Opinión
El río de la vida

Adolfo Aristarain, en 2024 / Juan Ignacio Roncoroni / Efe
La novela de Maclean (y adaptación al cine de Redford) de la que tomo el título no tiene mucho que ver con las películas de Adolfo Aristarain, cineasta que acaba de fallecer. Sin embargo hay algunos paralelismos con algunas de sus historias por la idea del tiempo que se va, los caudales que crecen y decrecen en abundancia o escasez en torno a las estaciones y sus riberas, y como las corrientes pueden ser plácidas o salvajes como metáforas de una vida misma. En su última película, el que será uno de sus grandes personajes y protagonista de la misma, reflexiona sentado a la orilla de su vida y del río, buscando cosas que tirar a la corriente. Su padre le había explicado cuando era niño que, si alguna vez sufría por algo, sí habitaban en sus días padeceres que le hicieran infeliz, estuviera donde estuviera debía buscar un río al cual acercarse y donde tirar todo ese mal para empezar de nuevo.
Aristarain es conocido sobre todo por “Martín (Hache)”, “Lugares comunes” y “Un lugar del mundo”. Menos por sus primeras cintas como “Tiempo de revancha” o “Últimos días de la víctima”. Antes había aprendido a dirigir y escribir asistiendo a gente tan dispar como brillante, entre ellos Mario Camus o Sergio Leone. Solía rodearse de actores y actrices con gran personalidad, traídos desde el teatro como Federico Luppi, Cecilia Roth, Eusebio Poncela, José Sacristán, Juan Diego Botto o Susú Pecoraro. Con estos tres últimos rodó hace más de veinte años esa última película, “Roma”. Es en ella donde su protagonista aplica junto al arroyo las enseñanzas del padre que perdió en su niñez. Vivió para sí mismo como ese bohemio que su viejo le animó a ser, pero sobre todo fue su madre quien vivió para él. Está película, sentimental, emocional, autobiográfica en parte, brillantemente rodada con Botto doblando personajes entre el Buenos Aires de los 60, las líneas de Baroja, Schwob, Apollinaire, Cortázar, y música de Brahms, Piazzola o Coltrane, supuso misteriosamente la última contribución al cine de este autor. El amor, el deseo, el sacrificio, la libertad, la sublimación ante diversos artes, y también el egoísmo, la cobardía, los miedos, el hastío, los silencios que llegan para quedarse. “Joaco” persigue su “tiempo perdido” hasta que es este el que le persigue a él. Vive mil pequeñas vidas dentro de “la vida” tal y como su madre le animó a notar. Mira para otro lado en todo aquello que requería compromiso, madurez, generosidad… justo lo contrario de lo que hace ella.
He visto esa película una vez al año desde hace ya unos veinte. Aprendí a ir al río (o al mar) de cuando en cuando. Ojalá pudiera volver a verla por primera vez, descubrirla sin haberla visto antes en una tarde cualquiera. Ojalá Aristarain hubiera hecho más películas, escrito más diálogos, imaginado más personajes así. Luego recordé que Martín (padre) le comentaba a su hijo que los genios y sabios creaban poco (refiriéndose a las cinco únicas novelas de Dashiell Hammett). Igual que en los diálogos de “Martín (Hache)” puedes aprender cada vez algo nuevo que te hará pensar, en “Roma” cualquiera puede descubrir mucho de sí mismo, y entender al terminar tanto el sentido del propio título de la historia (la semilla más pura y única del universo), como a cuidarse de no llegar al final sin nada que echar al río.
Suscríbete para seguir leyendo
- Juan Espino, el mejor luchador español de todos los tiempos
- El origen del barrio de Casablanca: una herencia marcada por la esclavitud
- Cazado en Gran Canaria un conductor que realizaba transporte ilegal de viajeros desde el aeropuerto
- El Gobierno da el primer paso para traspasar a Canarias la competencia de los aeropuertos que no son de interés general
- Abraham El Jaber, 91 años y sigue al pie del mostrador en una de las tiendas históricas de Arucas
- Los veterinarios coinciden: los perros que se alegran al ver a sus dueños volver a casa no es un síntoma de felicidad
- El restaurante de Las Palmas de Gran Canaria donde ofrecen un menú del día por ocho euros: es uno de los más baratos de la capital
- El sueño de tres calles de Guanarteme: vivir sin 150 guaguas pasando cada día
