Opinión | Observatorio
Elena Neira
Si no está roto no lo arregles

Una persona usando ChatGPT / PEXELS
El binomio entretenimiento e inteligencia artificial no termina de cuajar. Cuando parecía que Disney y OpenAI habían puesto en marcha un modelo de colaboración prometedor, el anuncio del cierre de Sora ha hecho que todo se viniese abajo como un castillo de naipes. Integrar una innovación en una industria con más de 100 años de historia nunca ha sido tarea fácil, pero parece que en el caso de la IA generativa siempre termina por aflorar un extra de cautela.
Sora era el modelo de vídeo de OpenAI, la compañía tras ChatGPT. Aprovechando el lanzamiento de su segunda versión, decidieron integrar la tecnología dentro de una aplicación en la que los usuarios podían crear vídeos y compartirlos en un feed similar a TikTok. El lanzamiento fue un éxito, con récord de descargas, una rápida viralización de los contenidos generados con la herramienta y no pocas reclamaciones por violación de material protegido. La red se inundó de vídeos cortos con escenas imposibles entre personajes icónicos como Batman, Indiana Jones o Baby Yoda.
En este contexto tuvo lugar la alianza con Disney, que vio en esta tecnología una mina de oro en potencia para comenzar a probar las posibilidades de la tecnología con sus audiencias más jóvenes. El pacto era el siguiente: Disney se comprometía a invertir 1.000 millones en la compañía y a dar acceso a gran parte de su propiedad intelectual. OpenAI, por su parte, ponía Sora 2 al servicio de Disney, lo que permitiría integrarla dentro de Disney+, para que los usuarios pudiesen crear sus propios vídeos verticales con los personajes de su ecosistema. La jugada era beneficiosa para ambas partes. Disney adquiría un porcentaje de una compañía muy prometedora antes de su salida a Bolsa y la posibilidad de explotar sus personajes con IA generativa de forma controlada. Y OpenAI, además de una fuerte inyección de capital, solventaba los problemas derivados de la violación del copyright.
La asociación ha terminado antes de empezar. ¿El motivo? El cierre de Sora. El motivo no es técnico sino económico. La compañía tiene la intención de salir a Bolsa a finales de este año y sabe que necesita tener un balance de resultados impecable. Y ahí es donde Sora resultaba un problema. A pesar del éxito inicial, estaba consumiendo mucho capital y su viabilidad económica resultaba incierta, lo que la había convertido en un lastre para la compañía. OpenAI ha querido maximizar su valoración enfocándose en los modelos de lenguaje como ChatGPT, que ya son muy rentables, y dejar iniciativas como Sora para más adelante.
Disney no tardó nada en aprovechar la coyuntura para echarse atrás del acuerdo con OpenAI. La decisión coincidió con la llegada de un nuevo CEO a Disney. Josh D’Amaro tomó las riendas de la compañía en sustitución de Bob Iger, el artífice de operaciones como la compra de Marvel, Lucasfilm o Pixar y, también, quien había cerrado el acuerdo con OpenAI. D’Amaro ha demostrado ser bastante más conservador que su predecesor. El ejecutivo cuenta con una larga trayectoria al frente de la división de Parques y Experiencias, una división para la que el control absoluto de las propiedades intelectuales es vital porque de ello dependen sus beneficios. Para alguien formado en esta cultura, la desintermediación de Sora 2 era complicada de entender. La idea de que un usuario pudiera generar un vídeo vertical donde, por ejemplo, Iron Man y Elsa bailaban juntos y que luego se pudiese compartir con otros usuarios en Disney+ no se vio como una nueva línea de negocio sino como una erosión peligrosa de la marca.
Con su retirada Disney, además, se ha reconciliado con el sector creativo, que había reaccionado bastante mal al acuerdo. Esto había aumentado la preocupación dentro de la compañía de que este tipo de acuerdos ahuyentara al talento de primer nivel. ¿Y si directores y productores decidiesen no querer trabajar con el estudio como forma de evitar que sus personajes apareciesen en vídeos verticales creados por los usuarios y distribuidos dentro de Disney+?
La decisión de Disney, en última instancia, lanza un mensaje inequívoco a los inversores. Es el triunfo de la vieja guardia de Hollywood sobre los unicornios digitales de Silicon Valley. La propiedad intelectual es el activo más valioso de un estudio y cualquier promesa tecnológica que suponga ceder cuotas de control sobre la misma es muy arriesgada. Y con las franquicias generando beneficios tiene escaso sentido hacer experimentos. En otras palabras, si no está roto, no lo arregles.
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