que confundir a los que están en su presencia, engañar al incauto y salirse con la suya.

Aldama se sabe ganador en la disputa judicial y, por esta razón, se exhibe cual gallo en su gallinero, desafiando la mirada acusatoria con indiferencia y hasta desprecio. Joseba García, por su parte, arrastra las deportivas como si fuese a un encuentro de pelota vasca, a disfrutar con la confrontación sin que a él le afecte directamente, pues sólo es un espectador del match. Pero, ya puestos, si puede echar una mano a la familia, miel sobre hojuelas. Jésica, la orgullosa mujer que ignoraba que los españoles pagaban sus gastos, a los que incluso culpabiliza de su actual situación, mantiene la imagen de una virgen sufriente, vestida de riguroso luto de pies a cabeza. Cada uno de los intérpretes del caso Koldo (o el caso Mascarillas, ya da igual) con su correspondiente par de zapatos, dando muestras de que el calzado es el mejor espejo del alma, y no los ojos, como había pregonado equivocadamente el mismísimo Platón.

Por desgracia, no se han podido ver los zapatos que llevan Ábalos y Koldo porque las cámaras no nos ofrecen una imagen completa de la figura de ambos. Estaría bien fijar la mirada en sus pies, en lo que cubre las vergüenzas de los pinreles, ya que, a buen seguro, el destino de la España de la pandemia estaría grabado con sangre en las botas de uno y de otro.

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