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Opinión | Observatorio

Ana María Díaz Santana

Primer aniversario del adiós a Francisco, «brújula ética» de la humanidad

Misa luto papa Francisco

Misa luto papa Francisco

Abril entrelaza la memoria de dos figuras que transformaron la Iglesia contemporánea. Con exactamente veinte años de diferencia, el mundo despidió a los papas Juan Pablo II y Francisco; de este último, conmemoramos el 21 de abril un año de su partida. Aunque compartieron fundamentos como la justicia social y la defensa de los derechos humanos, -además de una conexión especial con la juventud-, fue con Francisco con quien estos temas adquirieron un matiz de urgencia y cercanía sin precedentes.

No se puede comprender el impulso renovador de Francisco sin analizar primero la base sólida que permitió su labor. De Juan Pablo II heredó esa energía revitalizadora con la que proyectó una imagen accesible y moderna de la Iglesia. De Benedicto XVI, la profundidad teológica y la valentía de una renuncia histórica que priorizó el bien de la Iglesia. Benedicto, el gran teólogo que dialogó entre la fe y la razón, convivió con su sucesor como papa emérito, dejando un testigo que Francisco recogería para llevarlo a las periferias del mundo.

Como primer pontífice jesuita y latinoamericano, Francisco llegó al Vaticano con un ímpetu renovador que recordaba al de Juan XXIII. No solo rompió el silencio frente a los escándalos de pederastia —exigiendo tolerancia cero y actualizando el Código Penal de la Iglesia—, sino que se convirtió en la «brújula ética de la humanidad».

Ese ímpetu renovador y ético pronto se tradujo en acciones pastorales concretas y su magisterio no se limitó a los despachos. Fue así como instituyó la Jornada Mundial de los Pobres, y la convirtió en una fecha señalada donde no solo se reflexionaba y oraba por los más necesitados, sino que se invitaba a los creyentes y personas de buena voluntad a sentarse a la mesa con los marginados para compartir el almuerzo. Asimismo, con su encíclica Laudato Si’, nos enseñó a amar nuestra «casa común».

El compromiso de Francisco con la vulnerabilidad tuvo su punto álgido en la crisis migratoria, y su trayectoria quedó marcada por el dolor que este fenómeno le causó. La denuncia de la «globalización de la indiferencia» y dos momentos definieron su pontificado: Lampedusa (2013), su primer viaje como Obispo de Roma, donde la Cruz de madera de barcazas naufragadas se convirtió en símbolo universal de su mensaje. Y Lesbos (2016), un gesto que asombró al mundo al regresar al Vaticano acompañado por 12 refugiados sirios musulmanes, demostrando así que los límites geográficos deben convertirse en espacios de encuentro y no en barreras de exclusión.

La sintonía con Canarias

Esta sensibilidad con el drama migratorio mantuvo a las Islas Canarias siempre en su corazón. Pese a su frágil salud, su interés por visitar el archipiélago ante los miles de humanos que cruzaban el Atlántico en condiciones infrahumanas, fue constante. Así lo manifestó en varias ocasiones a los obispos de las dos diócesis de este archipiélago canario y al presidente del Gobierno de Canarias. Una cercanía con esta tierra que también demostró con muestras de complicidad, como cuando envió una carta manuscrita a Juana Casanova, catequista de Lanzarote, pidiéndole con humor que «no se jubilara» a sus 96 años.

Hoy, un año después de su partida terrenal, ese deseo de conocer in situ la realidad canaria se materializa. La inminente visita del Papa León XIV a las islas no es solo un hito histórico, sino el cumplimiento de la promesa de Francisco: dar voz a los migrantes.

Francisco nos deja una Iglesia en proceso de escucha gracias al Sínodo de la Sinodalidad. Y su apuesta por revalorizar el papel de la mujer, integrándolas en cargos de alta responsabilidad en el Vaticano, marcó pasos cortos pero seguros hacia una institución más inclusiva. Fue, en definitiva, un pedagogo del Evangelio que mostró al hombre de hoy que la Iglesia forma parte del engranaje que mueve la realidad del mundo, con sus luces y sus sombras.

La trayectoria profesional que recorrí en el ámbito de la comunicación y la información de la Diócesis de Canarias —extensa e intensa— me permitió vivir el proceso de transformación que tres pontificados aportaron a la comunicación.

El de Juan Pablo II, «el papa viajero», cuya habilidad comunicativa y carisma mostraron el rostro más humano del Vaticano. Fue el Papa que ofreció a través de su propia imagen el «parte médico» de su enfermedad; el que nos indujo a transmitir la necesidad de entablar un diálogo con el mundo desde una Iglesia que entornaba sus puertas y ventanas para dejar pasar la luz.

La valentía de Benedicto XVI, con esfuerzos significativos y pioneros para modernizar la relación de la Iglesia con los medios. Se convirtió en el primer Papa de la historia en tener una cuenta de Twitter en diciembre de 2012. Aquel primer día no solo saludó, sino que respondió a quince preguntas de usuarios reales —a pesar de su talante reservado—, inaugurando un formato de diálogo digital inédito. Fue el Papa que nos conmovió con la humildad de hacerse a un lado y renunciar por el bien de la Iglesia.

Y, por último, el rumbo reformador de Francisco, quien sacudió la capacidad de asombro de aquellos que encontraron en él al entrevistado accesible, de lenguaje sencillo y cercano, que utilizaba como herramientas: la naturalidad y el convencimiento de la fe. Su capacidad comunicativa y el uso renovador del lenguaje se integraron en la dinámica del periodismo profesional. Con él comprendimos la «cultura del encuentro» y que la comunicación es un acto de amor que permite interactuar en un mundo que avanza, especialmente hacia esas «periferias digitales» que a menudo difunden contenido sin control.

Francisco fue el primero en abrir una cuenta en Instagram; denunció con ahínco las noticias falsas (fake news) y pidió a los periodistas evitar los «cuatro pecados de la comunicación»: la desinformación, la calumnia, la difamación y la coprofilia (el interés por el escándalo). Su apuesta por la transparencia y la denuncia profética ha impregnado cada rincón de la Iglesia, dejando una huella imborrable en quienes nos hemos dedicado a esta difícil pero noble tarea de comunicar e informar.

Al cumplirse este primer aniversario de su partida, el vacío de su presencia física se llena con la vigencia de su magisterio. Francisco no solo reformó estructuras, sino que sacudió conciencias, recordándonos que el centro de la fe está en el encuentro con el otro. Hoy, esa semilla de fraternidad universal florece en nuestra tierra con la llegada de León XIV; una visita que sella el compromiso de la Iglesia con la dignidad humana en el Atlántico. Nos queda su ejemplo de valentía y esa alegría evangélica que, incluso en la fragilidad, permaneció intacta, trazando el camino que ahora recorre su sucesor en su encuentro con nuestra realidad insular.

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