Opinión | Observatorio
Ignacio Ortiz
Canarias y Marruecos: un eje que se consolida

Visita de Clavijo a Marruecos
El Presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, realizó días atrás su tercer viaje oficial a Marruecos en esta legislatura.
Una de las lecturas que se extrae de dicho viaje es que Canarias ha dejado de ser un espectador incómodo en relación al Sáhara para convertirse, por fin, en un actor que decide. Y lo ha hecho sin ruido, sin grandes proclamas, pero con algo mucho más incómodo para algunos: coherencia y sentido de realidad.
Durante décadas, el Archipiélago vivió atrapado en una contradicción permanente. Por un lado, era el territorio español más expuesto a las consecuencias del conflicto –migración, seguridad, relaciones económicas–. Por otro, seguía anclado en discursos heredados, más emocionales que estratégicos, que poco o nada resolvían sobre el terreno. Esa disonancia ha empezado a romperse.
El punto de inflexión es evidente y tiene un responsable político claro: Fernando Clavijo. Y no tanto por lo que dice, sino por lo que hace. Porque asumir la posición de España sobre el Sáhara no tiene demasiado mérito si se queda en una declaración institucional. La clave está en haber entendido que alinearse implica actuar en consecuencia.
Y ahí es donde Canarias ha dado un paso que muchos no esperaban. Frente al inmovilismo de otros actores, el Gobierno autonómico ha optado por una vía tan sencilla como incómoda para ciertos sectores: cooperar con Marruecos porque es necesario hacerlo. Sin rodeos. Sin complejos.
La reciente intensificación de las relaciones con Rabat –y, de forma muy concreta, con la región de Souss-Massa– no responde a ninguna improvisación. Es la materialización de una estrategia que lleva tiempo gestándose. Acuerdos en inversión, universidad, innovación, conectividad… todo ello apunta en una dirección clara: convertir el eje Canarias–Marruecos en una estructura estable de intereses compartidos.
Y, sí, también hay interlocución directa con figuras clave como Nasser Bourita. Algo que, sin ser política exterior en sentido estricto, se asemeja más a una cierta paradiplomacia cuando se observa desde fuera. Lo suficiente, al menos, como para entender que Canarias ha decidido dejar de limitarse a ejecutar decisiones ajenas.
Esto no va de simpatías ni de afinidades ideológicas. Va de geografía, de economía y de pura supervivencia política. Canarias no puede permitirse el lujo de jugar a la ambigüedad en un entorno donde la inestabilidad se traduce en presión migratoria, tensiones comerciales y vulnerabilidad estructural. Mientras otros debaten en abstracto, las Islas gestionan consecuencias reales.
Por eso, el respaldo al enfoque pragmático sobre el Sáhara no debería escandalizar a nadie con un mínimo de honestidad intelectual. Lo que sí debería escandalizar es haber mantenido durante tanto tiempo una ficción política incapaz de producir resultados. Porque conviene decirlo sin adornos: las soluciones maximalistas, esas que algunos siguen defendiendo desde la comodidad de la distancia, no han servido absolutamente para nada.
El cambio de Canarias introduce un elemento que había brillado por su ausencia: realismo. Y el realismo, en política, suele ser percibido como una amenaza por quienes han construido su discurso sobre consignas inmutables. De ahí parte de la reacción que se está viendo. No se cuestiona tanto la decisión en sí, como el hecho de que funcione.
Porque ese es el verdadero problema. Que funcione. Que Canarias refuerce su papel como puente entre Europa y África no es una novedad conceptual. Lo novedoso es que empiece a actuar como tal. Que entienda que su posición geoestratégica no es solo un argumento retórico, sino una herramienta que hay que utilizar. Y que hacerlo pasa, inevitablemente, por una relación madura y estable con Marruecos.
Esto implica, además, dejar atrás ciertas inercias políticas que han condicionado el debate durante años. La identificación automática con posiciones pro-Polisario formaba parte de un paisaje político que ya no responde a la realidad actual. Mantenerlo hoy exige un esfuerzo de desconexión bastante considerable respecto a lo que ocurre sobre el terreno.
Canarias ha optado por lo contrario. Por conectar. Y en ese proceso, está redefiniendo su papel dentro del propio Estado. Porque cuando una comunidad autónoma no solo respalda la política exterior, sino que la refuerza con acciones concretas, el mensaje hacia el exterior cambia. Gana consistencia. Gana credibilidad. Y, sobre todo, deja de ser discutible.
El resultado es un reposicionamiento silencioso, pero profundo. Canarias ya no es un territorio que observa la cuestión del Sáhara desde la barrera. Es un actor que entiende que la estabilidad regional no se construye con declaraciones, sino con intereses compartidos, cooperación efectiva y decisiones incómodas cuando hacen falta.
Y esa incomodidad, precisamente, es la mejor prueba de que algo está cambiando. Y seguramente sea para mejor.
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