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Opinión

Hermanos Báez Acosta

Carta de agradecimiento al personal del Hospitalario Universitario Insular-Materno Infantil de Gran Canaria (HUMI-GC)

El Hospital Insular, se inauguró oficialmente en febrero de 1971. Después de 55 años de funcionamiento no ha perdido lo más importante que siempre ha tenido, su capital humano, más bien, la calidad de ese capital humano

Vistas del Hospital Insular de Gran Canaria.

Vistas del Hospital Insular de Gran Canaria. / Andrés Cruz

El Hospital Universitario Insular Materno Infantil de Gran Canaria, referente de nuestra sanidad desde su inauguración oficial en febrero de 1971, cumple 55 años de servicio. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, lo que realmente define a esta institución y permanece intacta es la extraordinaria calidad de su capital humano."

Por desgracia mis cuatro hermanos y yo hemos perdido recientemente a nuestro padre, Oswaldo Báez Marrero, con 91 años, tras un deterioro cognitivo progresivo e imparable de más de 5 años, rematado por un cáncer de pulmón metastásico, detectado en los últimos días de su vida. Tras esta experiencia hemos podido volver a comprobar la calidad humana del personal del mencionado centro hospitalario.

Se podría pensar que el exquisito trato prestado por dicho personal en sus últimas semanas, tanto de Urgencias, de Neumología como de Paliativos a nuestro padre fuese por haber sido él un conocido histopatólogo que consolidó y modernizó el Servicio de Anatomía Patológica del propio Hospital Insular de Gran Canaria en 1971. Pero no, el personal que atendió a nuestro padre nunca había oído hablar de ese doctor que, como él decía "lo jubilaron" en 2004.

A pesar de las jornadas extenuantes y el estrés que soporta, este personal sanitario no solo atiende y auxilia, sino que lo hace con una humanidad desbordante: sin escatimar en atenciones, sin racanear palabras amables y regalando, incluso, ese beso que el paciente tanto necesita.

Por suerte, sí, decimos por suerte, las frecuentes visitas de nuestros padres a urgencias en sus últimos meses nos permitieron ser testigos de una entrega excepcional. Celadores, auxiliares, personal médico y de enfermaría les brindaron un cariño y una atención que superaron con creces lo estrictamente profesional. Es una labor impagable que desempeñan con entereza y pasión, incluso frente a la saturación de las instalaciones, la falta de espacio y las inevitables esperas.

Por desgracia, sí, decimos por desgracia, no siempre somos conscientes de la excelencia del personal asistencial hospitalario de este centro público y muchos otros de Canarias.

Hacemos extensible este reconocimiento y agradecimiento al personal de Infecciosas, Medicina Interna y, especialmente, de Asistencia Domiciliaria (ADO) del Hospital Insular que con exquisita preocupación y devoción trató a nuestra madre, Beatriz Acosta Fernández, durante sus últimas semanas de mediados de 2024, hasta su fallecimiento en casa. Y podemos asegurar que esa panoplia de atenciones, mimos y cuidados regalados no fueron porque supieran quién era nuestra madre: una licenciada en Filosofía y Letras, en la especialidad de Historia de América que dejó su trabajo de profesora del Instituto Isabel de España por hacer las veces de madre, enfermera y técnica del laboratorio de análisis clínicos primero y luego de anatomía patológica, junto a nuestro padre. No, lo hicieron porque es su trabajo.

Hoy en día, las opiniones de los apoyados en la barra de un bar o de tecleadores furtivos en las redes sociales critican la lentitud de las citas, la tardanza en las pruebas médicas o de las propias intervenciones quirúrgicas, sin percatarse que detrás de todas esas actuaciones hay personas, personas con una alta formación y una mayor vocación con el principal objetivo en su vida profesional de cuidar, proteger y mejorar la salud de sus pacientes con conocimiento, empatía y compromiso.

Perder a nuestros dos padres en menos de 18 meses, aunque tuvieran 85 y 91 años y aun siendo incluso esperado y, en muchas ocasiones, deseado, no deja de ser doloroso, muy doloroso.

Este sentimiento de orfandad, aunque antiguo y sufrido por todos, no deja de dar vértigo, te desconcierta, te nubla, te invade y penetra, sintiendo que has perdido al ancla que te fija a la tierra, a la tranquilidad, al sosiego que dan una madre y un padre.

Pero es muy gratificante haber podido comprobar la dignidad, cariño y profesionalidad del personal asistencial de los distintos servicios del Hospital Insular de Gran Canaria.

Sirvan estas palabras de los cinco hijos de Beatriz Acosta y Oswaldo Báez para agradecer lo hecho y dicho por todo el personal que atendieron a nuestros padres en sus últimos días, en sus últimas semanas. Gracias, muchas gracias.

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