Opinión | Risas y fiestas
Cosas que no me convienen

Cosas que no me convienen / La Provincia
1) Meterme el dedo índice dentro del pelo y sacarme mechones de los profundos, de los pegados al cuero cabelludo, solo por sentir cómo se despegan y se estiran al pasar por entre los de fuera, los visibles y bien definidos. Hecho esto siempre fingiendo que estoy distraída pero en realidad preocupada interiormente por algún pensamiento débil y *esfuerzo de escucharlo* que parece imposible, o que sería muy malo, sacar al exterior.
2) Sentarme en el sillón con mi postura inevitable. Toda apoyada en el lado izquierdo, y las piernas subidas y anudadas como alguna pulserita que habré hecho de niña. El año pasado fui a la fisio por primera vez y tuve que confesarle que llevaba diez años con una contractura en el cuello.
3) Revisarme si mi diente de leche, símbolo, se me va a caer. A ver si se me va a caer de movérmelo para ver si se me va a caer. Eso con todo en mi vida.
4) Rejugar tantas veces los videojuegos que más amo. Horrible encontrar, en el fondo de una visita a un lugar que siempre añoras, un regusto como de aburrimiento que, subiendo garganta arriba, te bloquea los dedos. El muñeco parado en medio de una batalla y los malos aprovechando para mandarle todos los bombazos posibles y tú perdiendo. Resáltese el hecho de que, cuando una habla sobre jugar a un videojuego, suele referirse al machango como “yo”, “yo parada en medio de una batalla”, pero esto hace que el lenguaje delate una distancia, perder la sensación de que tú paseas por esos céspedes: cada incursión, una hebra gastada.
5) Quedarme en casa un sábado a rejugar un videojuego erosionado picor lengüil lijante evitando salir a ver las hojas moviéndose evitando salir a hablar de cualquier cosa porque la mirada ajena a veces me *erosiona*.
6) Lavarme las manos tantas veces después de tocar suciedad, delatando que tengo muchísimo miedo de morirme y una necesidad de control absurda que vuelca su fracaso en los más pequeños temores. Los pequeños temores se ven como pequeños temores hasta que te mueres por uno y ahí ya se revela enorme. Los pequeños temores viven en un carnaval larguísimo en el que el disfraz se vuelve la ropa de siempre, y nunca va a matarte un (posible) rastro de pluma de paloma.
7) Pensar un montón. Exagerado.
8) Oler las patas de mis gafas cuando llevo todo el día sudando sin limpiarlas. Fos.
9) Confesar tantas guarradas en público, ¿por qué lo hago? ¿Por qué me obsesionan tanto las caras de perplejidad cómplice que ponemos cuando alguien suelta algo que hacemos pero no pertenece al mundo del lenguaje porque para ser persona hay que hacer eso pero no decirlo? ¿Por qué aspiro tanto a la comodidad de los cuerpos en los espacios pensados para ser incómodos? Será que yo me siento incómoda a veces, como si fuera la única persona con los tenis quitados y tuviera que cuidar que nadie me viera las plantas de los calcetines negras. Con esto quiero decir: será que yo suelo sentirme inadecuada en casi todos los escenarios, nunca lo suficientemente lista, ocurrente o abierta, y necesito inadecuar el espacio, explicar a gritos que ya que eso es así pues vamos a partir de otro punto.
10) Algunas veces pienso que tal vez me equivoco y lo de confesar tiene que ver con una voluntad bonita de que, efectivamente, todes podamos partir de nuestra propia inadecuación, que es hermosa y nos hace distintes, y nos permite vivir sin tener que ir aprendiéndonos poses que nos enseñan a temernos. Rechazar los tenis puestos, y así más comodidad en la vida.
11) Más cosas que no me convienen: pelear a veces por aburrimiento, pero no pelear casi nunca cuando debo hacerlo porque me da miedo; evitar muchas frutas por miedo a desarrollarles alergia; envidiar el dinero de la gente; estar demasiado orgullosa de saber cocinar; lamentarme para que me hagan caso; escribir en la cabeza para demostrarme que no hago el ridículo cada vez que alguien me lee; escribir deprisa y tarde; escribir sin estar segura.
12) Que todas estas cosas me generen un placer extraño, como si estar viva fuera tener la capacidad de decidir fallar, y luego agarrar los cisquitos que has dejado por ahí y recogerlos. O igual tampoco es eso, igual simplemente todes dejamos ciscos y hay una cosa muy buena en compartirlos. Toma, yo también me trago los cueritos de las uñas. Toma, yo también pienso que le caigo mal a todo el mundo. Toma, podemos vivir así y, en realidad, todo el mundo lo hace: ser inadecuadas es mejor que ser adecuadas porque siento inadecuadas siempre podremos decir la verdad. Y decir la verdad es vivir mejor. Y decirla en público, hacer hueco para ella, quizá ayuda a que otres vivan mejor. Tal vez eso es la escritura.
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