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Opinión

Las Palmas de Gran Canaria

Una madre

La gran deuda pendiente no sea entenderlas, sino mirarlas de verdad mientras están. Escucharlas sin prisas

Regalo para mamá.

Regalo para mamá.

Siempre sigilosas. Siempre fieles, incondicionales. Las madres no hacen ruido. No ocupan grandes titulares ni exigen reconocimiento alguno. Están o estuvieron, por desgracia. en ese segundo plano donde se construyen las vidas sin que nadie repare demasiado en ello. Son esa estirpe que nunca se queja, aunque tendrían mil y un motivos de sobra. Las que siempre están, incluso cuando parece que ya no pueden más y se arremolinan con manta en el sofá adormiladas.

Es la voz que se cuela en lo cotidiano y nos sacude la conciencia. Los “ten cuidado al cruzar”, “ojo con el coche”. Frases pequeñas, casi automáticas, pero cargadas de una vigilancia y un simbolismo universal. La mía, por ejemplo, arengaba cada mañana eso de “no busques camorra ni el peligro”. Poco caso le hacía. Porque una madre no deja de cuidar, ni siquiera cuando sus hijos ya no necesitan que les aten los cordones, peinen el cabello revuelto ni claven el dedo ensalivado sobre el cachete.

Estas inmensas mujeres a tiempo completo son también las que ajustan la pensión como si fuera un milagro silencioso, haciendo encajar lo imposible para que nada falte. Las que guardan un poco más de comida “por si vienes”, las que convierten lo escaso en suficiente, y lo suficiente en hogar. Nadie les enseñó economía, pero dominan el arte de sostener.

Personas de alma irreductible que se desvelan por todo, incluso por lo que no se dice. Las que con una mirada te escanean cuerpo y mente, detectan la grieta antes de que se convierta en herida. Y casi siempre aciertan. No por magia, sino por ese archivo infinito de experiencias, sacrificios y amor acumulado que las convierten en un faro que rara vez falla.

Y luego están sus cuerpos: la espalda vencida, los pasos más lentos, las manos que ya no tienen la misma fuerza. Esa geografía del desgaste donde cada arruga cuenta una historia de entrega, de sufrimiento. Madres que no piden nada a cambio, pero lo dan todo. Y en ese desequilibrio se sostiene gran parte de lo que somos. Quizá por eso, cuando sonríen, el mundo parece ordenarse un poco mejor. Como si, por un instante, todo encajara y se iluminara el firmamento.

Tal vez la gran deuda pendiente no sea entenderlas, sino mirarlas de verdad mientras están. Escucharlas sin prisas. Yo el primero. Reconocer en su silencio todo lo que han construido. Porque el día que faltan, lo cotidiano pierde peso y el ruido del mundo con sus malditas prisas ya no tapan ese hueco. Y es entonces cuando comprendemos que nunca hubo nada más extraordinario que aquello que parecía tan normal; una madre.

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