Opinión | La vida periodística y la vida
“I’m sorry. I apologize, I am so nervous”

Patti Smith, en su última actuación en Barcelona, en 2024 / / Manu Mitru
Así lo contó la BBC de Londres cuando Patti Smith sintió que tenía por los suelos la autoestima de una artista como ella. Dijo, en inglés, y ahora aquí traduzco al español: “Lo siento. Pido perdón. Estoy tan nerviosa”. La cantante había empezado a cumplir un deber que le puso su amigo Bob Dylan en la ceremonia anual de entrega del premio Nobel de Literatura que él no fue a recibir.
Ella comenzó a cantar la mejor (eso creo) de las canciones de Dylan; lo estaba haciendo con unción, como si estuviera explicándole al mundo un dolor o el apocalipsis tranquilo que, al fin, vendrá sin que nosotros lo estuviéramos viviendo. A Hard Rain´s A-Gonna Fall (Va a caer una lluvia dura…)
Con esa canción, con esa letra, con ese espíritu con el que irrumpió Bob Dylan en el futuro cantándole al mundo, Patti Smith, la cantante que mejor lo conoce, nos puso los pelos de punta a los que, en las sucesivas juventudes de la vida, creíamos vivir con lo que cantaba el músico hecho Nobel.
Era el 11 de noviembre de 2016. Ahora hace de eso, más o menos, un siglo. Aquella mujer, Patti Smith, comenzó a cantar como si ya estuviera ingresando en el apocalipsis. Y, de pronto, sonó el silencio en medio de una imagen, la suya, que se parecía al fin del mundo o a la indómita alegría de cantar.
Jamás olvido ese instante, jamás se olvida ese tropiezo que luego ella misma convirtió en una música aun más honda, y para siempre inolvidable. Ella dijo, ya saben: “Lo siento. Pido perdón. Estoy tan nerviosa”. Después vendría otra vez la música cantándole a la vida, deplorando el enorme estropicio al que irremediablemente conduce el dolor del mundo.
Viví esa canción antes y durante y después de este suceso tan importante para la vida de Bob Dylan, pero sobre todo para el recuerdo cantado, y roto, y cantado de nuevo, de Patti Smith.
Jamás la olvido, jamás se olvida esta mujer, escritora, poeta, cantante… La conocí, sin que ella naturalmente supiera nada de mí, en una esquina de Manhattan, quizá en 1996. Era verano en la ciudad más abierta, y sensual, de Estados Unidos, al lado de Nueva York. Yo estaba entonces viviendo en la casa de un editor inigualable, Peter Mayer, que nos abrió la puerta al futuro de la edición a muchos españoles, o de cualquier parte, que tocáramos a la puerta de su sabiduría.
En uno de aquellos días me fijé en una mujer bajita que cantaba y baila en la esquina de aquella calle en cuyos alrededores esperaba yo al dueño de la casa. Peter tardaba en venir y yo me puse a ver cómo cantaba aquella mujer menuda que entonces era alguien en la calle y que en seguida fue, para quienes estábamos cerca, Patti Smith.
No nos dijo nada, solo cantaba, lo hacía como si alguien, en otro mundo, la estuviera escuchando detrás de un biombo que sólo ella podía descifrar. Nunca olvidé ese momento. Años más tarde murió Susan Sontag, a la que publiqué libros en Alfaguara. Ella tenía una enorme autoridad sobre todos nosotros, y sobre el mundo en general. La vida da vueltas muchas veces. Vino Susan con su hijo, David Rieffe, al Lanzarote de Saramago, para conocer la tierra de su escritor más amado. Su enfermedad tuvo varias etapas, pero su capacidad para seguir viva, en el mundo que tanto quiso, del que escribió con tanto ahínco e imaginación, duró hasta que quiso la naturaleza que ella había dominado…
Pues allí estaba Patti Smith despidiendo a Susan Sontag en un cementerio de París, el Montparnasse… Yo estaba allí con Daniel Morzinsky, el gran fotógrafo que fue de París, de Argentina y ahora es de todo el mundo… Después de escuchar lo que la cantante que yo había visto bailar en una calle de Manhattan en honor de Susan, nosotros nos fuimos a honrar la memoria de Julio Cortázar, cuyos restos yacen para siempre en este lugar de París en el que parece que ya solo hay reliquias de la vida literaria.
Años después murió Peter Mayer. Antes, poco antes, lo fui a ver; busqué aquella esquina en la que había encontrado a Patti Smith y luego estuve escuchando, con Peter, la música que más inspiró su juventud: las canciones de Chavela Vargas, que era como la Patti Smith de México… Peter puso en su tocadiscos aquellas canciones que lo llevaron tantas veces a seguir a aquella ranchera que terminó su vida siendo más famosa que nunca… Nunca olvido esos tiempos, pues fueron los de ida y vuelta en una vida que ahora ya es más recuerdo que pasado, o que presente, o que porvenir si se quiere.
En estos días Patti Smith está otra vez en el mundo que amamos, es decir, el de la vida. La he visto en las televisiones españolas como si estuviera en la esquina aquella al lado de la casa de Peter Mayer. Ella ha ganado ahora el premio mayor de la cultura española, el premio Princesa de Asturias. Vendrá a cantar, seguro, quizá no cante aquella hermosa balada triste que le regaló a su amigo Bob Dylan. Tampoco cantará, quizá, las melodías que nos regaló aquella mañana de Manhattan, pero haga lo que haga seguirá siendo como aquella que, en las esquinas, era capaz de ser parte de todo el mundo, con su música, con aquellos ojos que parecían llorarle al infinito.
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