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Mesa para uno

Mesa para uno / La Provincia
La soledad se ha convertido en una palabra un tanto sospechosa. Parece emplearse con la gravedad clínica reservada para las enfermedades silenciosas o las catástrofes colectivas. Los periódicos hablan de epidemia, los gobiernos anuncian estrategias para combatirla, las aplicaciones prometen abolir la distancia entre los individuos. Vivimos, parece, en una época que considera la compañía un imperativo moral y el recogimiento una anomalía afectiva. Estar solos, para muchos, es un síntoma de fracaso social. Sin embargo, quizá convendría preguntarse si no hemos terminado confundiendo dos experiencias radicalmente distintas: el abandono y el deseo legítimo de retirarse del mundo. Existe un tipo de persona —discreta, introvertida, reservada— para quien la soledad no representa una herida, sino una forma de alivio. Personas que durante años han aprendido a interpretar una versión funcional de sí mismas para atravesar la vida pública sin fricciones. Por ejemplo, en el trabajo asalariado rara vez se nos permite ser quienes somos. Poco importan las retóricas empresariales sobre autenticidad, cercanía o bienestar emocional. La vida laboral exige, en mayor o menor medida, una forma continua de teatralidad. Se ha de administrar cuidadosamente el tono de voz, vigilar los gestos, modular el humor, sonreír incluso cuando el cansancio vuelve insoportable la simple conversación. Una aprende pronto a detectar el estado de ánimo ajeno antes incluso de que aparezca la primera palabra; aprende qué opiniones conviene suavizar; aprende, en definitiva, a alquilar fragmentos enteros de su personalidad a cambio de estabilidad económica.
Existe en todo esto una fatiga difícil de explicar. No se trata únicamente del desgaste físico del trabajo, sino de algo más íntimo y corrosivo: el cansancio de vivir permanentemente expuestos a las expectativas de los demás. Gran parte de la vida adulta transcurre acomodando el carácter para resultar eficaces, amables o simplemente tolerables dentro de un engranaje social que premia la disponibilidad emocional. Por eso resulta desconcertante la manera en que hoy se habla de la soledad, como si toda retirada fuese necesariamente patológica. Después de pasar diez horas sometidos al ruido del mundo, parecería que todavía debiéramos prolongar esa disponibilidad en la vida privada: responder mensajes de inmediato, aceptar encuentros sociales aun cuando el cuerpo pide silencio, seguir administrando la sensibilidad ajena cuando apenas queda energía para habitar la propia. A veces da la impresión de que lo verdaderamente extraño no es necesitar la soledad, sino no necesitarla nunca.
Las personas introvertidas conocen bien esa sensación de regresar a casa después de una jornada de trabajo y sentir que las pocas horas restantes poseen un valor casi sagrado. No desean entregarlas nuevamente al humor variable de los demás ni continuar interpretando personajes cuando el día ya ha exigido suficiente representación. Prefieren dedicar ese tiempo a actividades silenciosas y discretas: leer, escuchar música, caminar sin rumbo, cocinar lentamente, entregarse a hobbies inútiles desde el punto de vista de la productividad. Recuperar, aunque solo sea por unas horas, algo de paz. La soledad elegida no se parece al vacío que describen los discursos alarmistas. Tiene, más bien, la textura de un refugio. En la intimidad silenciosa hay una forma de descanso moral. Quizá el problema de nuestra época sea que hemos perdido toda relación serena con el silencio. Necesitamos estímulos constantes para no enfrentarnos a nosotros mismos. Habitamos una civilización hiperconectada y, sin embargo, exhausta. Las escenas más apacibles suelen ser también las más pequeñas: leer mientras cae la tarde, caminar bajo la lluvia, escuchar el rumor discreto de una casa vacía. En tiempos donde todo parece exigir presencia, respuesta y rendimiento emocional inmediato, tal vez la verdadera rebeldía consista precisamente en eso: cerrar la puerta, apagar el ruido y permitirse, al fin, estar a solas en paz.
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