Opinión | Tropezón
Lamberto Wagner
Anatomía de la estupidez

Dietrich Bonhoeffer
No suelo ser muy aficionado a los recurrentes «reenviados» de los chats de amigos, pero hace unos días recibí uno, sin coordenadas de autoría ni procedencia, lo cual no me predisponía a su lectura precisamente, pero que resultó ser un descubrimiento.
Trataba de las reflexiones de Dietrich Bonhoeffer, un pastor y teólogo alemán encerrado en una celda nazi por conspirar contra Hitler, y que terminó asesinado en un campo de concentración poco antes de acabar la guerra. Escribió que «la estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad».
Más que la crueldad de sus carceleros, lo que perturbaba al prisionero era ver cómo la Alemania entera, médicos, profesores, pastores, gente educada que había ido a la universidad, que había criado hijos, aplaudía a Hitler. La pregunta que le atormentaba no era cómo fue posible el mal, sino cómo fue posible que gente buena lo aplaudiera.
Y constataba que si bien es posible combatir la maldad, pues se sabe lo que persigue, al obedecer su comportamiento a pautas lógicas y por tanto previsibles, contra la estupidez no había defensa. Porque la persona estúpida, y aquí resalta lo importante, no es alguien con poca inteligencia. Es alguien que ha renunciado a utilizar su juicio propio. Es alguien que ha entregado su capacidad de pensar a un grupo, un líder, y por tanto es ya inasequible a cualquier razonamiento. Tiene la razón de otro.
Y aquí Bonhoeffer se explaya en la fuerza del grupo, que te da identidad, te da respuesta. Y pensar por tu cuenta de pronto tiene un coste, el rechazo de los tuyos, mientras que la pertenencia al grupo te sitúa en el lado correcto de la historia. Es un análisis muy pertinente y certero, sobre todo en el ámbito político sobre el que incide el teólogo, y por supuesto hoy día de renovada y rabiosa actualidad.
Pero obviamente es una situación que reconocemos todos también en nuestro entorno particular: el de una persona que de pronto nos es extraña, que defiende conceptos disparatados, encima con un aire de superioridad reservado a los iniciados, que ha dejado de razonar, pues lo suyo se ha convertido en un acto de fe, una consigna propia de una secta. Lo malo es que el remedio que nos propone nuestro pastor no nos va a permitir sacar de su obsesión a nuestro amigo descarriado que ha dejado de pensar por si mismo y encima no lo sabe. Sabedor que la estupidez no se cura con razonamientos, lo que nos propone Bonhoeffer es un acto de coraje para apartarse del rebaño, para pensar por si mismo. Pero el problema Dietrich, es que el interesado es incapaz de sacar ese coraje, ni hay manera de despertárselo.
Miremos tan solo a nuestro alrededor: con cuantos conocidos nos hemos topado infectados de obsesiva estupidez, ya sea en su faceta fanaticoreligiosa, política o terraplanista. Incapaces todos ellos de romper o tan siquiera reconocer el corsé mental que les atenaza.
Me parece muy acertado y oportuno el análisis de la estupidez, de sus fuentes, sus causas y los sustratos que la alimentan, pero como tantos escritos de diamantina claridad sobre las manifestaciones de una dolencia y su diagnóstico, lo que se echa a faltar es una cura, y no parece que la tenga.
Aunque algo sí se puede hacer.
El antídoto en un próximo capítulo (continuará).
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