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Opinión | A pie de página

Bartolomé Domínguez del Río Boada

El capricho del lápiz

sede de la Real Económica de Amigos del País de Gran Canaria

sede de la Real Económica de Amigos del País de Gran Canaria / LP / DLP

En la biblioteca de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria encontré, entre sus fondos donados, un librito de química general editado en 1891 por la Academia del Ejército y escrito por el catedrático Fatigati. Nada extraordinario, en apariencia. Hasta que lo abrí.

En su primera página, con la caligrafía cuidada de quien sabe que el cuaderno puede ser revisado, figura el nombre del cadete que fue su propietario: Jesús Ferrer Gimeno. Y entre sus páginas, donde la química manda y las fórmulas deberían reinar, aparecen dibujos a lápiz. Bocetos, figuras y caprichos gráficos que el joven Ferrer trazó, con toda probabilidad, mientras fingía atender. Son entretenimientos de estudiante, sí, pero de una calidad que desconcierta y maravilla.

Jesús Ferrer Gimeno nació en Valencia en 1872 y alcanzó el grado de coronel de Caballería. Su carrera militar fue larga y su vínculo con Las Palmas, duradero: Francisco Franco lo nombró gobernador civil de la ciudad el mismo día del golpe de julio de 1936, y más tarde fue alcalde de Las Palmas de Gran Canaria en 1942, durante un año. Se casó y residió en esta ciudad hasta su muerte. Un hombre de orden, de uniforme e institución. No es exactamente el perfil que uno asociaría con las ilustraciones furtivas entre fórmulas de química.

Mientras admiro este descubrimiento, acude a mi memoria una casualidad reciente. En septiembre de 2024, el callejero de Las Palmas de Gran Canaria sustituyó el nombre de Jesús Ferrer Gimeno —en cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática— por el de María Araujo, figurinista nacida en La Aldea de San Nicolás en 1950 y fallecida en Barcelona en marzo de 2020, víctima del covid. Araujo fue una de las grandes diseñadoras de vestuario en la escena española: tres premios Max, reconocimientos reiterados de la crítica barcelonesa y un legado de más de mil cien figurines conservados en el Centro de Documentación y Museo de las Artes Escénicas dan la medida exacta de la maestría de su obra. Ser figurinista exige dominar el dibujo y la anatomía con una precisión que no admite improvisación. María Araujo lo hizo durante toda su carrera profesional y su trazo era su firma.

Y ahí está el lápiz, haciendo de las suyas. El mismo instrumento que el alumno Ferrer usó para sus escapadas gráficas entre apuntes de química es el que María Araujo empuñó durante décadas para dar vida a personajes de teatro, cine y televisión. El grafito como hilo invisible entre un militar del siglo XIX y una artista del XX, entre el entretenimiento clandestino y la vocación consumada, entre dos vidas que nunca se cruzaron pero que la historia, con su sentido del humor particular, ha terminado por unir.

Solo podía ocurrir aquí. En una institución que lleva siglos custodiando la cultura, y donde los hallazgos de este calibre son posibles, la RSEAPGC vuelve a demostrar que sus fondos guardan más de lo que revelan a simple vista. A veces, incluso, conservan la clave de una coincidencia que ningún callejero hubiera podido sospechar.

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