Opinión | Isla martinica
Noelia, metafísica de la nada

Noelia, en su entrevista en 'Y Ahora Sonsoles' / ANTENA 3
Es curioso que las mejores lecciones de filosofía son las que se imparten a las puertas de la muerte. Así fue en el caso de Sócrates, cumpliendo la condena de los ciudadanos libres de Atenas, y así ha sido en el más reciente de Noelia Castillo, la joven catalana que desistió de la vida en el día que se tiró por una ventana y sobreviviera a semejante fatalidad. Filósofa sin pretenderlo, medía sus palabras de tal modo que se le podía aplicar la definición que del “bienaventurado” ofreciera María Zambrano: “Los bienaventurados son seres de silencio, sufrientes, padecedores y terribles cuando se los quiere abordar” (Los bienaventurados, 1979). Y tanto que acertó la pensadora del exilio español que Noelia parecía rehuir el contacto con la familia directa, tanto el padre como la madre, a los que ni siquiera les concedió la oportunidad de despedirse de ella mientras recibía el suicidio asistido. Sin embargo, la muerte de la chica esconde múltiples lecturas, aparte de un misterio y quizás un delito.
La lectura filosófica es la primera, aunque nuestra protagonista jamás fuera consciente de la profundidad de su magisterio. Martin Heidegger, en el librito Was ist Metaphysik? (1929), desarrolló el concepto de la Nada (Das Nichts). Abreviando, el alemán insistía en que “la Nada nadea” (Das Nichts nichtet), en un juego de palabras que casi nadie entendía hasta la última lección de Noelia, quien, al ser entrevistada, reconocía que no encontraba sentido a la existencia, perdida como estaba entre las sombras de la misma Nada. Atender a las escasas declaraciones que rindió resulta esclarecedor sobre el motivo y alcance de la filosofía existencial moderna. La segunda lectura es la plenamente humana y aquí se enseñorea con honores María Zambrano y la razón poética, puesto que no hay alternativa para juzgar el periplo vital de Noelia. La andaluza dio con la clave para interpretar a la futura bienaventurada “a medida que la luz del ser le ganaba”. Sólo así se puede comprender y celebrar la despedida de la muchacha.
El misterio de Noelia Castillo, según se van conociendo las circunstancias de la pobre vida que padeció, se formula en una pregunta que sacude el alma de cuantos la rodearon, e incluso de aquellos que sólo supieron de su tragedia tras la muerte. No es una cuestión de fácil respuesta, ni muchísimo menos: ¿por qué no se actuó cuando todavía había esperanza? La joven recibió la eutanasia con apenas veinticinco años de edad, tras una catarata de penurias, sin que las instituciones responsables hicieran nada verdaderamente efectivo para sacarla del pozo en que moraba. Tienen razón los que afirman que el caso de Noelia es la muestra manifiesta de un fracaso social.
Por otra parte, el supuesto delito que se cierne sobre el suicidio asistido practicado a la chica es algo de lo que pocos hablan y, menos aún, desean hacerlo en voz alta, ya que entraña un ilícito tan grande que duele pensar en ello. La vida de la chica no corría peligro inminente, ni tan siquiera se encontraba en estado terminal, puesto que sus dolencias físicas, que nadie niega, no comprometían seriamente los órganos vitales. Dicho de otro modo, el principal motivo de la práctica de la eutanasia era de índole psiquiátrica y, ante esta evidencia, las dudas sobre el proceso y resolución de las autoridades, tanto sanitarias como institucionales, ensombrecen la muerte de Noelia. Personalmente, creo que la joven mereció una suerte muy distinta a la que corrió, comenzando por los más allegados, pero también por aquellos otros que, por responsabilidad e interés, deberían haber prestado una atención que sólo ahora se echa en falta.
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