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Opinión | Observatorio

Pedro José Tocuyo

El barco en el puerto

Vista aérea en la que se aprecia cómo algunos pasajeros del barco MV Hondius observan cómo el personal sanitario (no visible en la imagen) atiende a algunos infectados por el hantavirus.

Vista aérea en la que se aprecia cómo algunos pasajeros del barco MV Hondius observan cómo el personal sanitario (no visible en la imagen) atiende a algunos infectados por el hantavirus. / AFP

Desde tierra, hay preocupación sanitaria. Protocolos. Evaluaciones médicas. Cálculos sobre riesgos y capacidad hospitalaria. Desde cubierta, hay pasajeros aislados en cabinas, esperando que alguien decida si serán recibidos.

Esta semana, la escena ocurre en Tenerife. Pero el dilema que plantea es mucho más antiguo que cualquier brote, y más amplio que cualquier barco concreto.

Canarias conoce esta tensión mejor que casi nadie. Aprendió durante el Covid-19 que aquello que la conecta con el mundo también puede convertirla en un espacio vulnerable. El turismo que sostuvo su economía durante décadas fue también, en aquellos meses, su mayor fuente de incertidumbre. Puerto Rico y República Dominicana vivieron algo similar: economías acostumbradas a vivir de la apertura comenzaron a mirar con sospecha aquello mismo que sustentaba buena parte de su estabilidad. El mar que da vida también puede traer lo que uno no sabe cómo recibir.

Pero el problema no es únicamente sanitario. También es moral.

Desde tierra resulta racional pensar en hospitales, capacidad médica y protección colectiva. Las islas no cuentan con recursos infinitos. Sus sistemas de salud tienen límites reales. Un gobierno que pide información antes de aceptar un barco con enfermos no está siendo inhumano: está siendo responsable ante su población.

Sin embargo, del otro lado del puerto también hay personas.

Pasajeros aislados en cabinas durante días. Tripulantes esperando instrucciones que no llegan. Personas enfermas lejos de sus países, dependiendo de que otro territorio decida si extenderá la mano o cerrará el acceso. Detrás de cada protocolo hay alguien contando las horas.

Ahí aparece la verdadera dificultad. La discusión no ocurre solamente entre quienes quieren permitir el desembarco y quienes prefieren impedirlo. Ocurre entre dos formas distintas de entender la responsabilidad: la humana de asistir al enfermo y la racional de proteger a una población que también puede sentirse vulnerable. El problema es que ambas pueden tener razón al mismo tiempo.

Y hay un ángulo más que no debería perderse: no solo importa quién tiene razón, sino quién tiene voz cuando se toma la decisión. Los territorios insulares suelen ser los últimos en ser consultados y los primeros en cargar con las consecuencias. Eso también forma parte del dilema.

Las pandemias dejaron muchas imágenes: aeropuertos vacíos, ciudades detenidas, cruceros convertidos en espacios flotantes de aislamiento. Pero también dejaron preguntas que siguen sin resolverse del todo. ¿Hasta dónde puede llegar una sociedad intentando defenderse sin terminar deshumanizando a quienes esperan ayuda al otro lado del muelle? ¿Y quién decide, y cómo, cuando la emergencia no espera?

Rara vez existen respuestas completamente correctas. Solo distintas maneras de vivir con el miedo sin que el miedo nos quite la humanidad.

Porque después de 2020, algunos barcos ya no llegan solamente con turistas.

También llegan con dilemas que ninguna sociedad quisiera volver a enfrentar.

Las pandemias terminan. Los dilemas que dejan en el puerto, no.

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