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Opinión | Punto de vista

Marcelino Betancor

América para los americanos

Arturo Pérez-Reverte, ante la fuente de los surfistas de A Coruña.

Arturo Pérez-Reverte, ante la fuente de los surfistas de A Coruña. / CARLOS PARDELLAS

Europa presume de grandes escritores, y –a mi parecer– dos de ellos destacan por su capacidad para retratar a sus compatriotas de manera tan original como incisiva. Hablo de Arturo Pérez Reverte, que arroja la palabra viva como si fueran dardos certeros de entretenimiento, y de Juan Manuel de Prada, amante de la paz, del pensamiento razonado y de esa sutil metafísica que analiza la decadencia humana en tiempos de posmodernidad. Una decadencia que, a mi juicio, se hace evidente en la falta de lucidez mental que hoy nos rodea.

En Canarias contamos con una figura que, desde otra perspectiva, cumple un papel similar: Ankor Jorge Dorta. Su manera de interpretar las respuestas de nuestro pueblo ante cuestiones de interés general –sumada a su formación como economista– lo lleva a examinar, con agudeza poco común, la influencia del modelo educativo por el que transita cada individuo. Es la eterna pregunta de todo buen enseñante: ¿cómo te explicaron la evolución del ser?

Recuerdo un ejemplo de hace algún tiempo, en una de nuestras caletas de la isla redonda. Un grupo de personas observaba cómo un hombre, con notable astucia, lograba que un perro se sumergiera a poca profundidad para recuperar los objetos que él lanzaba al agua. «¡Qué perro más inteligente!», exclamó una señora. «Señora –respondí–, no es el perro, es la persona que lo ha amaestrado». De la misma forma, hoy existe mucha gente amaestrada con sutileza, obedeciendo sin rechistar a ese «papá Estado», cumpliendo leyes y órdenes sin el más mínimo ejercicio de razonamiento. Abundan así los aficionados a políticos servidores, movidos por hilos invisibles como en el teatro de Maquiavelo.

En estos tiempos inciertos para el desarrollo humano, los canarios tenemos ante nosotros un rumbo posible, un barco que ya navega y que puede transformar el mundo. La idea no es nueva: fue el presidente estadounidense James Monroe quien, el 2 de diciembre de 1823, formuló la doctrina «América para los americanos». Y es justamente ahora cuando se está materializando. Ese es, a mi entender, el barco que debemos tomar los canarios, porque nuestro corazón –por muchas razones– está en América.

Ya estamos profundamente injertados en ella: en Canelones (Uruguay), en La Matanza (Argentina), con Bolívar en Venezuela, con Martí en Cuba, en Puerto Rico y con los conejeros que poblaron Luisiana, en Estados Unidos. Cualquier lector encontrará miles de referencias que nos unen al continente americano.

Nuestro Archipiélago, situado en pleno Atlántico medio, apenas guarda vínculo con África más allá de un pequeño cementerio en Mauritania. Fuimos los canarios costeros quienes descubrimos el banco pesquero canario- sahariano. Aunque ciertos «progresistas» pretendan vincularnos con África, poco tenemos que destacar salvo la aventura de Antonio Cubillo. Más significativa fue, en cambio, la insistencia británica por establecerse en nuestras islas, atraídos por la forma de ser del guanche.

Querámoslo o no, nuestro corazón es americano: de raíz guanche y alma popular canaria, con un modelo político propio que siempre ha buscado preservar territorio y tribu, únicos en el mundo. Ahora corresponde a los políticos actuar con la misma visión de quienes impulsaron los cabildos insulares o promovieron el liberalismo económico y los puertos francos que Bravo Murillo acabaría firmando; políticas que permitieron comerciar con el mundo e hicieron que solo llegaran a Canarias quienes contaban con contrato de trabajo.

Conviene recordar a la juventud que Agustín de Betancourt y Molina fue un inventor canario de relevancia internacional, con actividad científica entre España, Francia, Inglaterra y Rusia. Y que Blas Cabrera Felipe, amigo e investigador junto a Albert Einstein, dejó un legado científico de enorme valor. Toca, pues, repasar nuestra historia y devolver a la ciencia el lugar que merece.

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