Opinión
El temor de morir

Juan-Manuel García Ramos. / LP/DLP
Todos tenemos miedo a morir. Puede que ahora, conscientemente, afirmemos que no. Pero a lo largo de nuestra vida hubo momentos en los que ese temor se hizo patente. Otra cosa es que sirviera para activar el instinto de supervivencia y que ahora, pasados el peligro, fuese real o no, y la angustia, neguemos la existencia de dicho temor. Sobre este asunto trata El temor de morir del catedrático Juan Manuel García Ramos. Con nítida y eficaz prosa, a lo que nos tiene acostumbrados, va desgranando sus reflexiones y los hechos que apoyan o desencadenan esas reflexiones sobre la muerte y el posible más allá. El interés para mí no radica en la discusión sobre ese posible más allá y las llamadas ECM, experiencias cercanas a la muerte, sino en las reflexiones del autor y las que cualquier lector se hace a partir de su lectura.
García Ramos nos habla del programa ECM, de autores como Sans Segarra, cirujano, y Cristina Lázaro, psicóloga y antropóloga, que defienden la existencia de un más allá, entrevisto por pacientes a los que en algún momento se les dio por clínicamente muertos. «Las de Sans Segarra para convencernos de la veracidad de sus descubrimientos son quizás demasiado ambiciosas, pero el doctor barcelonés no parte de prácticas hechiceras, sino de observaciones hospitalarias. Y el lenguaje que usa es convincente y no merece el desprecio que algunos le aplican».
Después de esta defensa nuestro autor puntualiza: «Sans Segarra se instala, se columpia, bien es verdad, entre la física y la metafísica, y esa aventura es siempre peligrosa y tal vez engañosa» Llevado por su honestidad intelectual, no esconde: «(…) las teorías de Sans Segarra, expuestas en conferencias y libros (…), han sido generalmente refutadas por la comunidad científica académica, y consideradas como ejercicios de metafísica y espiritualidad gaseosa». Más adelante afirma: «lo que si vemos claro es que el doctor Sans Segarra se acerca con sus apreciaciones de la muerte a muchos esfuerzos seculares por pensarnos más allá de nuestro ocaso definitivo».

Portada de El Temor de Morir / La Provincia
García Ramos nos está hablando de la supra conciencia, de: «lo que el budismo denomina pasar durante la muerte nuestra corriente de la conciencia, una vez separada del cuerpo, a otros estados (…), una suerte de dimensión astral, la antesala de una sensación excepcional, proceso descrito con precisión (…) en El libro tibetano de la vida y la muerte del maestro y escritor Sogyal Rimponché».
Esta mención a Sogyal Rimponché es el único desliz en la erudita exposición del autor. El primero de abril de 2018, el Comité Internacional de Ética Budista junto con el Tribunal Budista de Derechos Humanos, juzgaron y condenaron a la secta RIGPA y a Sogyal Rimponché, su fundador por torturas, esclavitud, fraude, crimen organizado, violación de los derechos de la mujer y violación del derecho budista, declarando a Sogyal Rimponché, su fundador, un falso maestro budista.
Por supuesto que esta condena afecta sobre todo a Rimponché. No sé si su libro, que no he leído, también ha sido condenado por las autoridades budistas citadas. Pero siendo la organización budista una especie de teocracia, así controlaban su territorio del Tíbet hasta la intervención china, y habiendo sufrido nosotros los dictados de la teocracia que es la Iglesia Católica, esa que condenó a Galileo y bendijo a Franco, no sé muy bien con qué carta quedarme. Si la condena hubiese sido por el libro y las teorías en él expuestas daría el beneficio de la duda a Sogyal; pero lo de las torturas, el fraude, etc. son lo suficiente contundentes para desconfiar de cualquier cosa que venga de semejante individuo.
Sin embargo, no deja de ser anecdótico el asunto. Lo importante no es que se le cite, sino el desarrollo del discurso bien trabado y bellamente escrito del autor. García Ramos sigue atrapándonos con el lenguaje, ya lo haga en este ensayo o alguna de sus novelas como El inglés, Malaquita, El guanche en Venecia y tantas otras. El temor de morir tiene un rumbo fijo: sembrar la duda sobre la finiquitud de nuestro ser y abrir la posibilidad de un más allá, astral o con otro nombre y definición, en el que continuamos siendo. Tomen ustedes el ejemplo de la magnífica descripción del Réquiem de Tomás Luis de la Victoria y la vinculación de ese género musical con otras religiones y sus honras fúnebres: (…) los mantras del hinduismo (…), Hare Crishna (…) El sonido, el canto y el rezo como medicinas que armonizan nuestro estado de ánimo y reducen nuestro dolor ante acontecimientos que nos hacen sufrir y aumentan nuestra ansiedad ante los desconocidos. Instrumentos todos usados por las religiones más dispares para amortiguar situaciones dramáticas. Estas similitudes entre religiones distintas y alejadas unas de otras, ya fueron descritas por Max Weber en sus Ensayos sobre la sociología de la religión, donde comparaba la ética protestante con la ética del confucianismo; y vienen a reforzar la tesis del malogrado Christopher Caudwell en su El soplo del descontento: ensayo sobre la religión burguesa, de que el plural de las religiones se sustenta en un singular: la idea de la religión como necesaria al hombre para entender el mundo, lo desconocido e intentar controlar sus males. De ahí los ritos y las misas para pedir perdón, el triunfo de las armas, la buena cosecha, etc. Uno de esos temores, quizás el más importante, es precisamente el de morir: ¿pervivirá nuestro recuerdo? El mismo García Ramos nos dice que funerales y demás ritos tiene como objetivo prolongar la memoria del difunto. Caudwell murió en el Frente de Madrid, defendiendo la República española de los mercenarios moros del general Franco.
Fue Saramago quién dijo que vivimos mientras nos recuerdan. Siempre que quede alguien que nos recuerde, vivimos. Los escritores siguen viviendo mientras alguien los lea. Homero o Jane Austen viven entre nosotros porque alguien los lee. Quizás la lectura sea un homenaje a los muertos que escribieron, a los personajes que describieron, la fantasía e imaginación de la que hicieron gala. Una búsqueda de la inmortalidad del autor. Quizás por eso el temor a morir en los grandes, Saramago por ejemplo, es menor, o está controlado.
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