Opinión | De la vida
Atilio González Hernández
¿Qué son el bien y el mal?

¿Qué son el bien y el mal? / La Provincia
La mayor parte de las personas nos pasamos la vida intentando «ser buenos» y a veces creemos que lo estamos consiguiendo. Pero, ¿realmente se han parado ustedes a pensar en qué consiste ser bueno o ser malo? ¿Existe algo o alguien que podamos identificar como el Bien o como el Mal? Le he dado muchas vueltas a este asunto y como es una cuestión importante, me gustaría compartir mis reflexiones con usted, lector o lectora de estas líneas.
En primer lugar tenemos que definir lo que hay -la realidad. Para nosotros está llena de hechos que la constituyen. Por su parte, los hechos están formados por seres y por cosas; y por las interacciones de estos entre sí y de unos con otras, formando sucesos y procesos.
Las cosas no tienen conciencia ni voluntad, como le ocurre a una pepita de oro o una montaña. Es evidente que para las cosas no hay ni bien ni mal, porque ni sienten ni padecen. Ni tienen propósito, ni libertad.
Para los seres vivos de bajo nivel de conciencia, sí podemos decir que existen el bien y el mal, en sentido biológico. El primero consiste simplemente en mantener y extender la propia vida, mientras que el mal es lo que actúa impidiendo tal bien. A una gallina le apasiona comer -un bien- pero no soporta que la picoteen cuando lo hace -un mal–. Seguro que algo equivalente le ocurre a las amebas.
Las personas somos parte de la realidad, pero llevamos dentro un complejo mundo propio, que es el de nuestra potente conciencia. Hay en cada conciencia un mapa que describe lo que identificamos como realidad, con especial énfasis en nuestro rol y ubicación, así como en los de las otras personas con las que convivimos. Como seres sociales, hemos aprendido normas sobre el comportamiento que los demás esperan de cada uno.
Tenemos deseos e impulsos que nos motivan a actuar. Unos son racionales y conscientes, pero otros no proceden de nuestra razón, sino del inconsciente o de nuestra naturaleza animal. Por ello no siempre los entendemos bien y no siempre se adaptan a las normas de conducta que hemos recibido. Pero las personas no actuamos automáticamente, como la gallina, sino que disponemos de algún grado de libertad, según sea nuestra conciencia, nuestra voluntad y nuestra experiencia.
Suponiendo que las normas de conducta que hemos recibido sean las apropiadas, opino que desde nuestro punto de vista haremos el bien si cumplimos tales normas y el mal si las incumplimos. Y obraremos de forma neutra si nuestra actuación no interfiere con las normas. Así pues, el mal, el bien y lo neutro no son seres ni cosas, sino acciones o procesos protagonizados por personas. Reciben una calificación moral en función de una norma o normas exteriores a dichas personas. No son materia propia de la Metafísica, sino de la Ética.
En la vida moderna estamos sujetos a numerosas normas éticas, cada una con diferente ámbito y diferente nivel de autoridad. Hay diferencia entre las normas de un club, el Código Penal, la Constitución Española y los mandamientos de una religión. Lo normal es que no haya contradicciones entre ellas, pero si las hubiera habría que guiarse por las de mayor autoridad.
¿Cómo se fundamenta la autoridad de las normas éticas? En democracia, mediante la expresión de la voluntad popular. Pero al mismo tiempo, las personas no materialistas creemos que existe una realidad espiritual, y que esta se superpone y relaciona con el mundo que percibimos con los sentidos. Según tal filosofía, la realidad material habría sido creada desde lo espiritual, por un Ser Supremo que llamamos Dios, y las normas procedentes de la divinidad –y su cumplimiento– serían el paradigma de la autoridad y del Bien.
Según muchas tradiciones, en el mundo espiritual existen también seres que tienen influencia en las conciencias humanas, y les sugieren ideas o impulsos que pueden afectar considerablemente a su conducta. Cuando esos seres sugieren acciones que son opuestas al bien -la tentación- están incitando al mal y por extensión personificándolo.
Quien aspire a estar del lado del Bien tiene que espabilar: no dejarse confundir por sus impulsos y deseos inconscientes. Como sostenía Tomás de Aquino: «Que nadie sea una ley para sí mismo». Hay que guiarse por normas objetivas y con autoridad moral suficiente, ya que en esta realidad tan conflictiva en la que nos movemos, la tentación y el engaño están a la vuelta de la esquina.
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