Opinión | Regreso al pasado
Paco Javier Pérez Montes de Oca
Padre yo me confieso

Aguas de Carabaña / La Provincia
Los niños padecían dolores de tripa que las madres achacaban a un exceso de comida, empacho, generalmente comilonas fuera del hogar. El remedio, además del “jálatela para arriba”, solía ser tomar cucharadas de Agua de Carabaña que sabía a rayos, una mezcla de agua salada y carbonato. Un purgante que, de inmediato, provocarse “irse por el palo”. También, más bebible, bicarbonato con limón que derivó en sal de fruta. Se compraba en las tiendas por la que los chiquillos simulaban tremendos dolores de barriga revolcándose en el piso para tomar los sobres afrutados parecidos a una golosina de refresco o gaseosa. Sufrían otros retortijones de barriga. Diferentes. Lo que antes se decía nervios y la Psicología, Pediatría y Psiquiatría actuales llama trastornos psicosomáticos. La boca seca, movimientos inquietos de los pies, sentados en los bancos, esperando el turno para la confesión. Ellos, arrodillados delante del confesor, ellas de rodillas, el cura con una oreja pegada a la rejilla del confesionarios, atenazado por el miedo a pecar de lujuria, (la tentación violenta de la carne, José Saramago) aunque ya se cuentan por miles los tocamientos, agresiones sexuales y violaciones cometidas por otros tantos clérigos, monjes, obispos, cardenales y papas en sacristías, conventos y salas palaciegas del Vaticano. De haber pecado contra la virtud de la castidad, “malos pensamientos o hacer cosas feas”, se confesaban los niños con la temida y morbosa pregunta del cura de “y que más”. Al final, la absolución, “ego te absolvo pecatus tuus”, y el beso en la estola aspirando el olor a sotana de percal o seda, los zapatos siempre bien betunados, habano, cigarrillos, jaboncillo fino o agua de Florida. Luego la imposición de la penitencia que dependía de si los pecados eran mortales o veniales. Pero el miedo a confesarse se repetía en las clases de Doctrina, cuando el cura advertía, amenazaba, que el arrepentimiento debía ser de contrición, por amor a Dios, no de atrición por el miedo al castigo del infierno. Los comulgantes recibían la oblea consagrada de manos del sacerdote con el copón y el monaguillo con la pequeña bandeja debajo de la quijada para que no se desparramara ni una mota de polvo del Corpus Cristi. Acompañados del padrino o madrina, sustitutos de los padres, en el apoyo y protección para guiar al comulgante por el camino recto de la virtud y temor de Dios. Esto según la doctrina de la Iglesia porque, en realidad, estaban presente en ese momento. El pertinente regalo y luego, la mayoría se olvidaba de la promesa que hicieron, con el cirio en la mano, delante del altar aquel día que su apadrinado recibió, por primera vez, a Padre Dios. Antes, como ahora, (cada vez menos porque aumenta el número de familias que desisten que sus hijos reciban la gracia de Dios por el Bautismo, y obvio, el resto de los sacramentos) se convertía en un acto litúrgico y social. Los niños vestían con traje de marineros, militar o almirante de alta graduación. Las niñas de trajes largos. Blancos, con diademas de princesa simulando ser pequeñas novias que consagraban la pureza de sus cándidas almas a Cristo. Y los había que estrenaban una ropa, confeccionada por sus madres o costureras que luego usaban para seguir yendo a misa o días de salidas especiales. Hubo una época que la estampa del recuerdo de ese día tan señalado era una utopía. Como lo eran las fotos en la iglesia que muchos curas prohíben que haya más de un fotógrafo alrededor del altar. Y el conflicto entre familias. “Si no me traes al niño después de la Primera Comunión no me mires más la cara”. Amenaza cumplida si la madre se olvidaba de llevar al niño a casa de una familia que esperaba la estampa de recordatorio y corresponder con un regalo, mejor en dinero, acompañado de una caricia y un beso, como si estuviera besando a un angelito. Se volvía a las clases de Doctrina, en la iglesia, para la Confirmación. Ser soldados de Cristo. El día señalado, no mucho tiempo después de la Primera Comunión, la iglesia se vestía con sus mejores galas para recibir en una de las pocas visitas que hacía el obispo al pueblo o parroquia. Padrinos y madrinas al lado del confirmante. De