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Opinión | Análisis

La gran chapuza

Una recreación del proyecto de la estación del cono sur de la MetroGuagua.

Una recreación del proyecto de la estación del cono sur de la MetroGuagua. / La Provincia

Sea cual sea la ciudad, en su mayoría maceran un costumbrismo literario alimentado por emociones positivas y negativas. El relato cuaja o alcanza su nivel discursivo pleno con frustraciones que marcan a generaciones o que se enredan para ser merecedores de sentencias como «eso es mas largo que la MetroGuagua». Creo que nos acercamos peligrosamente a la década -todo empezó en 2017- del comienzo de las obras, sin contar los años anteriores de indagaciones técnicas. O sea, sobrepasando la previsión inicial (2021) y con el anteojo ilusivo de acabar en 2028. Este fritango cronológico tiene un nombre: la gran chapuza.

Sólo con pensar que aún no está resuelto el proyecto del nudo de San Telmo y su ampliación marítima (hasta el cementerio de Vegueta) es para ponerse a temblar. La idea de la alcaldía de Cardona, asumida por Hidalgo y heredada por Darias está predestinada (algún día se acabará) a convertirse en la alternativa al coche privado, imprescindible para una ciudad sumergida en la dictadura motorizada. Su filosofía de crear un corredor sin obstáculos desde el cono sur a La Isleta es plausible e indiscutible: un transporte público a velocidad de crucero mientras que el usuario del automóvil se enreda en el atasco.

No, la MetroGuagua como sistema no es una gran chapuza. No, son los fracasos e improvisaciones las que han hecho del proyecto un galimatías, con paralizaciones (Santa Catalina y San Cristóbal) que afectan a la vida diaria de los ciudadanos. Lo que era el salvavidas para la movilidad ha terminado por ser un verdadero incordio, aparte de la mejor pantalla para conocer las limitaciones de las instituciones metidas en el ajo. El meollo es que mientras la MetroGuagua se estanca el bienestar social se resquebraja aún más: la situación mórbida en la que está este proyecto multimillonario (más de 170-180 millones, sobrecostes, adjudicaciones fallidas, devoluciones de fondos, e investigación del Banco Europeo de Inversiones...) no hace más que engordar la infeliz certidumbre de que LPGC es un municipio colista en la consecución de los objetivos de sostenibilidad.

La MetroGuagua, a través de los intercambiadores correspondientes, los aparcamientos intermodal necesarios y carriles bici, debería sacar a esta ciudad de la asfixia del tráfico. Un fluir incesante, también insaciable, que deteriora el centro histórico, afecta a la salud de los vecinos , usurpa espacios libres y pulveriza la aspiración de avanzar en la peatonalización de calles. La caída en la incredulidad del proyecto no hace sino erosionar de manera galopante la confianza de las personas en poder alcanzar algún día un estadio similar a Bilbao, Santander, Valencia o León, capitales líderes por su progreso en sostenibilidad.

Ya decíamos que la ausencia de coordinación entre instituciones y las discrepancias proyectuales a la hora de abordar los nudos más importantes de la MetroGuagua vaticinan, por desgracia, retrasos capaces de triturar los digeridos hasta la fecha. La gran chapuza no va sólo del acabado final del hormigón o de las posibles filtraciones de agua en el subsuelo. No, el desaguisado va en paralelo con la falta de coeficiente mental necesario para asumir las riendas, las sobradas (e inútiles) agallas para utilizar una inversión clave para las rencillas partidistas y la seguridad del difícil encaje judicial que tiene la demanda por incumplimiento de los plazos prometidos por el político.

Del naufragio de las demoras es relevante obtener la lección de que en este municipio existe una incompatibilidad manifiesta con la planificación. La MetroGuagua es a fecha de hoy un activo tóxico que debería ser rescatado, intervenido, con el objetivo de conocer de qué plazos de entrega estamos hablando, transparencia contable, trazados, estaciones... Es lo justo y conveniente tras un espacio temporal marcado por la falta de puntería, el sobresalto y hasta el engaño.

Hay que repetir hasta la saciedad de que el enemigo no es la MetroGuagua. LPGC es una de las pocas ciudades de España que carece de un sistema de movilidad, pese a lo imprescindible que resulta el mismo a tenor de su densidad poblacional y al tráfico que ocupa sus calles. Vamos con retraso, también en la creación de Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) para equilibrar la calidad del aire, obligadas por ley pero bajo el beneficio de la prórroga. La iniciativa estrella (o que lo fue), en su caminar errabundo, deja tras de sí ristras de intervenciones inacabadas, solares abandonados en enclaves sobresalientes, que dañan la imagen turística de la ciudad. Alicatando además ese costumbrismo literario donde la última versión del guagüismo (incluso anterior al bonoguagua) resbala hasta un saco donde ya no cabe ningún ños más. Pero esta vez por los años que tiene el invento y los que le queda.

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