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Ciberinfierno

Ciberinfierno / La Provincia
La investigación de CNN no arranca con una gran exclusiva ni con una operación policial de esas que luego tienen nombre en clave. Empieza de una forma bastante más prosaica: pinchando enlaces. Un enlace lleva a otro, ese a un canal, ese a otro canal, y así hasta que lo que parecía una curiosidad más de Internet acaba teniendo forma de red. Una red que opera principalmente en Telegram. Hasta sesenta y dos millones de hombres llegaron a visitar uno de esos canales. Sesenta y dos millones. Son muchas personas, ¿no? Son muchísimas. Los periodistas que trabajan en la investigación visitan los canales, se quedan y observan durante meses. Lo que encuentran no es un grupo marginal de locos en un foro perdido sino una constelación de canales con decenas de miles -y en algunos casos, millones- de usuarios. Algunos de esos canales están abiertos, otros son de acceso restringido. Unos funcionan como escaparate, otros como mercadillo, y otros, directamente, como una especie de manual colectivo para violadores en tiempo real. Ese es el tono: conciso, práctico, diligente. Hombres preguntando qué sustancia funciona mejor, qué dosis administrar, cuánto tarda en hacer efecto -todos con el mismo objetivo: drogar a sus parejas para poder violarlas sin resistencia-, cómo grabar sin que se note, cómo y dónde colocar el móvil y cómo evitarse problemas después. Y hombres resolviendo las dudas de los demás, sin mucha retórica.
En paralelo están las retransmisiones en directo con usuarios que pagan por ver, por participar y por sugerir a otros qué hacerles a sus parejas inconscientes. Toda una comunidad de criminales dedicada a un único objetivo. Si esto les trae recuerdos de algo similar es porque ya lo hemos visto antes. El documental Ciberinfierno: La investigación que destapó el horror (2022) enseñaba hace unos años un entramado muy parecido en Corea del Sur: salas de chat donde se extorsionaba a mujeres jóvenes para producir contenido sexual que luego se distribuía y monetizaba entre miles de usuarios. Las plataformas cambian, así como también cambian los nombres de los culpables y los idiomas, pero las estructuras se repiten cada vez. Organización, anonimato, violencia y dinero. Las plataformas hacían la vista gorda, los grupos se organizaban con jerarquías internas, y el dinero circulaba con una normalidad perturbadora. A partir de ahí, la investigación de CNN hace lo que se supone que ha de hacer: tira del hilo. Conecta canales, identifica patrones, entrevista a expertos y cruza información. El acceso al grupo, por lo que describe la investigación, no resulta complicado. A veces basta con pagar. Otras, con aportar material. Nadie escribe «me apetece a abusar a mi pareja, denme consejos», sino que se habla de si esta «se enterará», de si «dormida es mejor». De si «luego no recuerda nada». Ajustes del lenguaje que convierten algo muy claro en otra cosa casi banal. Ese eufemismo no es torpeza: es una tecnología. Convierte el crimen en gestión, desresponsabiliza a quien pregunta y hace que todo suene a problema logístico. ¿Cómo es posible que todo esto esté ahí funcionando con esta normalidad?
Porque llevamos décadas mirando en la dirección equivocada. Así, se resquebraja la idea de que el peligro está fuera. En el desconocido en el que no hay que confiar, en el sitio al que no se debe ir. Durante años se ha repetido a las mujeres que desconfiemos de los extraños, que no perdamos de vista nuestras copas, que no volvamos solas y perjudicadas a casa. Toda la maquinaria de la pedagogía del peligro orientada hacia fuera sobre nuestros hombros: si no sigues las reglas, te pasará algo malo y será tu culpa. Y, sin embargo, resulta que no hace falta salir de casa. Que el escenario de la pesadilla es, precisamente, el lugar donde más segura se siente una persona: su propio hogar. La casa, la pareja, la vida cotidiana. Nada extraordinario. La persona con la que se convive, con la que se comparte la vida y la cama, puede estar preguntando en un canal de Telegram qué sustancia usar para drogar a su pareja, cómo hacerlo sin que lo note y cómo grabarlo después. Y al otro lado del teléfono habrá alguien dispuesto a explicárselo.
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