Opinión | Observatorio
Emilio Vicente Matéu
Democracia y libertad

IV Reunión en defensa de la democracia. / Jordi Otix / EPC
Asistimos a uno de esos momentos en que la sucesiva celebración de procesos electorales mantiene actualizada la sensación gozosa de vivir en democracia; imperfecta desde mi punto de vista, pero una democracia, al fin y al cabo. Por poco que echemos la vista atrás en el tiempo o en el entorno geográfico, podremos comprender que tenemos sobradas razones para sentirnos afortunados porque nos permite disfrutar de libertad; con sus más y sus menos, pero libertad.
Dicho esto, me asaltan dudas ante la abundancia de testimonios y compromisos, aun en mí mismo, cuando nos consideramos esencialmente vinculados a una ideología: soy socialista, soy liberal, soy comunista, soy conservador. Me cuesta racionalizar la servidumbre política a determinados cánones ideológicos, como si ellos formaran parte de nuestra razón de ser y definieran por sí mismos cuanto somos. Si eso fuera así, no haría falta organizar campañas electorales, ni debates, ni cualquier tipo de proselitismo; bastaría tan solo apelar al ADN de cada cual para identificar el grupo al que pertenecemos, del mismo modo que tenemos un grupo sanguíneo personal e irrenunciable que forma parte indisoluble de lo que somos. Pero en nuestra lengua española disponemos de dos verbos cuyo significado diferenciado puede ayudarnos para comprender mejor e iluminar esta reflexión. Hablamos de los verbos ser y estar.
El verbo ser hace referencia a cuanto nos define como personas y sin lo que no seríamos nosotros mismos: la esencia, identidad, características permanentes, origen, posesión o cualidades fundamentales. Aquí entraría toda nuestra dotación genética y las facultades que nos configuran como personas y nos permiten desarrollarnos a lo largo del tiempo. Ahí encaja la capacidad de optar y decidir; hablando en plata, la libertad.
El verbo estar hace referencia a la ubicación coyuntural, al estado físico o anímico, o a la condición temporal; una situación circunstancial o transitoria. O sea, a procesos proclives al cambio aun cuando nos puedan acompañar desde periodos breves hasta incluso el final de nuestros días. Ahí encaja nuestra vinculación ciudadana o social, nuestra profesión o cualquier asunto que pueda estar sujeto a posible devenir en el tiempo.
Los sistemas democráticos se fundamentan en el ejercicio de la libertad a la hora de determinar la gestión en el gobierno, en la impartición de justicia, en la atención equitativa de los servicios esenciales y aun los menos esenciales. Y la llave de acceso a ese ejercicio libre de la libertad, valga la redundancia, reside en cada uno de nosotros, sin que pueda ser controlado por los sistemas. Porque tantos ciudadanos entienden así su libertad es por lo que, afortunadamente, en su afán por una sociedad más justa y equilibrada, pueden resituar los propios posicionamientos y participar activamente en la alternancia política, valorando en cada ocasión los proyectos más oportunos y la credibilidad de los posibles gestores. Pero poco aportan quienes con anteojeras que únicamente permiten mirar en una dirección, se empeñan en apuntalar lo que se desmorona y justificar lo injustificable, quizás porque consideren que son aquello en lo que sólo están. Dicho esto, cuando nos sometemos a ideas, pensamientos, costumbres, por el solo hecho de que siempre haya sido así, o que así se viviera en nuestro entorno, lo que de verdad hacemos es renunciar al ejercicio de nuestra libertad.
Y está claro que, para ejercer la libertad, resulta imprescindible sobreponerse a determinadas inercias y servidumbres, incluso a las propias ideologías, para comprometernos sólo con la honesta búsqueda del bien y la verdad; es a lo que se refiere Ortega y Gasset en la edición francesa de La Rebelión de las Masas, cuando habla de Hemiplejia Moral. Sorprende cómo a veces nos engolamos proclamando libertad para luego renunciar a ella en asuntos tan significativos.
Democracia y libertad; ser libres y posibilidad de ejercer nuestra libertad para decidir entre el sí y el no, sin más servidumbres que nuestros valores y nuestra conciencia. Pero cuando asisto a determinadas manifestaciones o al ejemplo gregario de tantos que nos representan en el llamado templo de la democracia, me siento desconcertado.
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