Opinión | De palabra
Esteban Gabriel Santana Cabrera
Enseñar no es solo un trabajo

Manifestación por la Estabilización de Docentes Interinos en Canarias / Andrés Cruz
Cada 1 de mayo, Día del Trabajador, me paro a pensar en lo que significa realmente ser docente. Porque como la medicina o la abogacía no es una profesión cualquiera. En nuestras manos no solo hay horarios, programaciones o evaluaciones, en nuestras manos hay personas moldeables, está el futuro de la sociedad. Porque, aunque algunos no lo entiendan, educar no es simplemente transmitir contenidos, es acompañar procesos de crecimiento personal y formativo, formar ciudadanos críticos y ayudar a construir un mundo mejor. Y, sin embargo, muchas veces siento que esta responsabilidad no recibe la consideración que merece por parte de la sociedad y de quienes toman decisiones sobre nuestro trabajo.
Me pregunto a menudo qué ocurriría si a un obrero o a un administrativo le cambiaran constantemente sus programas de trabajo, sus normativas y sus tareas diarias, incorporando obligaciones que poco o nada tienen que ver con su profesión. Eso es exactamente lo que sucede en la enseñanza. Con frecuencia vemos cómo se añaden protocolos, gestiones y responsabilidades que nos alejan de lo esencial: enseñar y acompañar a nuestro alumnado.
Un ejemplo claro es la gestión del comedor escolar en muchos centros educativos. Se trata de una tarea compleja, que requiere formación específica y tiempo de dedicación, y que sin embargo recae sobre docentes que no estamos preparados para asumir ese tipo de gestión administrativa. Esto supone una carga enorme de trabajo y resta horas valiosas a la planificación educativa y a la atención directa al alumnado. Hoy en día, sería muy fácil que los propios cáterin realizaran la gestión y los centros solo realizaran la cesión del uso de las instalaciones. Eso reduciría mucho la carga administrativa del equipo directivo y esas horas se podrían dedicar a lo realmente importante, y para lo que estamos en los centros, a liderar un proyecto educativo.
Algo similar ocurre con los cambios que quiere introducir la administración en las ayudas de libros que se implantarán el próximo curso. Estas medidas, aunque puedan tener buena intención, obligan en ocasiones a los centros y al profesorado a adaptarse a un tipo de enseñanza que condiciona la autonomía pedagógica y metodológica. La sensación es que, poco a poco, se toman decisiones desde fuera del aula sin contar con quienes vivimos la realidad educativa cada día. Y luego hay que dar marcha atrás.
A todo esto se suma la escasa valoración social que muchas veces percibimos. Escuchamos con demasiada frecuencia comentarios como que somos los que más vacaciones tenemos o los que menos trabajamos. Quienes realmente conocen nuestra profesión saben que la docencia no termina cuando suena el timbre de salida. Continúa en casa, en la preparación de clases, en la corrección de tareas, en la búsqueda de nuevas estrategias para motivar al alumnado y en la preocupación constante por mejorar nuestra práctica educativa.
A pesar de todo, sigo creyendo profundamente en esta profesión. Porque enseñar es una vocación. Porque muchos docentes seguimos trabajando con ilusión para que nuestras aulas no sean como las de hace un siglo, sino espacios vivos, inclusivos y motivadores donde cada estudiante encuentre su lugar y su oportunidad de crecer.
Como decía Paulo Freire: «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo». Por eso, en este Día del Trabajador, quiero reconocer y agradecer el esfuerzo silencioso de tantos docentes que, incluso cuando nadie mira, siguen dando lo mejor de sí mismos cada día. Nuestro trabajo importa. Y mucho.
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