Opinión | Objetos mentales
Los discursos de paz, y la paz

Los discursos de paz, y la paz / EP
En contra de la guerra, lo fácil del recorrido de la paz son todos los hermosos discursos y proclamas a su favor. Lástima que en modo alguno aporten la paz misma ni tampoco la traiga su voz. Porque su exhibición y pronunciamiento públicos, la vehemencia y encendida oratoria en los foros por sí mismos no les alcanza para bloquear ni revertir el desencadenamiento de la guerra. Pero a su favor concedo que advierten de sus terribles consecuencias, y que ya nadie ignora. El primer primate que alzó un fémur, como arma, e impactó contra el cráneo de otro dio la medida de la especie y su predilección y predisposición, pese a los milenios, a ese respecto nada ha cambiado, ni los hermosos discursos de paz tampoco.
Si la guerra entre pueblos es expresión máxima de esa pulsión y desatino y odio, por causa del miedo humano y la angustia que supone la amenaza de los otros, supongo que la expresión de mínimos ocurre y se desarrolla a nivel atómico, o lo que es lo mismo, en el corazón de la unidad básica que constituye una comunidad: el individuo. Este estado de violencia o de guerra a pequeña escala que queda circunscrito a su unidad es indomesticable. Sugiere estar interferida por el sistema de relaciones sociales, o lo que es lo mismo, por un estado dinámico de encuentros y desencuentros que, al fin y al cabo, desata y canaliza la violencia de fuertes contra débiles. Con una finalidad única, cual es imponer una voluntad arbitraria que de otro modo sería poco probable, en virtud de la libertad del otro para negarla. Los vínculos o conexiones entre los diferentes individuos de que se compone una sociedad sin embargo son de necesidad e inevitables.
Imponer un deseo de voluntad sin que medie libertad es un acto de desmesura y brutalidad cuyas consecuencias quedan irresueltas y activas. La especie humana, dejando a un lado aquello que se entiende como especie humana, por lo controvertido del alcance de sus límites o su interferencia en otras especies, es adaptativa. Una especie de un linaje distinto, mejor adaptada, pudiera hipotéticamente solventar esta inigualdad relacional en que los vínculos difieren significativamente en virtud de su estadio de evolución mental. Pero es fácil inferir que la especie humana todavía está lejos de ese momentum de especie que le permita elevarse y transformarse y acceder a estados mentales de superior rango.
A dos siglos y medio de la publicación del reconocido e inoperante, a afectos prácticos, “Sobre la paz perpetua” de Kant cuyo propósito anuncia su título, la humanidad permanece en ese impasse. Durante estos dos siglos y medio que nos han precedido, su impecable idealismo trascendental ha errado lo necesario para que pudiera interferir, influir, obstaculizar o retener guerra alguna. El deber ser de la razón no coopta la descripción de la realidad. Aunque el estado mental y percepciones en Kant opera en otra dimensión. Su propósito no sintoniza con el momentum de especie, en primer lugar, porque es un hecho que no desarma la dialéctica binomial fuerte/débil y, en segundo lugar, porque está pensada para otro tiempo y otra correspondencia mental. La violencia humana padecida es una violencia arbitraria, brutal y desmedida, temeraria en la medida de que conduce a un cul-de-sac civilizatorio. Como los hermosos discursos de paz, “Sobre la paz perpetua”, al fin y a la postre, interpreta una coreografía metafísica perfecta, pero que gira en el vacío.
La coreografía metafísica de ese giro en el vacío no interpela a los humanos reales, a humanos que viven en una geografía concreta preñada de miedos y recelos también concretos; se dirige a un estado superior de conciencia o de excelencia y, por consiguiente, a una paz inalcanzable en el presente. No en esta fase concreta de la historia humana y de desarrollo psico-mental, anclada en el binomio fuerte/débil. Por consiguiente, el idealismo de “Sobre la paz perpetua” de Kant, la humanidad no puede sentirse concernida en cuanto perteneciente a otra fase evolutiva. No puede corresponderle porque esa paz a se dirige a un futuro por venir.
La paz que le incumbe a su estado concreto de especie se sustenta y ancla en miedos cargados de tradición y alimentados por jaculatorias reiterativas, se apoya en residuos y arcaísmos biológicos de vitalidad dramática, por lo que se ve arrastrada a una tradición de violencia, en tanto que los medios que la desagregaría de esa tradición todavía están fuera de su alcance. La psique humana sigue bajo el dominio de las fuerzas ctónicas que la han configurado y aún configuran.
Mi adhesión escéptica a todos los bellos discursos, proclamas y manifestaciones de paz. Pero disertar vehementemente desde una tribuna sobre la paz y contra la guerra, o tomar papel y pluma y manifestar y exigir paz: ¡ya!, ¡ahora! Y dejar el resto a la prontitud adverbial y enfática el reto de que obre el milagro es como creer en el milagro ex machina.
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