Opinión | Tropezones
Lamberto Wagner
Noruega y los noruegos

Paisaje ártico en Noruega. / Pixabay
Me había propuesto escribir sobre mi reciente crucero por los fiordos noruegos, pero me permitirán que lo posponga, para abordar un tema mucho más fascinante. El de los propios noruegos.
Desde tiempos de los vikingos, los noruegos, asentados en el territorio más inhóspito de la península escandinava eran los más aguerridos, los más aventureros. Sus compañeros suecos preferían luchar y comerciar con el este de Europa, llegando hasta Constantinopla, y dando nombre de paso a la propia Rusia, que comparaban con su región de Roslagen. Y los daneses optaron por el sur, a la conquista de tierras británicas.
Pero los noruegos miraban al oeste. Erik el Rojo fue el primero en establecer una colonia en Groenlandia, ahora tan de moda, mientras su hijo fue el encargado de adentrarse en el inmenso océano, partiendo desde Islandia, hasta alcanzar las costas americanas.
Pero la peste negra, dos siglos más tarde fulminó entre el 50 y el 70% de la población noruega, que pasó a depender de sus vecinos más prósperos, Dinamarca y Suecia. Pero claro, el carácter independentista de una población acostumbrada a su agreste geografía y en la que esquí formaba casi parte de su genoma, con una presencia documentada desde 2500 años antes de Cristo, no paró hasta librarse de la tutela de sus vecinos, Dinamarca en 1814 y Suecia tan tarde como 1905 en este caso por agotamiento. Como decía uno de los dignatarios de la época: “podríamos conquistarla, pero difícilmente conservar a toda una nación sobres esquíes”.
Unos años más tarde a Noruega le tocó la lotería; una naturaleza hermosa pero áspera escondía bajo el mar ingentes cantidades de gas y petróleo. Y a partir de entonces el pariente pobre de Escandinavia no dejó de acumular superlativos. Sus ingresos bien administrados la convirtieron en la nación más rica del mundo, con un fondo soberano superior al de Arabia Saudí. Su afición por el esquí la ha convertido desde hace años en la favorita de todos los juegos de invierno, en cabeza del medallero año tras año. Su situación geográfica con miles de kilómetros de litoral costero de sur a norte le confieren ubicaciones como la del del pueblo más septentrional del mundo, o la línea de tranvía más al norte del hemisferio. Si no puede presumir del fiordo más largo del mundo, situado en Groenlandia, y tan solo del segundo más profundo del orbe, saben encontrar consuelo adjudicándose los más espectaculares y hermosos de la tierra y describiendo su famoso crucero boreal como «el más bello viaje del mundo».
No sé yo si Suecia no se habrá arrepentido de desprenderse de su vecina con tanta facilidad, a la vista de la prosperidad sobrevenida. Pero el caso es que tuvo una segunda oportunidad cuando P.G. , el visionario CEO de la empresa de automóviles Volvo concibió un intercambio de acciones entre Volvo y la petrolera estatal noruega Statoil. Tras haber batallado con los gobiernos de Noruega y Suecia para permitir un acuerdo, el consejo de administración de Volvo, tan celoso de sus vehículos, rechazó el trato. P.G. abandonó la junta enfurecido, y Suecia perdió un negocio que le hubiera reportado por lo bajo unos 700.000 millones de coronas. Sin contar que la propiedad de Volvo hubiera quedado en casa, en vez de pasar, como ocurrió años más tarde, a manos del grupo chino, Zheijang Geely Holding Group.
Chapeau por mis vecinos y por su perseverancia en defender lo suyo, que no sabría cómo calificar, tal vez como un prurito nacional romántico envuelto en la omnipresente bandera noruega.
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