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Opinión

Un batiburrillo de gestos y más gestos

Un fragmento de la película.

Un fragmento de la película.

Resulta desconcertante comprobar cómo la película que abrió la sección oficial a concurso, Trail to Hein, y la que lo cierra, Nina Roza, me han transmitido exactamente la misma sensación de grandes expectativas frustradas.

Por un lado, en Trail of Hein me pasé todo el metraje atrapado en un juego de sombras esperando que algo desequilibrante ocurriera en plan La matanza de Texas, pero no ocurrió, y me tuve que conformar con un filme plúmbeo de búsqueda de uno mismo parecido a La doble vida de Verónica. Y, por el otro, en Nino Roza, me ha pasado tres cuartos de lo mismo, entusiasmado con una estética preciosista y un desarrollo poético que tuviera un remate a lo Nostalgia de Tarkovski. Pero tampoco sucedió. Y en sustitución, todo degeneró en algo más parecido al dramatismo ñoño de La pianista.

No voy a entrar a analizar la temática en cuestión de los desplazamientos o la inmigración a través de la mirada de un búlgaro. Pero es que el filme va dando tumbos de una forma inconsistente al modo de un batiburrillo de gestos y panorámicas sin ninguna lógica formal. La directora Dulude-DeCelles sabe crear momentos de especial belleza, como cuando capta largos planos sin apenas diálogos, pero a la película le falta ritmo, intensidad y profundidad dramática. Realmente, toda la película es una oda a la capacidad gestual de su protagonista ya que más de la mitad del tiempo se centra en mostrar primeros planos suyos en los que reacciona de un modo u otro a razón del momento concreto. Coge el avión en Montreal y pone cara de agradecimiento. Llega a Sofía y observa con resignación. Habla con los familiares de la niña y adquiere un rictus de ironía. Y así hasta la media hora final en la que se encuentra con su propia familia a la que no veía desde hacía 28 años para tener el enfrentamiento más desquiciado de las historia del cine con su hermana. Primero esta le monta un pollo por su larga ausencia sin dar explicaciones, para a los pocos segundo echarse piropos uno al otro sobre cosas de tanto calado emocional como lo bien que le queda a él la perilla.

Y la escena familiar es digna de añadir un capítulo de oro al surrealismo de André Breton. Primero se pelean a muerte durante la cena, él hace un gesto de marcharse ante semejante intolerable falta de respeto, de pronto se arrepiente, se vuelve a sentar, y todos tan contentos, para a los pocos minutos aparecer los dos tumbados en una cama como tortolitos en una escena en la que uno duda de si aquellos que tanto se denigraban van a cometer incesto. Si alguien ve reflexión y solidaridad hacia el mundo de los desplazados le doy mi sincera enhorabuena.

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