Opinión | Lágrimas en la lluvia
Esperpentos
Esa forma hoy de hacer periodismo, de debatir en una tertulia o de dar su opinión en un artículo ha sido sustituida por nuevos formatos comunicativos, llevando aparejados en algunos casos un desdén por la verdad, una impudicia ante los hechos o la ética, un «bufandismo» político mal traído de pseudo debates futboleros, y una violencia instrumental de la que nadie es responsable

Sarah Santaolalla
Haciendo memoria, en varios de estos artículos durante el último año han aparecido periodistas, reporteros, escritores o críticos de columna propia de la talla de Woodward y Bernstein, Conkrite, Vargas Llosa, Gervasio Sánchez, los dos Reverte, Boyero, Cercas, Padura, Lehane, Guerriero, Gabilondo,… Incluso me di el gusto de homenajear a los personajes de Linda Hunt y Mel Gibson en la maravillosa epopeya El año que vivimos peligrosamente. Todos ellos compartían talento al teclear máquinas de escribir o portátiles, ojo crítico detrás del visor, independencia para pensar, pluralidad de ideas, e incluso cierto idealismo en pensar que desde un periódico, una radio, una tele o una novela podía contarse algo terrible o hermoso, nimio o trascendental, jugando con las formas para que quien lo recibiera tuviera unas mínimas claves con las que pensar por sí mismo y ser parte del mundo. O eso o simplemente dar su opinión sin esperar que quien la leyera estuviera de acuerdo. Muchos se la jugaron por la verdad, ya fuera metiendo la cabeza en un escándalo de corrupción, una trinchera, las fauces de alguna cloaca de regímenes poco abiertos o las vergüenzas de algún tirano de aquí y de allá.
Esa forma hoy de hacer periodismo, de debatir en una tertulia o de dar su opinión en un artículo ha sido sustituida por nuevos formatos comunicativos, llevando aparejados en algunos casos un desdén por la verdad, una impudicia ante los hechos o la ética, un «bufandismo» político mal traído de pseudo debates futboleros, y una violencia instrumental de la que nadie es responsable. Al periodismo deportivo ya le ocurrió hace años una mimetización silenciosa con la prensa rosa más chabacana. Ahora es la prensa en general la que lucha por no verse engullida por ese guión. Una traslación de ese pozo de odio que mana en las redes sociales, vomitando sin pensar contra todo aquel a quien se ve como enemigo o simplemente diferente. El jarabe «democrático» que algún «visionario» prescribía para terminar luego sufriendo junto a su familia exactamente ese mismo acoso diario, inmoral y repugnante.
Los jóvenes de hoy pueden aprender que el oficio de periodista consiste en ser una especie de matón de instituto o defensa marrullero, acosador de micrófono en la frente y preguntas gritadas, las cuales solo aceptan una respuesta (como si de todas formas estas no importaran un pimiento). En las redes, la calle, las tertulias o hasta en un medio público se puede acosar a una mujer sobre todo por serlo, insinuar la homosexualidad de alguien como si eso fuera algo cuestionable, «todologizar» confundiendo archipiélagos de océanos diferentes, señalar los domicilios privados de tus rivales como si fueras de las SS durante un pogromo, olvidar cualquier adjetivo poético y cambiarlos todos por insultos a mansalva.
Si esto sigue igual se nos va a quedar un país donde para ser político (o periodista) habrá que carecer de escrúpulos, no tener donde caerse muerto, poseer demasiado estómago o todo a la vez. Uno de los pilares de la democracia huérfano de límites morales que se deshace entre esperpentos.
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