Opinión | El lápiz de la luna
La educación del monstruo

La educación del monstruo / Amazon
Empiezo a redactar este artículo unas horas después de finalizar la lectura de La educación del monstruo, de Elvira Mínguez. Especifico que tuve que dejar pasar unas horas para ponerme a escribir porque la novela me incomodó de tal modo que necesité una infusión de jengibre y un paseo para asentar las madres. No se asusten, no quiero con esto evitar que lean la historia, sino al contrario, lo que quiero es que se acerquen a ella, que la saboreen y permitan que les incomode, les repugne, les conmueva y les cabree. Todo esto es capaz de despertar en el lector La educación del monstruo. La trama se desarrolla en varios tiempos. Empieza en los años cuarenta con la historia de Olvido, a quien el robo de una pequeña silla roja de juguete le determina su futuro. Continúa en los sesenta con el viaje de Águeda y Teresa a Alemania y de sus vidas en un país gris, frío y de un idioma impronunciable bajo el yugo de Felipe y Javier. Transita los años setenta en Valladolid, una ciudad azotada por el miedo que deja a su paso la presencia del hombre del saco que secuestra a niñas. Y todos estos viajes al pasado los hacemos de la mano de Matilde, la hija de Águeda, una mujer que bloqueó los recuerdos de su infancia y que ahora están condicionando su vida adulta. Es una novela de personajes. Cada uno de ellos está perfectamente perfilado tanto física como psicológicamente, con unas etopeyas precisas de su mundo que te harán sentir la angustia de Águeda, la ira de Felipe, el miedo de Matilde, la indiferencia de Manolo, la brutalidad de Javier, el horror de las niñas y la falta de fe de las monjas que dirigen el colegio del barrio Cuatro de Marzo. La educación del monstruo diserta sobre la herencia transgeneracional, de cómo heredamos el miedo y la culpa de nuestros padres y de todas esas emociones que no nos representan conscientemente en la actualidad, pero determinan nuestras decisiones y nuestros comportamientos hasta el punto de crear una identidad enraizada a una herida traumática que se disfraza de personalidad. La educación del monstruo invita al diálogo y a la reflexión, pues te hace preguntarte si realmente sabes quién eres y el origen de tus pulsiones. Refleja esa fea costumbre colectiva de mirar para otro lado cuando la realidad se vuelve tan mezquina que no somos capaces de aceptar la maldad humana y elegimos silenciarnos y normalizar la violencia como forma de vida. Nadie quiere ser un monstruo y menos aún sentir que ha educado a uno. ¿Hasta dónde podemos eximir la huella que dejamos en los otros? ¿Hasta cuándo podemos vivir huyendo de uno mismo? ¿Dónde está Dios cuando el mundo se vuelve un lugar hostil? ¿Son sus ojos, esos que nunca duermen, capaces de hacerlo ante el sufrimiento de la infancia? La educación del monstruo te atraviesa y te menea de tal forma que no sales del libro siendo la misma persona que entró. Y qué experiencia tan bonita esa de sentir que la lectura de una novela nos hace mejores seres humanos y espanta, por un ratito, los monstruos particulares de cada uno.
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