rodillas, niños y niñas, escuchando los latinajos que terminaban con la bendición episcopal y un leve golpe en la mejilla. Entre la chiquillería se extendió el chascarrillo de “soy el obispo que viene de Roma, si quieres que te confirme, toma”. Después, en años de niñez tardía o adolescencia, la obligación de asistir a misa los primeros viernes de mes en honor del Sagrado Corazón de Jesús y los sábados del Corazón de María, el nombre de uno de los colegios religiosos situados en la calle Rabadán de Las Palmas que la de siempre adaptación a los tiempos que sopla el viento de la Iglesia convirtió en el Claret en recuerdo del obispo catalán que anduvo, en mulo, como misionero por diferentes pueblos de las islas. Muchos niños, de ambos sexos, eran sometidos a vestir de color lila y cordón en la cintura, un sambenito penitenciario, para cumplir una promesa a una virgen o santo de haber sobrevivido a las secuelas de un parto distócico, una intervención de cuchilla y cloroformo o una pertinaz de tos perruna, tosferina. En el mes de febrero la imposición al cuello del cordón de San Blas y en la Cuaresma la compra de la Bula para poder comer carne que, salvo en los campos la de cochino mientras durara en la salmuera de las barricas después de la última matanza, era legión la que sólo la veían en forma de tocino que sus madres echaban en el potaje. El tétrico recuerdo de que no somos inmortales porque “polvo eres y en polvo te convertirás” los miércoles de Ceniza con ungir la cruz de pavesas grises marcadas en la frente y no lavarse la cara hasta que el polvo oscuro se cayera por sí solo. La asistencia a misa, la liturgia o procesión de los “tres jueves del año que brillan como el sol: Corpus Cristi, Jueves Santo y el día de la Ascensión”. El rezo del Santo Rosario con los respectivos misterios, la interminable letanía con nombres poéticos y místicos dedicados a la Virgen que terminaban con el rezo de la Salve. Muy reforzado y extendido después de la visita a la capital del padre José Peyton estadounidense, nacido en la católica Irlanda, principal propagador y abanderado del rezo del Rosario en familia por todo el orbe católico. Se congregó una multitud para escuchar sus palabras en la explanada delante del colegio salesiano. Según curas y gente de la ciudad las tiendas de objetos religiosos hicieron su agosto con la venta de rosarios e imágenes de vírgenes de diferentes advocaciones. En los pueblos, los feligreses más alejados del casco llegaban a la carrera, sudando por el miedo a que tocaran a dejar, el tercer sonido de campana que anunciaba el comienzo de la misa. A las rezadas o mayores de los domingos cantadas por el cura y los sochantres asistían, obligados, los niños, a regañadientes cuando comenzaba a crecerles el bigote. Desesperados, con desgarros de jilorio, por la obligación de no tomar ni gota de agua, antes de comulgar. Con velos, trajes largos de negro, con mantillas, las mujeres obligadas a guardar luto. Hubo un párroco en el pueblo de Valleseco que se dedicaba a tocar, con una varilla, a las mujeres situadas en primera fila de la bancada que no llevaran puestas las medias. Y en otros tantos los hombres salían de la iglesia y volvían a ponerse el sombrero porque no aguantaban los tediosos, largos, sermones acompañados de apercibimientos, obligaciones con la Iglesia de Dios y un sinfín de anuncios sobre amonestaciones, bodas bautizos, misas o funerales a los que añadía el adjetivo clasista según fuera de primera, segunda y la vergüenza que sufrían los pobres cuando eran de tercera. Los que se quitaban la vida apenas eran mencionados y estaban expuestos, según que curas, a que no se les dijera misas como a cualquier cristiano. Las mujeres más instruidas en el culto y sólo algunos hombres tildados de beatos, seguían con traducción al castellano, los bises del cura en latín, virado para el retablo y se atrevían a responder cum spirítu tuu, al dominus vobiscum y Deo gratias del final del Ite misa est las únicas veces que el celebrante, además de los festivos con sermón, abandonaba sus misteriosos soliloquios y volvía la cara a los asistentes. La ingenua ignorancia de algunos chiquillos creía que esa frase final era exclusiva y destinada a ellos. Vivían en el pueblo aceitunero de Temisas en la isla de Gran Canaria.