Opinión | Un carrusel vacío
Marina casado
Crónica de un cerdo anunciado

Crónica de un cerdo anunciado / La Provincia
Hoy he visto una furgoneta que anunciaba «jamón de autor» y me he quedado dándole vueltas a ese concepto, del que nunca había tenido noticia. No en el jamón, desde luego. Todavía no me queda claro si existe un señor que ha distinguido la pata con su particular sello artístico o es que los cerdos fueron autores de alguna obra pictórica o literaria antes de ser sacrificados por el bien de nuestros paladares. Me imagino un atardecer en las dehesas con varios cerdos frente a su caballete, reflejando en el lienzo los colores del crepúsculo mientras suena, de fondo, la marcha de Pompa y circunstancia, de Elgar. Esta fantasía tiene más sentido que el señor que ha decidido ser «autor de jamones» porque lo intentó con los géneros de la narrativa y la poesía y fracasó.
Al respecto de la genialidad de los cerdos, siempre me acuerdo de un cómic de la época de la contracultura, en plena Transición, que conocí gracias a mi padre y todavía debe de andar por algún rincón de casa. Trataba sobre un cerdo que viajaba desde el campo a la ciudad, con una muleta, en busca de su pata, que le habían arrebatado. Al final, la encontraba en la charcutería de un mercado. El argumento era turbio, pero originalísimo. El personaje resultaba digno de haber escrito sus memorias porcinas para después figurar como «autor» de jamón de calidad en las furgonetas.
¡Hay que ver las tonterías que nos rodean! El último –y delicioso– jamón que he adquirido es de un pueblo de Badajoz famoso por este alimento: Monesterio. Encontramos el almacén de venta directa gracias a unas paisanas que nos hicieron la recomendación en plena calle, porque ellas compraban allí. Hasta este año, siempre íbamos a la misma tienda, un negocio familiar que esta vez encontramos cerrado. Según las paisanas, el dueño había muerto y eso generó un cisma familiar que acabó con el cierre del negocio. Era muy antipático, pero lo recuerdo con cariño, porque nos vendía jamones excelentes. No sé si esos cerdos compondrían partituras, pero yo podría haber escrito odas ante semejante manjar.
Cuando era pequeña, mis padres compraban jamón y lomo en un lugar que no habrían podido localizar sin recomendación –se la hizo Ramona, una prima de mi madre–. La tienda estaba en un pueblecito llamado La Puebla del Prior y era, en realidad, el almacén de la casa de un matrimonio que se ocupaba de todo el proceso: desde criar los cerdos hasta salar el jamón. ¿Podríamos haberlo considerado también «de autor»?
Y hablando de las delicias de la tierra pacense, existe una tienda de dulces artesanales en otro pueblo cercano, Hornachos, tristemente famoso en los últimos meses por el caso de Francisca Cadenas, la mujer desaparecida durante nueve años que finalmente ha aparecido muerta, presuntamente asesinada por dos vecinos que se encuentran en prisión provisional. Yo, hasta ahora, Hornachos lo conocía por los dulces de los Hermanos Castaño y por su preciosa sierra, donde una vez encontré un escorpión blanco debajo de una piedra y proferí un grito que se debió de escuchar en varias localidades a la redonda –no me preguntéis qué diablos hacía levantando piedras en el campo–.
La cuestión es que, a la hora de elegir gastronomía típica, es mejor no andarse con tanta etiqueta y acudir directamente a las fuentes primarias: vecinos, familiares, amigos… Todavía existen los negocios pequeños, disimulados en forma de casa, cuya promoción solo funciona a través del método tradicional del boca a boca. De hecho, en caso de que no se tenga recomendación alguna, considero mejor acudir al mercado local que a una tienda especializada en gastronomía y delicatessen que va a cobrarte por la etiqueta. Así lo hice cuando estuve en Gran Canaria y conocí Teror, un pueblo precioso que recuerdo especialmente porque había un gallo suelto que campaba a sus anchas por la plaza principal. Compré el típico «chorizo terorero», que es una auténtica maravilla, en una tiendecita diminuta, y me duró dos días en Madrid. Me sorprendió tan gratamente que incluso busqué una tienda especializada en gastronomía canaria en Madrid, pero se pierde parte del encanto. Que sí, que ya estamos en el siglo XXI y funcionan las compras a distancia, sobre todo, gracias a Internet, pero yo prefiero desplazarme a Monesterio para comprar un buen jamón. No sé, me hace más gracia y hasta me sabe mejor.
Volviendo al asunto inicial, ¿os imagináis lo que sería una especie de «bibliografía jamonil» donde fueran recopilándose diferentes «autores» de jamones? Yo estaría encantada de elaborarla y tener que analizar distintas obras para poder realizar bien una tarea de tal magnitud.
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