Opinión | Tropezones
La abuela como concepto

Madre, abuela e hija en un puesto de artesanía de velas. / Andrés Cruz
Hacía tiempo que no me refería a la cofradía, el grupo de amigos que solemos reunirnos mediando mesa y mantel para debatir algún problema cultural que precise nuestra intervención.
Y el otro día surgió uno de esos temas, planteado por uno de los cofrades: “ ¿quien es para vosotros la persona cuya existencia más ha contribuido a vuestro bienestar?”
Al ser la pregunta algo nebulosa y la característica principal del grupo su biodiversidad, era presumible una horquilla de respuestas bastante amplia. Como así fue.
El que había planteado la cuestión respondió que el músico Johan Sebastian Bach. Lo cual no podía sorprendernos de un forofo del compositor, del que asegura haber escuchado su Pasión según San Mateo no menos de 14 veces, y que además tiene una sensibilidad a la belleza que le ha expuesto al síndrome de Stendhal en más de una ocasión. Ya saben. el fenómeno que afecta a un espectador ante un objeto de singular belleza hasta el punto de hacerle perder el conocimiento. El segundo cofrade, en la misma línea de tan envidiable capacidad para saborear la belleza, aportó, además de otro músico relevante, la figura de Jesucristo. El tercero nos desconcertó a todos al nombrar al papa Radzinger como gran figura inspiradora, en virtud de su famosa y reveladora trilogía sobre Jesús de Nazareth.
Al llegarme el turno, la premura de la pregunta y la falta de un tiempo razonable para la reflexión me llevó asimismo por inercia al ámbito de la música, nombrando a Mozart, el mismo compositor que el segundo cofrade. En mi caso no por la envidiable capacidad de discriminar los más excelsos matices de su mágica creación, como mis exquisitos antecesores, sino por el contrario en virtud de la serena y reconfortante previsibilidad de casi todas sus composiciones, con el contrapunto de sus dos monumentales obras, la Gran Misa y la Misa de Requiem.
Hasta que intervino el siguiente cofrade, resoluto y tajante: “pero qué me estáis contando: dejaros de zarandajas. Ni Bachs ni Bochs. ¡La persona a la que nunca podré agradecer bastante lo que ha hecho de mí es mi abuela!” Y nuestro amigo pasó a explayarse sobre varios episodios que habían marcado su devenir vital “como cuando yendo de pantalón corto en invierno y quejándome del frío en las piernas, me convenció de que mis extremidades no formaban realmente parte del cuerpo, por lo que mi pelete era sólo fruto de mi imaginación”.
Y hasta aquí quería llegar. Cuantas veces hemos escuchado la frase “mi abuela solía decirme”, en sus variantes “mi abuelo”, “mi tío Anselmo” o qué sé yo. Hoy mismo leyendo el periódico me topo con unas declaraciones del popular escritor Arturo Pérez- Reverte, que hasta en un tema político echa mano del consabido ritornello: “con razón decía mi abuelo que aprendiera francés si viajaba a Francia, por si terminaba en el exilio”.
Porque no hace falta precisar cual es el familiar cuyos sabios consejos han marcado nuestro devenir y nuestra personalidad. La abuela es un concepto, es el toque del Espíritu Santo que nos ha bendecido con su atávica sabiduría y ha tatuado para siempre en nosotros la pauta que ha de guiarnos a lo largo de nuestra vida.
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