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Opinión | El lápiz de la luna

El grillo que me abandonó

Ejemplar de ´Calliphona alluaudi´ captado por el científico canario de la Universidad de La Laguna Pedro Oromí.

Ejemplar de ´Calliphona alluaudi´ captado por el científico canario de la Universidad de La Laguna Pedro Oromí. / Pedro Oromí

Vivo en un edificio que me gusta mucho. No porque presuma de una arquitectura de la antigua Grecia de orden dórico o jónico, sino porque somo pocos vecinos y no nos damos problemas los unos a los otros, por lo que podríamos decir que es un bloque silencioso. Bueno, lo era. Lo era hasta que llegó un nuevo inquilino.

Supe de su existencia el pasado jueves y desde entonces se hace notar cada noche. Apenas cae el sol y el barrio comienza a dormirse, aparece él: pequeño, negro, con cara de no haber pagado impuestos nunca y una confianza escénica comparable a la de una estrella del rock en gira de despedida. Sí, el nuevo y chinchoso vecino es un grillo. El insecto no canta. Él anuncia. Declara. Publica un manifiesto sonoro desde no sé muy bien dónde. «Cri-cri». Y otra vez: «cri-cri». Y toda la santa noche: «cri-cri», «cri-cri», «cri-cri».

Cuando era niña y pasaba los veranos en casa de mi abuela había dos sonidos que me encantaban: el canto del gallo al amanecer y la dulce melodía del grillo que yo asociaba a una nana. Y ambos sonidos me siguen gustando mucho, pero, claro, los excesos, amigo, nunca fueron buenos. También es cierto que por aquel entonces no tenía que levantarme a las seis de la mañana para ir a trabajar, sino que podía dormir hasta que quisiera y mis mayores responsabilidades eran ir a comprar a Ca´Isabelita y comerme el potaje con gofio a mediodía si no quería que me lo guardaran para la merienda o la cena.

En fin, volviendo a mi nuevo vecino, he leído que el canto del grillo tiene fines románticos: atraer pareja. Pero cualquiera que haya intentado dormir con uno apostado junto a la ventana sabe que aquello no parece seducción sino una campaña electoral. El insecto no transmite amor, transmite insistencia. Lo admirable es su fe en el proyecto. Un animal diminuto, escondido en el resquicio que hay entre dos piedras, convencido de que su frotamiento de alas puede conquistar el universo con la intensidad emocional de un cantante de boleros abandonado.

Además, el grillo posee una cualidad que muchos humanos envidian: jamás duda de sí mismo. Nunca se oye a un grillo empezar fuerte y luego murmurar inseguro: «¿Y si no lo estoy haciendo lo suficientemente bien?» No, qué va. El grillo entra en escena decidido. Tiene la autoestima de un conferenciante motivacional.

Los expertos también afirman que la temperatura influye en la velocidad del canto. Cuanto más calor hace, más rápido canta el bicho. Esto convierte al insecto en un híbrido entre músico y termómetro portátil. Antes la gente decía: «Va a llover, me duelen las rodillas». Hoy podríamos decir: «Ese grillo está haciendo techno, debemos estar a 32 grados».

Sin embargo, hay quien encuentra el sonido relajante. Yo en mi infancia lo pensaba. Es más, en mi vida adulta, una noche puntual, también lo pienso. Pero, uy, como diría mi abuela «No hay manjar que no empalague, ni vicio que no enfade». En el momento en el que empecé a escribir este artículo y tras una velada de concierto, la musiquita del grillo me parecía una forma de terrorismo acústico.

Pero sucedió algo, anoche el canto del bicho cesó y lo extrañé. Agudicé el oído a ver si se había ido a otro balcón con la esperanza de asomarme y con un «shhhshh» traerme de vuelta el cántico a mi ventana. No hubo respuesta. Se había ido. El grillo se había marchado y maldije todas estas noches en las que me quejé de la retahíla del insecto. Quizá consiguió su objetivo y tanto frotar despertó el interés de alguna grilla. Espero que sean felices. Nunca pensé que me haría ghosting un grillo, la verdad.

Y esta soberbia por mi parte me recuerda otro de los muchos refranes de mi abuela «Valora lo que tienes antes de que el tiempo te enseñe a apreciar lo que perdiste». Así que la próxima vez que escuchen un «cri-cri» insistente bajo el balcón, no piensen en un insecto molesto. Piensen en un artista callejero. En un romántico incorregible. En un diminuto tenor nocturno que, armado únicamente con sus alas, sigue creyendo que el mundo merece una serenata.

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