Opinión | Observatorio
Ana María Díaz Santana
Dime qué libros guardas y te diré quién eres

Ejemplares de libros en una biblioteca. / LP/DLP
En lo que me fijo cuando llego por primera vez a una casa es en las estanterías: cuántos libros hay y su temática. Ellos ofrecen una referencia clara de la persona a la que visito. No es un indicativo infalible, por supuesto; hay quienes los usan como objeto decorativo y ponen toda su atención en que la encuadernación esté acorde con el tapizado de los sillones. Pero son los menos.
En casa, cuando me toca bajarlos de sus estantes para limpiar el polvo a fondo, los libros evocan mi historia. Desde la más lejana, como aquellos años de niñez y juventud donde priman los cuentos infantiles, los de aventuras y los románticos —preferidos en la adolescencia—, pasando por los de corte “marxista” y de la “Nueva Era” (manifestación de la contracultura hippie de los años 60), hasta la más reciente de la adultez: literatura latinoamericana, premios Nobel y Planeta, y ensayos: de teología, historia y sobre todo de contenido relativo a la idiosincrasia canaria.
Las temáticas han sido, más o menos, siempre las mismas; pero las circunstancias de la vida me han obligado, como a muchos, a hacer más de una vez una selección de los que considero más importantes. Ya sea por motivos de espacio, mudanzas o por un filtro intelectual; es decir, permanecen aquellos que ahora, con más criterio, entiendo que me han definido y continúan haciéndolo.
Esos libros, los que se quedan, son la esencia de lo que somos, pensamos y creemos; ofrecen un perfil auténtico de nuestra vida.
Los libros son esos interlocutores que nos acompañan a lo largo de la existencia. Hay algunos que se convierten en amigos y están siempre con nosotros: los cuidamos, evitamos prestarlos —porque hay quien piensa que "un libro nunca se devuelve"— y, sobre todo, los releemos, porque cada vez que lo hacemos nos hablan de forma diferente. Generan un efecto de feedback (o retroalimentación), porque no son un objeto estático, sino el espejo que te devuelve una imagen de ti mismo en cada etapa de la trayectoria vital.
Te recuerdan quién eras cuando los leíste por primera vez y te hacen revisar el "después", permitiéndote valorar tus cambios y el crecimiento personal que has desarrollado desde aquel momento. El libro apela al estado emocional que estás viviendo y logra que interpretes su mensaje de manera distinta, adecuada a la intensidad de los sentimientos que te embargan ahora. Por eso, cuando un ejemplar se salva de ser retirado de la estantería y permanece en ella, acaba diciéndome en silencio: "Esta eres tú".
El libro es, además, el medio que proporciona un espacio de evasión y desconexión dentro de un mundo ruidoso y desordenado; exige nuestra complicidad activa para inventar rostros, decorados, gestos y situaciones que van más allá de lo escrito, generando una actividad dinámica que implica e invita a soñar.
La lectura nos disfraza y nos desplaza. Gracias a ella, calzamos otros zapatos y vestimos otros ropajes que nos invitan a sentir y empatizar con las bondades y maldades ajenas, así como con los errores y aciertos de la historia. Nos conduce a lugares a los que nunca fuimos ni iremos, pero que existen y existieron, permitiéndonos asumir valores de otros siglos que, afortunadamente, perdimos y otros que, desgraciadamente, ya no conservamos.
Ese libro que descansa en la repisa y que perteneció a algún antepasado es un enlace intergeneracional. Algunos ejemplares, con anotaciones en los márgenes, sirven de puente entre pensamientos que anidaron en nuestro entorno: un estilo de contemplar el mundo, de analizar los acontecimientos y de vivir los días en los que nos ha situado el destino, recordándonos de dónde venimos y cuestionándonos hacia dónde vamos.
Frente a un mundo digital donde el "usar y tirar" parece marcar el ritmo, el libro de papel nos desafía con su capacidad de resistencia, dándonos la opción personal de darle vida y permitir que continúe existiendo, creando lazos con el ayer y el mañana. Y, como elemento esencial: gracias a ellos mejoramos la capacidad de análisis crítico, la ortografía y la estructura del pensamiento, herramientas fundamentales para ejercer con coherencia la libertad.
Nuestras estanterías son el mapa de nuestra propia existencia. Los libros que permanecen con nosotros se convierten en algo más que objetos: son el testimonio silencioso de quiénes fuimos, el norte de quiénes somos y el faro de quienes aspiramos a ser. Guardarlos es, en esencia, proteger nuestra historia.
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