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Opinión | La Calle Nueva

Domingo, José Domingo y la alegría

Pérez Minik retratado por Pedro González. |

Pérez Minik retratado por Pedro González. | / LA PROVINCIA/DLP

Hubo otros, en mi familia y fuera de ella, pero entre las buenas personas que conocí en mi vida, y que me enseñaron a vivir, el más sobresaliente, quien jamás me enseñó mezquindad o rabia mal llevada fue don Domingo Pérez Minik. Siempre lo traté de don, y así lo trató mi madre, por ejemplo. A veces se llamaban entre ellos para comentar cosas del chico, y muchas veces sentí que la generosidad de los dos formaba parte de los regalos que me dio la vida. Hasta hoy.

Don Domingo no exigía tratamiento alguno, era un demócrata en todos los sentidos: nunca hablaba por encima de lo que estuviera escuchando, y te miraba como si acabara de llegar a una fiesta de la palabra que dijeran otros. Era un hombre educado, jamás lo vi ensañarse con nadie, aunque muchas veces se le notaba, cuando ya era muy mayor, la rabia que circulaba por sus ojos cuando alrededor había pedantes o sabiondos. Pero era muy difícil sacarle de esos ojos (bellos, casi azules) un descuido que nos llevara a pensar que ya estaba harto, por ejemplo, de nosotros.

He contado quizá veinte mil veces cómo lo conocí. Para no olvidarlo nunca, declaro ahora que, desde el primer instante, cuando nos conocimos en la Librería La Prensa, que perteneció a parientes de los hermanos Martín y Carmelo Rivero, don Domingo multiplicó a todos sus amigos como si él fuera el anfitrión mayor de la vida y de sus alrededores.

Un hombre emocionante que emocionaba. Cuando murió Rosita y yo lo supe le llamé desde una cabina de la Redacción de El País… No pasaron diez segundos hasta que aquel hombre, que ya estaba diciéndole también adiós a todo esto, comenzó a llorar como si estuviera abrazando aquel dolor que ya fue una huella para siempre.

Cuando ya habían pasado algunos años de su muerte un grupo de amigos muy queridos (de él, de Rosita Camacho, su mujer) escribimos en el frontis de aquella casa (la calle se llamó General Goded, ya se llama Domingo Pérez Minik) una inscripción que hiciera inolvidable su presencia en esa parte de Santa Cruz en la que él vivía como si ese lugar fuera la cuna del mundo. Desde allí él iba al Estanco Conchita a comprar Le Monde, su máxima pasión entre los medios, y a hacerse con El Día y La Tarde, ámbito y pasión de su vida de canario. Era un hombre maravilloso, y es difícil hablar, desde entonces, de alguien que también sea su parangón o su próximo.

En aquel entonces, cuando don Domingo tenía ya el otro lado del mundo como el lugar del futuro, le hicimos Carlos A. Schwartz y yo mismo un libro que titulamos con un leit motiv que era del propio maestro. Él solía decir que su vida, desde aquella guerra civil que rompió el futuro de España y convirtió Canarias, por ejemplo, en un reguero de sangre y de lágrimas, lo había dejado «al rojo vivo».

Él era un socialista, un buen socialista, jamás abjuró de esa pasión civil; sufrió la cárcel, y jamás, ni con los mayores enemigos, fue ruin o esquivo, sino educado o distante, pero jamás rencoroso. El rencor nunca formó parte de su modo de ser ni de estar. Es muy importante recordar esto, porque fue un legado que él nos dio sin aspavientos. Era un maestro que, además, parecía un maestro de escuela tratando de saber a la vez que enseñaba.

Ahora le he propuesto a Carlos A. Schwartz volver a aquel libro que hicimos juntos y frente al mar. Fue un momento feliz de nuestras vidas, un aprendizaje que don Domingo nos regaló como si él fuera un profesor extranjero de habla española que estuviera de paso por la isla, contándonos cómo le había ido en la vida.

En aquella ocasión el libro lo acogió una gran amiga que ya se llevó el tiempo, Olga Álvarez. Su editorial se llamaba Tauro y su manera de imponerse como una de las mejores editoras de su tiempo era el de regalar calidez, alegría. Su memoria era siempre para sus parientes (su padre, don Luis Álvarez Cruz, su tío Alberto de Armas…). Mandó a hacer el libro como si estuviera generando una obra de arte: desde la portada, donde aparece Don Domingo con su bigote y con sus ojos atentos, escuchando, y el título con el que recordamos también su modo de estar en aquella vida que durante mucho tiempo sería también de posguerra: Un gallo al rojo vivo. En busca de Domingo Pérez Minik.

La gratitud que le debemos tantos, los que lo conocimos durante años, los que lo conocieron más cerca, como el impar Alejandro Kravietz, es consecuencia de su magisterio bondadoso, al rojo vivo y bondadoso a la vez, alguien que te esperaba en casa, o en la calle, o en los bares, o en los viajes, como si fuera el muchacho que, antes de la guerra civil, sintió que la vida iba a ser siempre republicana y culta, y justa, feliz y duradera.

Ojalá ese pasado sea ahora, en el conocimiento, y en el reconocimiento, un recuerdo que nos ponga a pensar en la buena gente, en la gente excepcional, que hemos conocido, fuera y dentro de nuestra tierra.

Es curioso (don Domingo, por cierto, decía mucho qué curioso) que toda esta retahíla que les he estado contando ahora, incluyendo la posibilidad de rescatar el proyecto de volver a publicar Un gallo al rojo vivo, coincidiera con la futura aparición de un libro bellísimo, bien trabajado, feliz, de un heredero civil de la pasión de Pérez Minik por subrayar lo que valía la pena.

Este apasionado de saber es el joven arquitecto José Manuel Rodríguez Peña, que ha recogido minuciosamente la correspondencia de don Domingo con José Domingo, escritor, crítico literario (como Pérez Minik) de Ínsula, que vivió en Tenerife, pasó toda su vida restante en Barcelona y se escribía con el maestro, siendo él también un maestro, como muchachos que entonces se interesaban por lo que pasaba en la literatura de todas partes.

La generosidad con la que ambos trataron la escritura de los viejos de aquel tiempo y de los jóvenes que estaban viviendo es ahora una suculenta oportunidad de convocar a la cultura que sigue entre nosotros a regresar a nombres propios, y ajenos, de los que no debemos desprendernos.

Es emocionante encontrar que jamás se extingue lo bueno que hemos tenido.

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