Opinión | El análisis
Atilio González Hernández
Memorias y desmemorias de una guerra

Memorias y desmemorias de una guerra / La Provincia
El artículo Historiography on Spanish Civil War repressions de la Wikipedia en Inglés contiene un estudio muy detallado –y creo que objetivo– de las distintas estimaciones de víctimas de la represión política en España, en el período 1936-1975. Aunque las cifras varían dramáticamente según las simpatías políticas del historiador de turno, parece que las estimaciones más centradas de las realizadas en el presente decenio, postulan para la represión política que llevaron a cabo ambos bandos, un total de 180.000 víctimas. De éstas un 72% (130.000 personas) fueron víctimas relacionadas con el bando republicano (incluyendo los fusilamientos de la dictadura), y un 28% (50.000 personas) fueron víctimas pertenecientes al bando llamado «nacional», asesinadas en el período 1936-1939.
Estas son cifras atroces. Es verdad que si nos guiáramos por los números, como si de una operación contable se tratara, constataríamos que el bando «nacional» mató bastante más que el «republicano». Con menos intensidad, pero tuvo mucho más tiempo para hacerlo metódicamente.
Sí, hay diferencias; pero, ¿hasta qué punto son importantes transcurridos más de 50 años de las últimas ejecuciones? Ambos bandos asesinaron a un gran número de civiles desarmados sin juicio, por simples opiniones o por afinidades políticas o religiosas atribuidas. Ambos quebrantaron la ley y la moral humana. Ambos robaron a muchas de sus víctimas.
Parece que para alguna gente, los muertos cuentan más o menos según haya sido la afiliación de estos. O que los crímenes cometidos por su bando tienen menos importancia, porque «los otros» mataron más que «los suyos». Pero toda vida humana vale lo mismo y cada vida quitada es un crimen, salvo el caso extremo de defensa legítima. Y una diferencia en el número de víctimas no cambia la naturaleza de la condición criminal. Así pues, carecería de sentido decir: «Tú has matado mucho más que yo y por eso eres un criminal, mientras que yo –aunque también haya matado– no lo soy ni lo he sido nunca… sólo un poco caótico».
El 15 de octubre de 1977, las Cortes Generales –elegidas democráticamente en junio del mismo año– aprobaron la Ley de Amnistía, por una amplísima mayoría que incluía al Partido Comunista de España. Esa ley canceló todos los delitos de naturaleza política anteriores a su promulgación. Hizo posible que personas de opiniones y afiliaciones políticas muy diferentes –incluso opuestas– trabajaran codo con codo para elaborar la Constitución que más larga vida ha tenido en la historia de España. Así se realizó la transición de la dictadura a una democracia plena: un milagro que asombró al mundo.
Años después de su publicación, la Ley de Amnistía de 1977 empezó a generar polémica, fundamentalmente porque algunos partidos políticos consideraban que la Ley había amnistiado más delitos de la ideología opuesta, que los delitos cometidos en el pasado por los de su propia cuerda. Aquí se introdujo la aritmética revanchista que yo mencionaba anteriormente; esa contabilidad que resalta los delitos pasados de los rivales políticos y minimiza los propios.
Observo que con los años crece en España una asimetría informativa, en detrimento de la solidaridad y la concordia. Se repiten las noticias sobre la apertura de fosas comunes con víctimas de izquierdas, como justo homenaje que les deben sus descendientes. Pero nunca se mencionan las decenas de miles de víctimas de la violencia cometida en la misma época por militantes de izquierdas. ¿Por qué esa polarización? Se puede contestar que las víctimas de la violencia de las izquierdas ya recibieron el homenaje que les correspondía al término de la Guerra Civil… pero eso ocurrió hace más de 80 años y no se conecta con las noticias actuales que llegan a las nuevas generaciones. Estas necesitan aprender que hubo violencia criminal mutua en el contexto de nuestra guerra civil, y aprender a condenar tal violencia por encima de cualquier pretexto ideológico, como vacuna para evitar su repetición.
La explicación está clara: por encima de todo cimiento ético, se ha impuesto la rentabilidad electoral. Hay quien piensa que le conviene resucitar el mito de las dos Españas para mantenerse en el poder o para acceder a él. En palabras de Machado: «Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón».
Las guerras civiles nunca acaban del todo. Cuando el silencio cubre los campos de batalla y uno de los bandos dice haber derrotado al otro, la triste guerra sigue librando batallas en los corazones de los que sobrevivieron. Y hasta en los de sus hijos y nietos. Es lo que pasa con la Guerra Civil Española cuando nos empeñamos en agitar tumbas para invocar y alimentar odios seculares.
Como dice la máxima popular: «Se puede engañar a todos durante algún tiempo, y a algunos todo el tiempo: pero no a todos todo el tiempo». Hay que mantener la esperanza de un futuro mejor: de paz, perdón y concordia. Digamos con Antonio Machado:
«Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera».
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